Tan catalán como español


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Luis Moreno

Banderas 3

“¿Qué aconseja toda racionalidad política? Que se organice el Estado sobre la base en que descansan las regiones federales” (Francesc Pi i Margall, 1824-1901)


La autoidentificación expresada en el título de este tercer y último capítulo de la serie sobre la Moreno question (Catalán, no español Más catalán que español fueron las anteriores) es la mayoritaria en el Principado. En los últimos 40 años ha variado entre porcentajes del 40% y 50%. Según el Centre d’Estudis d’Opinió eran un 39,2% los encuestados que declararon una identidad compartida entre lo catalán y lo español (REO 857, junio 2017). Ante la expectativa de una Declaración Unilateral de Independencia (DUI) por parte del Govern de la Generalitat, es precisamente este grupo el que confrontaría un mayor desgarro social y político.


La evidencia que arrojan estudios e investigaciones apunta que un buen número de quienes se consideran tan catalanes como españoles son gentes procedentes de otros lugares de España. Son andaluces, murcianos, aragoneses o extremeños, pongamos por caso, o sus hijos, nietos y parientes, que se establecieron en Cataluña durante el pasado siglo buscando un horizonte de prosperidad económica ausente en sus regiones de procedencia. 


Ellos han mantenido lazos afectivos e identitarios con el conjunto de España. Algunos, en menor número, pasaron a engrosar las filas de aquellos que se han declarado ‘más catalanes que españoles’, e incluso sólo catalanes. Baste visualizar algunos de los apellidos de los voceros nacionalistas más entregados a la causa secesionista para comprobarlo.


Es ahora cuando se hacen patentes, si se me permite la expresión, visiones supremacistas de aquellos ‘auténticos’ catalanes que consideran a los inmigrantes españoles en Cataluña casi como Gastarbeiter, apelativo con el que los alemanes denominaban a los ‘invitados’ trabajadores europeos que acudieron a la llamada de las autoridades germanas como mano de obra disponible para contribuir al desarrollo del ‘milagro alemán’ durante los años 1950 y 1960.


Mantiene tal visión esencialista que quienes residen en Cataluña, y al margen de cómo se identifiquen (volvamos a recordar que la mayoría se consideran ‘tan catalanes como españoles), se benefician de una economía desarrollada que es fruto de la laboriosidad y del genio secular catalanes. Si ese grupo mayoritario no quiere participar en lo que mantiene dicha visión esencialista de la cultura catalana originaria será por su propia voluntad de autoexclusión. Semejante forma de ver la realidad social catalana implicaría una propuesta de alienación que poco tiene que ver con el mestizaje y cosmopolitismo de la pulsión civilizatoria catalana. Es un reificación divisiva.


Y es que los catalanes con niveles más altos de instrucción formal han mostrado una mayor querencia hacia la identidad catalana (‘sólo catalán’ o ‘más catalán que español’). Por contraste, los ciudadanos con un menor nivel de educación, los trabajadores de baja cualificación y los asalariados precarios se han mostrado más proclives a autoidentificarse en las escalas de la identidad española de la Moreno question.


Es de sentido común colegir de ello que la idea de construir un estado independiente pueda gozar de un alto respaldo en las clases altas y medias catalanas. Pero una gran proporción de las clases media baja y obrera en el Principado se ha mostrado siempre reacia a asumir los argumentos secesionistas, a pesar del proyecto ilusionante por construir una republica catalana independiente ofertado por las elites, la intelligentsia y los media nacionalistas.


Los catalanes que comparten por igual sus identidades catalana y española forman un conjunto dentro de la sociedad catalana que es mayor en número (2,2 millones) a la de aquellos que votaron ‘sí’ a la separación el pasado 1-O, según los datos de la Generalitat, (2 millones). Más allá de su significación numérica, su relevancia es la de ser un grupo social heterogéneo y representativo de una reivindicación por el diálogo y de la coexistencia pacífica en Cataluña.


Permítame el lector unas postreras reflexiones de carácter más general para concluir esta serie de artículos de opinión, las cuales he extraído de algunos de mis escritos de los últimos decenios.


La mala integración interna ha sido el problema más persistente en la historia contemporánea de España. Los intentos por superar tal conflicto se han llevado a efecto repetidamente mediante la imposición de ‘trágalas’ centralizadores asociados a golpes de estados, fórmulas caudillistas y ausencias de libertades democráticas. El centralismo español ha sido secularmente débil por su incapacidad de aunar voluntades y violento por la fuerza bruta empleada para imponer su voluntad.


El cantonalismo y la disgregación territorial han sido alternativas radicales a los programas de homogeneización centralizadora, circunstancia que se produjo tras 1898 con la pérdida de España de su condición de país colonial y con su descenso a la ‘segunda división’ en la liga de las naciones influyentes.

El afán durante los dos últimos siglos por modelar una España unitaria, construida de acuerdo a un modelo vertical y jerarquizado del ‘ordeno-y-mando’, ha conllevaba siempre el germen de la rotura y el desencuentro. 


En realidad, tal visión idealizada del espíritu nacional español ha provocado en diversas ocasiones la reacción del particularismo regional, la desunión y el conflicto entre los pueblos de España. Ambas posiciones se han alimentado mutuamente en una espiral de incomprensión, frustración y sufrimiento. Tras el ‘fracasado’ éxito del Estado Autonómico, en certera expresión de mi colega José Tudela, aquellos polvos persisten y enfangan los presentes lodos.


Del empeño por adecuar la España autonómica a un auténtico estado federal depende la resolución del órdago entre separadores y separatistas. El reto sigue siendo el de articular unidad y diversidad mediante un pacto político legítimo que a todos obligue. 


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