El pequeño productor, convencido de que su único enemigo son las regulaciones ambientales o "Bruselas", acaba defendiendo una desregulación que solo beneficia al gigante.

 

Agricultores y ganaderos cortan la A-52 con tractores y rollos de paja, a 10 de enero de 2026, en Xinzo de Limia, Ourense, Galicia.

Las carreteras gallegas vuelven a llenarse de tractores y humo, pero tras el ruido de la protesta se esconde una realidad mucho más silenciosa y dramática: la derrota de la conciencia de clase en nuestro campo. El campo gallego está atrapado en una situación retrógrada, anulado por un discurso monopolizador que ha conseguido que el agricultor que no llega a fin de mes defienda los intereses de quienes lo asfixian. Es lo que podríamos definir como la magia del patrón.

 

Esta magia no es casual. Es el triunfo de un conservadurismo que lleva décadas trabajando para que el agricultor gallego deje de identificarse como trabajador del campo y empiece a verse como un "empresario agrícola" sin empresa. La agricultura gallega ha caído en una trampa ideológica que la ha dejado sin voz propia, en un escenario donde el pequeño productor deja de identificarse con sus iguales para aparecer totalmente colonizado por las mismas élites que lo devoran. Es el triunfo de un espejismo que convierte al trabajador en el guardaespaldas de su propio explotador.

 

En Galicia, este fenómeno imita lo que vemos en otras latitudes, como la estrategia de ciertos patronazgos del Levante o del Sur. Allí, las grandes corporaciones agitan a las masas contra la Unión Europea o el acuerdo del Mercosur, mientras que ellas mismas poseen inmensas tierras en África, produciendo a costes miserables para disparar los precios en origen y luego comercializarlas como propias. Aquí, la magia funciona de forma similar: la industria y ciertas cúpulas cooperativas burocratizadas actúan como auténticas multinacionales que utilizan al agricultor como escudo humano para proteger sus márgenes de beneficio.

 

El pequeño productor, convencido de que su único enemigo son las regulaciones ambientales o "Bruselas", acaba defendiendo una desregulación que solo beneficia al gigante. Es la paradoja absoluta: el pobre agricultor gallego soporta la ruina con orgullo, defendiendo la fe del patrón, mientras este vacía nuestros pueblos y deslocaliza la producción.

 

Prefieren el colapso individual —el "siempre se ha hecho así"— antes que la soberanía colectiva. 

 

Un sector sin una visión alternativa

El éxito de este discurso reside en la anulación de cualquier alternativa. La magia es tan profunda que el relevo generacional a menudo hereda la misma mentalidad aspiracional e individualista. Prefieren el colapso individual —el "siempre se ha hecho así"— antes que la soberanía colectiva. Cualquier propuesta que hable de diversificación, soberanía alimentaria o ruptura con la dependencia de las grandes industrias es tildada de "ideológica" por quienes, ya de por sí, están totalmente colonizados por la ideología del capital.

 

Rompiendo el hechizo de la dependencia

Galicia no puede permitirse ser una tierra de "patrones pobres". Esa mentalidad es la que permite que nuestra tierra se convierta en un mero terreno de juego para intereses extranjeros sin que el valor añadido permanezca en nuestro territorio. La magia del patrón nos hace creer que somos "dueños" cuando solo somos gestores de la deuda.

 

Despertar de este letargo implica reconocer que el enemigo no está en quienes piden una tierra más sana, sino en quienes, desde las junta directivas, nos empujan al abismo mientras alaban nuestro "esfuerzo". Si los agricultores gallegos no rompen este hechizo, seguirán cargando con su propia cruz hasta que se apague la última luz del pueblo, convencidos, por supuesto, de que murieron defendiendo un estatus que nunca fue suyo.

 

Los puntos de vista de este artículo de opinión corresponde únicamente al opinador.

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