Decía Séneca que “la verdad es el arma de la gente honesta. Con la mentira atacan los cobardes y con la traición, los miserables”. Una frase que refleja muy bien a las personas que son maestras en estos menesteres. Seguro que muchos no se han olvidado de la frase que el candidato republicano Donald Trump, cuando en plena campaña presidencial de 2024 decía delante de miles de simpatizantes: “No voy a empezar guerras, voy a frenarlas”, o esta otra: “Cuando sea presidente prometo poner fin a la guerra en Ucrania, en 24 horas”. Como es evidente, ninguna de las dos promesas se ha cumplido. La primera afirmación era una de sus grandes mentiras. La segunda, una bravuconada de un irresponsable que, pese a ser presidente elegido en las urnas, se ha transformado en un dictador que cree poder hacer lo que le venga en gana sin dar cuentas en el Congreso.

Como un buen mentiroso, Trump, junto con otro dictador, Benjamín Netanyahu, se ponía la democracia por montera y anunció su guerra contra Irán (no quiere decir que sus líderes sean unos santos), en la que también participaba Israel. El anuncio lo hizo mediante un vídeo grabado en su residencia de Mar-a-Lago, luciendo en su cabeza su ya tradicional gorra de béisbol. Lo hizo en su casa, no en la Casa Blanca, residencia oficial del presidente de los Estados Unidos de América. Es una puesta en escena del todopoderoso Trump, quien decidió él solo, sin explicación al Congreso y sin fundamento legal. Las leyes son para los demás. Él se puede permitir tomar decisiones graves para su país (como si fuera su casa particular) sin comunicarlo a las instituciones y partidos. Claro que Trump, por mucho que lo crea, las acciones tienen consecuencias. Tienen un límite y hay que dar explicaciones, le guste o no.

Como un ser superior, Trump, antes del ataque, se le vio bailando God Bless the USA en una fiesta celebrada en su complejo turístico, donde ya tienen por costumbre llevar a cabo actos oficiales y reuniones con líderes mundiales. Un poco más tarde, estratégicamente programado, el primer ministro israelí, Netanyahu, publicó una fotografía en su despacho, teléfono en mano, para decir que había mantenido una conversación telefónica con Trump. Coordinación absoluta entre los dos países, sin tener en cuenta lo que la intervención podía suponer para el mundo. Creo que nadie se atreve a decirle que es un grave error que se va a pagar muy caro.

El presidente Trump, en tan solo un año que lleva gobernando (en su segundo mandato), tiene un récord de intervenciones “gloriosas”: dio órdenes para volar barcos venezolanos en el Caribe. Secuestró al presidente de Venezuela y se lo llevó a su país. Quiere quedarse con Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca, mediante una transacción económica o por la fuerza. Tiene entre ceja y ceja invadir Cuba. Canadá está dentro de sus próximos proyectos. Sin olvidar su política social de expulsar a inmigrantes sin tener en cuenta ninguna condición. Internamente tiene problemas y las encuestas no es que le sean muy favorables, teniendo por delante, en el mes de noviembre, las elecciones intermedias que le pueden dar un disgusto.

El pueblo estadounidense, después de 25 años de guerra continua, no quiere volver a las andadas, por muchas razones; entre ellas, el gasto millonario que supone mantenerlas, además de las pérdidas humanas, que a la sociedad le cuesta asumir. Manifestaciones en varias ciudades de Estados Unidos protestan contra la política de Trump, que ha dejado ver, por si alguien tenía dudas, su autoritarismo real. Es sabedor del poder de su país y lo ejerce, claro que en su propio beneficio, no en el de su país. La guerra para Trump es un tema económico, no de salvar a los países de sus dictadores, sino una oportunidad de meter la pezuña y sacar mucho rédito económico en sus negocios. Para ello cuenta con la ayuda de su familia: hija, yerno, demás hijos, su mujer y su reducido número de amigos. Las guerras se sabe cómo empiezan, pero nunca cómo acaban. El señuelo de liberar al pueblo de su tirano de turno está muy bien, pero detrás se esconden otros intereses. Esta guerra iniciada por Trump es un tema económico y de tiranos. Decía el escritor alemán Thomas Mann que “Cuando el fascismo regrese, no dirá ‘soy el fascismo’, dirá ‘soy la libertad’”.

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