Es posible que en mi anterior artículo de opinión, donde trataba de resolver el debate sobre si Messi es o no el mejor de todos los tiempos, me fuese demasiado por las ramas en mi sesuda argumentación. En esta ocasión pretendo evitar los rodeos y las circunvalaciones para tratar de decir algo en torno a un asunto sobre el que ya se ha dicho todo. Lo habitual al hablar de Argentina es hablar de Leo Messi, y hablar del de Rosario es decir que se acaban los adjetivos para definirlo. Habría que inventar palabras como hacen los alemanes para formular nuevos términos con los que diseccionar la figura del argentino, o directamente inventar una nueva lengua si el élfico o el pársel cuentan con un glosario futbolístico limitado. Solo sé hablar gallego y chapurrear el castellano, por lo que desisto en la idea de hablar del 10. 

 

Por eso, ahora que las aguas se han calmado y mis ánimos se han templado, hablaré del mejor partido en el peor Mundial. Porque si este no ha sido una Copa del Mundo digna como para mostrar el fútbol como negocio, la final sí ha dignificado el fútbol como deporte, reconciliándonos con ese juego que nos obliga a preguntarnos qué tiene, qué provoca que sigamos con atención a 22 millonarios corriendo detrás de un objeto esférico con la primaria intención de penetrar en campo rival y conquistar el territorio contrario. Una guerra civilizada, reducida a 90 minutos, un rectángulo y pantalones cortos. 

 

Pero resulta imposible resumir los más de 120 minutos de una final de la Copa del Mundo en un artículo de opinión. No podrán hacerlo ni las enciclopedias. Nada podrá recoger todos los pequeños matices, las emociones, los nimios detalles que hicieron del partido del domingo el duelo del milenio, ese que todo aficionado aspira a ver cuando entra en un estadio, enciende el televisor o cierra los ojos, para soñar, dormido o despierto, con fútbol. 

 

Pero, ¿y si nos fijamos en solo 50 segundos? Los últimos 50, por ejemplo, que fueron los instantes que cambiaron la historia de un país. Una historia que dice e insiste en que lo que ocurrió no debe de pasar, porque el que tira segundo lleva las de perder. Lo dice la matemática, un concepto que en el fútbol tiene todo y ningún peso, pero lo dicen también las cábalas, las mismas que plantaron a Argentina en la final. Porque Lloris vestía de amarillo. Porque el cumpleaños del árbitro así lo indicaba. Porque Lio falló un penalti en el tercer partido. Porque jugó Canadá. Porque eligieron creer. 

 

En el punto fatídico lo único que importa es el método de ensayo y error, y los de azul erraron en dos ocasiones, dando la vuelta a la omelette. La ventaja era ahora para los albicelestes. El 'Dibu', ese villano vestido de verde cirujano, poseedor del pie de Dios -ese ser todopoderoso que le dio su mano a un delantero y su pie a un guardameta, decisión tal vez producto de una tirada de dados- acertó a atajar uno y desquició al lanzador en otro hasta el punto de enviarla fuera con la mirada.  

 

Pero en el cuarto Kolo no da opción y es Gonzalo, un muchacho de 25 años al que apodan 'Cachete', el que de repente lleva sobre sus hombros la mochila de Atlas. Empiezan los 50 segundos dichosos. Se despide de sus compañeros y enfila la portería, despacio, cruzándose en su camino con su adversario, con el que se ha bregado en la prórroga y que le saca dos cabezas. Van quince segundos. 

 

En ese recorrido ha tenido tiempo a decidir a dónde lo iba a lanzar, a desdecirse, a definirlo de nuevo, a volver a cambiar de idea, a desear no ser él y mirar al cielo esperando un meteorito que lo aparte de su destino. Ha pasado exactamente medio minuto desde el gol de Kolo Muani, y Montiel pone con mimo el balón sobre el punto marcado con cal. Parece decirle algo. "¿Te acuerdas de mí? Me conoces. Somos tú y yo de nuevo. Pero ahora no eres de trapo", le susurra, con mirada de niño. 

 

Allá fueron 40 segundos y el lateral ha cogido carrerilla. Concretamente son nueve pasos hacia atrás. Lusail se insonoriza en ese mismo instante. De repente es el silencio, el que comparten los miles que abarrotan la Plaza de la República, los que muerden una bufanda en Quilmes, los que se tapan la cara con las manos en Ezeiza, los que están de espalda al televisor en Lanús, los que todavía quedan en las Malvinas. Son once metros los que distancian a Montiel de la eternidad. 45 millones de argentinos contienen la respiración; 68 millones de franceses repasan el santoral; 4 mil millones de personas al otro lado de la pantalla aguardan al desenlace, como aguardan a que el presentador abra el sobre que esconde el Oscar a la Mejor Película. "And the winner is...".

 

Un paso. Dos. Tres y cuatro. Cinco. En el sexto Montiel golpea. Han pasado 47 segundos. En realidad, han pasado ya 36 años. Han pasado ya nueve mundiales. Han pasado Raúl Alfonsín y Carlos Menem, y otros cinco presidentes en once días. Han muerto los dictadores, han levantado el Corralito, han encerrado al Kirchernismo, han proclamado un Papa y han enterrado a Dios. Han pasado más de 200 años desde su independencia pero toda la historia de Argentina se reduce a ese instante en el que un pibe de Virrey del Pino elige su izquierda y no la derecha, como tiene que ser. Entonces es el Big Bang, una gran explosión que sacude el estadio, y el sonido provoca una ola que se va haciendo gigante hasta que un tsunami en forma de grito atraviesa toda la Avenida 9 de julio con solo tres letras: "Gol". 

 

Es una qatarsis, con 'Q' de "¿Qué mirás, bobo?". Un momento idóneo para morir, para una despedida como la del viejo Casale. Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo esa, hermano. ¡Yo elijo esa!  

 

 

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