Creo firmemente que las recientes amenazas del expresidente estadounidense Donald Trump de imponer aranceles del 10% —y hasta del 25%— a varios países europeos, entre ellos Dinamarca, no son solo una disputa comercial. Son un intento claro de coerción política y económica, con un objetivo tan insólito como preocupante: forzar la compra de Groenlandia por parte de Estados Unidos. Como advirtió el Nobel de Economía Joseph Stiglitz, “los mercados sin reglas terminan beneficiando al más fuerte, no al más justo”. Y hoy, más que nunca, siento que esa advertencia se cumple ante nuestros ojos.
No podemos permitir que la ley del más fuerte sustituya al derecho y la cooperación internacional. No estamos ante un simple conflicto arancelario. Estamos ante un desafío directo a nuestra soberanía, a las reglas del comercio internacional y a la dignidad de los Estados miembros de la Unión Europea. Por eso, creo que Europa no puede permanecer inmóvil ni reaccionar con tibieza. Es el momento de ejercer nuestra propia “palanca económica” y demostrar que también sabemos defendernos. La Unión Europea dispone de una herramienta clave: el Instrumento Anti-Coerción, conocido como la “bazuca comercial”.
En mi opinión, deberíamos estar dispuestos a activarlo si se confirma una agresión económica injustificada. No sería una medida extrema, sino defensiva, legítima y necesaria cuando se vulneran las reglas del juego. Europa debe mostrar que los chantajes económicos no tienen cabida en un mundo que se pretende democrático y justo. Desde Galicia, como ciudadano europeo comprometido, siento que lo que está en juego no es solo un pulso entre Bruselas y Washington.
Lo que está en juego es el modelo de relaciones internacionales que queremos: uno basado en la cooperación, el respeto mutuo y el derecho internacional, o uno dominado por la imposición, la amenaza y el chantaje económico. Galicia, tierra abierta al mundo y con un tejido empresarial y exportador que mira al Atlántico y al resto de Europa, no puede permitirse ser víctima colateral de estas estrategias. Cada decisión que se tome en Bruselas repercute directamente en nuestros puertos, nuestras empresas y nuestros trabajadores. No quiero una Europa reactiva. Quiero una Europa fuerte, con mayor capacidad de decisión, mayor cohesión interna y mayor autonomía estratégica.
Eso implica también avanzar hacia una Unión más integrada, con instrumentos sólidos que protejan a sus ciudadanos y a sus economías frente a amenazas externas. Europa necesita ser un actor que inspire respeto, no miedo. Limitar la autoridad de figuras como Donald Trump no es, a mi juicio, un acto de confrontación, sino de responsabilidad. Es proteger nuestras economías, a nuestros trabajadores, a nuestras empresas y, en definitiva, a nuestros ciudadanos. Es un acto de defensa de la democracia y de la justicia internacional.
Creo que es hora de dar un vuelco. De pasar de la prudencia excesiva a la firmeza democrática. De construir una Unión Europea más fuerte, más unida y más respetada. Y de demostrar que Europa no se compra, no se amenaza y no se somete. Como ciudadano estoy convencido de que la fortaleza de Europa está en su unidad y en su capacidad de actuar con decisión frente a las amenazas externas. No podemos dejar que la arrogancia de unos pocos decida nuestro destino.