¡Señorías!


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José Molina Molina
Doctor en Economía y Sociólogo

Doctor en Economía y Sociólogo

Miembro de Economistas Frente a la Crisis y de Transparencia Internacional

Presidente del Consejo de la Transparencia de la Región de Murcia 



DibujoganadorDiaInternacionaldelDerechoaSaber


¡Señorías, sin transparencia no pueden estar aquí sentados! Es el premio nacional de expresión y dibujo que en 2016 ganó un alumno de la ESO en el concurso nacional en el Día Internacional del Derecho a Saber. Este alumno no había leído nuestra Ley de Transparencia, ni el artículo 54 pero su sentido común le hacía “entender” que un político que no esté limpio, no puede estar sentado en un espacio público representando a la ciudadanía.


Los acontecimientos ocurridos en estos últimos meses, han puesto de manifiesto un desgobierno de lo público, cosa que ya denunció en un trabajo publicado hace tiempo el profesor Nieto, y recientemente, en la encuesta de Metroscopia (El País 23/4/2017) el 96% opina que no se conocen todos los casos de corrupción ni hemos llegado al fin. 


El constante “mensaje” de que “con este gobierno la justicia funciona”, además de no ser cierto, es la peor manifestación a un problema que sus raíces están en otra esfera.


Dicen ser transparentes y con gobiernos abiertos, y los hechos nos presentan una imagen todo lo contrario. La incapacidad de los políticos a imponerse unas normas que la sociedad demanda, no se entiende, y es que viven en un panorama “imaginario” que no se ajusta a la realidad y la consecuencia es que, a día de hoy, las Instituciones según la última encuesta del CIS destilan desconfianza, desafección política y descrédito de sus gestores.


Una mirada institucional del jurista Jiménez Asensio, nos deja la reflexión del abuso que se está realizando por parte de evaluadores de instituciones públicas con altas notas en transparencia. Parece que la ecuación más transparencia menos corrupción, que es válida para buena parte de los países demócratas avanzados, no parece ofrecer en nuestro caso una identidad perfecta, hay demasiadas excepciones. Algo falla, nos dice Jiménez, y no por culpa de la metodología, que aplica indicadores y procedimientos contrastados y fiables, con buenos resultados en otras sociedades. No es un problema de las técnicas, es un problema institucional. Es un cambio de cultura, para que la transparencia esté en la organización pública y privada.


El funcionamiento institucional no es transparente, porque no es independiente, y esa relación de “cautividad” de nuestras instituciones de control, desde las financieras, jurídicas, del marcado y sociales, impide, a mi juicio, que esta sociedad cambie. La regeneración tan demandada, es un deseo que se aleja, y hay voces que hasta defienden que no es bueno desear “tanta” transparencia.


El problema está mal enfocado, porque con tanta publicidad de “portales” nos quieren confundir que cumpliendo con las preguntas de la publicidad activa que nos marca nuestra legislación el problema es de nota. Olvidan, o se quiere olvidar, que la ciudadanía equipara la transparencia a publicitar muchos datos y dar el mensaje de cumplimiento, con indicadores que lo avalan, y eso es información, que es el primer escalón para alcanzar la transparencia. Nos hemos quedado en el concepto de “transparencia pobre” descafeinada, y hemos renunciado a la energía que supone la “transparencia como reforma de las Administraciones Públicas".



“El poder tiene que sentirse observado”, nos decía Montesquieu, y la ley de Transparencia nos manda que velemos por el cumplimiento. La transparencia, la ciudadanía la entiende como la expresión de la “verdad”, y es, esa idea del conocimiento de las cosas, y que tan expresivamente se recoge, desde 1798, en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. (artículos 11 y 15). Y, ¿qué nos separa de éstos ideales? Pues que nos estamos haciendo trampas en el solitario.


Los políticos consideran a la ciudadanía capaz de soportarlo todo por miedo a la quiebra del sistema, y es precisamente el miedo, el que nos llevará a la desintegración y al fracaso como país. 


Por lo menos así lo podemos leer en el estudio de Acemoglu y Robison, en donde una causa principal de fracaso de los países es que sus instituciones no se integran en la sociedad.


La transparencia es para ejercitar el control y exigir la rendición de cuentas por la ciudadanía y nada más lejos del pensamiento político de los que gobiernan de permitir semejante herejía. Dar el control a la ciudadanía es ahorcarse uno mismo. Eso ¡jamás!


Por eso vivimos inmersos en un travestismo de convertir la publicidad activa en transparencia, y nos estamos introduciendo en una peligrosa orientación de confundir al ciudadano diciéndole que el control democrático se realiza desde el plasma. La democracia del plasma, es el fracaso de la idea del poliedro de la transparencia que tiene que conjugar en el ejercicio pleno derecho a la información, rendición de cuentas, control del gestor público, participación, reforma de la Administración Pública, gobierno abierto –open data- y buen gobierno-ética pública.


La transparencia tiene que pasar de ser la palabra de moda para los políticos, a convertirse en instrumento de combate de la ciudadanía. 


No podemos consentir que el mantra de los “argumentarios” nos confunda. Porque desde la ESO, nos están demostrando que los niños sí lo entienden, porque la transparencia es sinceridad, y desde esa posición, de la verdad de los hechos sin cocinar, será el motor de cambio de toda la institución pública.


Precisamos más cambios, más creyentes de lo público, más servidores en exclusiva, sin compatibilizar funciones. Desde GRECO nos lo están recordando, y tenemos pendiente de asumir cambios sustanciales en legislación y funcionamiento para garantizar la independencia. Y no olvidemos que para vigilar, lo importante es sancionar a tiempo. Si analizamos el “recusatorio” del Consejo del Poder Judicial sobre los casos de corrupción, nos surgirá la necesidad de una Ley que proteja al denunciante (porque denunciar a los que mienten es un reto peligroso y revolucionario), de esa forma la delincuencia económica, lo que ha sido calificado de “organizaciones criminales”, pueda ser pronto algo del pasado, como deseaba el Jefe de Estado en su mensaje a las Cámaras en la apertura de la última legislatura cuando dijo: “que hay que combatir la corrupción con firmeza y que llegue a ser un triste recuerdo de una lacra a vencer y superar”.


De momento, no parece que pronto podamos cumplir ese objetivo, y muy difícil lo tenemos, si no cambiamos de dirección, por el camino que vamos, nos alejamos de alcanzar esa meta.



Artículo publicado originalmente en Catalunyapress


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