La sociedad no se aburre (aunque sería bueno hacerlo de vez en cuando), y no me refiero a todo lo que está sucediendo en este mundo, sino a que contamos con un personaje llamado Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, que cada día dice o hace de las suyas. Esto sucede porque, creyéndose el emperador del mundo, sesiente con el privilegio de hacerlo. No solo él, sino toda su familia. ¿Es EE. UU. su rancho? Algunos afirman que pretende que sea todo el planeta, si se le sigue considerando por sus hazañas y las de su familia, que no son pocas.
Este pasado jueves, Trump y su esposa Melania, acompañados por todos los altos cargos de su gobierno, más cientos de invitados de “la crème de la crème” de Washington D. C., asistieron al estreno de “Melania”, el gran documental producido por la mismísima primera dama. Todos los asistentes esperaban ansiosos ver la gran producción. Para animar la velada, el inquilino de la Casa Blanca decía a los periodistas y a todos los que querían oírlo que el documental es “glamurosos, muy glamuroso”, porque, según él, “necesitamos mucho glamur”.
Y es que hablar de glamur la persona que, según algunos especialistas, precisamente no lo posee, por mucho que lo pretenda, resulta irónico. Ese glamur que él predica, otros lo interpretan como algo parecido a un episodio de corrupción corporativa. Según dicen, la empresa Armazón pagó la insignificante cantidad de 40 millones de dólares a la productora de la primera dama, por los derechos cinematográficos , como no eran suficientes —y los Trumps son pobres de solemnidad—, Amazón sacó de sus cuentas 35 millones más para promocionarla. Una cantidad muy, pero que muy superior al precio de cualquier otro documental.
Mientras el espectáculo glamuroso de Trump y la nueva estrella de la creación cinematográfica lucían en el escenario, los ciudadanos de Minneapolis continúan llorando las muertes de dos personas a manos de esas “glamurosas” Patrullas Fronterizas, que tratan a la gente como delincuentes. Y no digamos las detenciones de niños pequeños nacidos en ese país, cuyo color de piel los señala para ser arrestados. Todos estos sucesos, y bastantes más, son obra de un presidente racista cuyo color favorito es el blanco; el resto le produce “urticaria”.
Glamur para Trump es querer quedarse con Groenlandia y Canadá, o hacer planes “de paz” en Gaza, que pasan por expulsar a sus propietarios para construir complejos de lujo que le reportarán a la familia Trump buenos beneficios económicos, que es su principal objetivo. Todo lo demás le importa lo mismo que la empanada gallega, que no sabe lo sabrosa que es.
El glamur de Trump es una mentira para tapar otras cosas. Según la RAE, el glamur es un encanto sofisticado, atractivo y sensual que fascina y evoca lujo, elegancia y misterio.
Para Hedy Lamarr, actriz del Hollywood dorado —por cierto, muy guapa y con estilo, además de una inteligente investigadora/inventora—, “Cualquiera puede parecer glamuroso. Lo único que hay que hacer es quedarse quieta y parecer estúpida”. Ella creía que el glamur era una pose pasiva y no requería inteligencia, y pensaba que su belleza eclipsaba esa parte de su intelecto. Lamarr demostró que el glamur era una fachada comercial, mientras que su verdadero talento residía en la ciencia y la invención. Un ejemplo de una mujer inteligente que, además, estuvo considerada en su tiempo como la mujer más guapa del mundo.
Por cierto,el documental de Melania no será estrenado en Sudafrica tras la negativa de la distribuidora local, de proyectarlos en los cines
Nunca hasta ahora un presidente de EE. UU. había llegado tan lejos en un solo año que lleva en el gobierno. La pregunta es: ¿hasta cuándo se lo van a permitir?
Decía Albert Camus: “Toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura al fascismo”.