Delcy Rodríguez/EP


 

 

 


 

La secuencia arranca cuando Donald Trump lanza un ultimátum para forzar la salida del poder de Nicolás Maduro mediante un exilio pactado, una propuesta que el dirigente venezolano rechaza de forma explícita. La respuesta pública del mandatario, con apariciones televisivas y mensajes desafiantes, convence a parte del equipo estadounidense de que Caracas interpreta la amenaza como un farol. Esa percepción precipita un giro radical.


 

La Casa Blanca opta entonces por ejecutar una operación militar relámpago en Caracas que culmina con la detención de Maduro y de su esposa, Cilia Flores, trasladados a Nueva York para afrontar cargos por narcotráfico. El golpe se produce sin bajas estadounidenses y con una mínima resistencia en la capital, donde son destruidas varias instalaciones militares clave.


 

 


 

La figura inesperada que gana crédito en Washington

Antes de esa intervención, los contactos discretos ya han perfilado una alternativa provisional. El nombre que emerge no procede de la oposición, sino del propio núcleo del poder chavista: Delcy Rodríguez. Vicepresidenta hasta ese momento, su gestión al frente de la industria petrolera y su capacidad para mantenerla operativa bajo sanciones despiertan un interés pragmático en Estados Unidos.


 

Un alto funcionario estadounidense resume esa percepción en una frase clave, pronunciada durante las conversaciones confidenciales: “He estado siguiendo su carrera durante mucho tiempo, así que tengo una idea de quién es ella y de qué se trata”. La misma fuente subraya que no se la concibe como solución definitiva, pero sí como una interlocutora con la que se puede trabajar “a un nivel mucho más profesional” que con Maduro.


 

 


 

El paralelismo con la Transición española

El encaje que Washington hace de Rodríguez remite a un precedente histórico europeo. Al igual que Adolfo Suárez en la España posterior al franquismo, la vicepresidenta encarna una figura surgida del sistema anterior llamada a pilotar una transformación controlada desde dentro. No se trata de una ruptura inmediata, sino de una transición dirigida por alguien que conoce los resortes del poder, mantiene puentes con las élites económicas y puede ofrecer garantías de estabilidad.


 

En ese sentido, su perfil tecnocrático, su formación jurídica en Francia y su trayectoria como negociadora con inversores extranjeros refuerzan la idea de una transición gradual, centrada en la recuperación económica y en la protección de intereses estratégicos, especialmente los energéticos.


 


 

María Corina Machado, el rechazo de Trump y el Nobel ignorado

La elección de Rodríguez implica un descarte explícito de María Corina Machado. La líder opositora, vencedora de la campaña presidencial de 2024 y galardonada este año con el Premio Nobel de la Paz, no logra ganarse la confianza de Trump pese a un intenso acercamiento político. Ha elogiado públicamente al presidente estadounidense, ha replicado sus argumentos sobre el fraude electoral y le ha dedicado incluso el reconocimiento internacional recibido.


 

Nada de ello altera la decisión final. Trump afirma que aceptará a Rodríguez y sostiene que Machado carece del respeto y del respaldo interno necesarios para gobernar. En un mensaje televisado, la define como “una mujer muy amable”, pero añade que “no cuenta con el apoyo” suficiente dentro del país.


 


 

Edmundo González y la legitimidad electoral en suspenso

En ese contexto, Machado mantiene su apuesta por Edmundo González. El diplomático retirado, hoy en un exilio autoimpuesto en España, es considerado el legítimo ganador de las elecciones de 2024 por un amplio margen, pese a que las autoridades proclamaron vencedor a Maduro. Su nombre aparece como referencia política, aunque Trump evita mencionarlo en su discurso a la nación.


 

La líder opositora publica un comunicado en el que se declara preparada para asumir el poder, pero la Casa Blanca deja claro que no ha mantenido conversaciones con ella y que la transición seguirá otro cauce.


 

Gobernar sin romper con el pasado inmediato

La ambigüedad rodea los primeros pasos de Rodríguez. En un discurso televisado acusa a Estados Unidos de una invasión ilegal y afirma que Maduro sigue siendo el líder legítimo del país. Al mismo tiempo, Trump asegura que ha sido juramentada como nueva presidenta, una afirmación que choca con la narrativa interna venezolana.

 

Incluso la televisión estatal continúa presentándola como vicepresidenta, un gesto interpretado por personas cercanas al gobierno como una estrategia para tranquilizar a las fuerzas armadas y a los grupos leales al chavismo, conmocionados por la operación militar estadounidense.

 


 

Economía, petróleo y control como ejes de la nueva etapa

Washington deja claro que su relación con el eventual gobierno interino se basará en el cumplimiento estricto de sus normas. Las restricciones a las exportaciones de crudo se mantienen, aunque algunos interlocutores confían en que se relajen los controles sobre los petroleros y se amplíen los permisos para que compañías estadounidenses operen en Venezuela.


 

Trump llega a afirmar que Estados Unidos tiene la intención de “gobernar” el país durante un periodo indefinido y recuperar los intereses petroleros, una declaración que revela el enfoque central de la operación. Como resume Michael Shifter, investigador del Diálogo Interamericano: “Para Trump, la democracia no es una preocupación: se trata de dinero, poder y proteger al país de las drogas y los criminales”.


 

Un liderazgo lleno de contradicciones

Rodríguez, de 56 años, acumula credenciales como gestora capaz de estabilizar una economía devastada y aumentar gradualmente la producción petrolera pese a las sanciones. Ha tejido alianzas con élites empresariales y diplomáticas, ganándose defensores que ven en ella una opción para reactivar el crecimiento.


 

Sin embargo, nunca ha denunciado la represión ni la corrupción del sistema que la ha llevado al poder. En el pasado llegó a definir su entrada en el gobierno como un acto de “venganza personal” por la muerte de su padre en prisión en 1976, tras ser interrogado por servicios de inteligencia vinculados a gobiernos proestadounidenses.


 

Juan Francisco García, exdiputado del partido gobernante, expresa esa mezcla de escepticismo y expectativa al señalar: “La historia está llena de sectores y figuras vinculadas a dictadores que, en algún momento, han servido de puente para estabilizar el país y transitar hacia un escenario democrático”.


 

La transición venezolana, si se consolida, queda así en manos de una figura que simboliza tanto la continuidad como el cambio, en un equilibrio frágil entre la herencia del chavismo y la tutela directa de Estados Unidos.

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