En su primer mandato, me abalanzaba sobre el móvil en cuanto me despertaba. De cabeza a leer su última ocurrencia. “¡Te lo puedes creer!”, acaba de prohibir la entrada a todos los países musulmanes. Bueno, a todos no claro, a los sauditas no, y eso que la mayoría del 11S eran sauditas”, clamaba entonces, indignado con lo que hoy sería una menudencia.
¿Indignado? Mentira, con el tiempo aprendí que realmente no estaba indignado, al menos ése no era el sentimiento dominante. Que prohibieran a un somalí entrar en Estados Unidos me daba bastante igual, como ahora me trae bastante al pairo que le claven una tarifa a un viticultor francés.
Cada una de sus barbaridades me aporta, además de una golosa dosis de dopamina para mi cerebro, un calmante para mis dudas ideológicas.
He comprendido que con mi consumo compulsivo de sus ocurrencias en realidad lo que busco es reforzar lo que yo creo. Cada una de sus barbaridades me aporta, además de una golosa dosis de dopamina para mi cerebro, un calmante para mis dudas ideológicas.
Su talento para mantener a fans y detractores enganchados explica gran parte de su éxito. Ha conseguido que solo se hable de lo que él quiere.
¿Cuándo fue la última vez que usted discutió con alguien sobre el empobrecimiento de los trabajadores de Estados Unidos? Probablemente, ha pasado menos tiempo desde que se enfadó con alguien a cuenta de la inmigración o Venezuela.
En términos muy generales, en la historiografía hay dos polos. Los historiadores que creen que Alemania no habría invadido Polonia si la madre de Adolf le hubiese prestado más atención de niño y aquellos que creen que, vistas las salvajes condiciones de Versalles, era inevitable que, tarde o temprano, los alemanes buscasen revancha.
La verdad, probablemente, esté, como sucede a menudo, en un punto intermedio.
Si el presidente de los Estados Unidos no necesitase sentirse siempre centro de atención, probablemente el número uno de la dictadura venezolana seguiría al frente y no su número dos. Con todo, si en Venezuela no hubiese mucho petróleo a repartir, su atención hubiese saltado a otro lugar.
Así que el mundo está patas para arriba no es solo porque haya un sociópata en la Casa Blanca, pero eso ayuda.
El problema de raíz son las razones que nos llevan a prestar atención a personas así.
Marcuse argumentó que en Estados Unidos había más apariencia que realidad de democracia, pues en la práctica solo se podía elegir entre dos fórmulas casi idénticas.
Esa ilusión de democracia, por pequeña que fuese, se desvaneció por completo el día que su pueblo eligió -libremente y sabiendo perfectamente qué estaban comprando- un tirano. Aquel que intentó amañar un recuento -"solo quiero encontrar 11.780 votos"-, que cuando no lo logró alentó un golpe de estado y que ahora entra en guerra ilegalmente obviando al legislativo.
Con todo, el tirano naranja es el síntoma, no la enfermedad de fondo. La República ya estaba herida de muerte antes de que Sulla marchase sobre Roma.
El problema de raíz son las razones que nos llevan a prestar atención a personas así. Razones que, a su vez, son la clave para que un pueblo las aúpe al liderazgo.
La respuesta obvia que me dio alguien con mucho sentido común ayer es que lo eligieron porque no había nada mejor. La gente cuando está muy mal recurre a alguien que ofrece soluciones simples para volver a un pasado glorioso y una lista de enemigos externos a los que culpar de la decadencia. Es una receta fácil y no es la primera vez que la vemos triunfar. Se llama fascismo.
¿Qué hacer? A los que no somos americanos nos queda, cuando podamos, ignorarlo. Ni contrariarlo -no es casualidad que el mismo día que la gente se manifestó en Groenlandia castigase con tarifas a los que se oponen a sus delirios- ni halagarlo. A los sociópatas las adulaciones los sacian muy brevevemente, como acaba de comprobar María Corina Machado. Su necesidad de dominio, de poder sobre los demás, es infinita.
Claro que al jefe de la Casa Blanca no es posible ignorarlo por completo. Nuestras vidas y la de nuestros hijos dependen de él. Vivimos en una pesadilla, basta que apriete un botón y todos nos convertiremos en ceniza.
Así que sigamos preparándonos. Estamos a la altura del libro dos, pero el tiempo pasa para todos. Llegaremos al séptimo libro y tarde o temprano tendremos la oportunidad destruir a aquel que no debe ser nombrado.