​La noticia que nunca quisimos dar

Rodrigo Brión Insua

“Que no sea ella. Que sea otra cosa”. Eso debían estar pensando los ocupantes del 'Ángeles Alvariño', el buque encargado de realizar las labores de rastreo de Anna y Olivia, las conocidas 'Niñas de Tenerife', cuando encontraron algo a un kilómetro de profundidad en su búsqueda de alguna pista que los acercase al paradero de las menores desaparecidas desde hace más de un mes. Desgraciadamente, los peores presagios se cumplieron, y en el fondo del Atlántico, en una bolsa atada al ancla de la embarcación de Tomás Gimeno -padre de las menores y supuesto artífice de su desaparición- reposaban los restos de Olivia, de seis años. Ahora la investigación trata de encontrar, si los hubiere, los otros cuerpos. Junto a la primera bolsa había otra, en este caso vacía.


Esta es la noticia que en ninguna redacción queríamos escribir. Soy consciente de que es una frase que vale para cualquier suceso trágico, pero en este caso muchos nos agarrábamos, como la familia de las chiquillas, a un perverso clavo ardiendo: que estaban bien, a salvo, pero secuestradas por el padre en algún lugar del globo. Esa terrible teoría era mejor que este fatal desenlace, y aferrados a esa posibilidad zigzageábamos cualquier otra hipótesis. Pero a veces la maldad humana no precisa de la dirección de David Fincher para ser macabra, oscura y retorcida. A veces solo se compone de planos sencillos y crudos, donde todo se reduce a que el malo de la peli es el que tiene cara de malo y el guión no esconde sorpresas, solo un final anunciado que se dilató demasiado en el tiempo mientras permanecíamos inmóviles en nuestra butaca.


El de las niñas de Tenerife es un caso claro de lo que se conoce en el aspecto técnico como 'violencia vicaria' -porque el término “No te voy a joder a ti, sino a todo lo que tú más quieres” tal vez era demasiado largo y poco atractivo como hashtag-. Se entiende por violencia vicaria a toda la violencia que se ejerce contra la mujer a través de los hijos, y que en Galicia todavía no está penada como violencia de género, si bien hay un proyecto en la cámara gallega para su pronta aprobación. Este daño, el psicológico, el que te impide dormir, el que no te deja comer, y el que te hace ver la espada de Damocles cada vez que miras a tus hijos, es tal vez el gran olvidado en un mundo en el que tendemos a reducir la violencia machista a los ojos morados ocultos tras unas gafas oscuras.


Violencia machista también es escuchar: “No los vas a volver a ver nunca”. O que tu hijo tenga que oír eso de “tu madre es una puta” por intentar rehacer tu vida con otra persona. O que tu pareja te revise el móvil. O el “a dónde vas, con quién estás, de dónde vienes”. O eso de “así no sales a la calle”. Violencia machista es todo lo que impida a la mujer ser. Ni más. Ni menos.


Olivia es un caso paradigmático, pero no es un caso excepcional. Desde 2013, y según los datos oficiales, han fallecido cerca de 40 menores a manos de sus padres. Los también recordados Ruth y José no entran dentro de estos datos, porque su caso data de 2011. Entonces no había registros. Y no fue hasta 2017 que se reconoció a estas madres que sufrieron ese dolor inefable como víctimas de pleno derecho.


Mayo fue el mes más negro de la violencia machista en España en año y medio, con siete víctimas. Sin embargo, junio parece que arranca en la misma línea. A última hora de ayer se entregó la expareja de Rocío Caíz, desaparecida en Sevilla desde el día 3. Su asesino confeso, de 23 años, la descuartizo y arrojó sus restos en distintos contenedores. Rocío tenía solo 17 años. Deja un bebé de cuatro meses, hijo del hombre que le arrebató la vida.


Una muerte que tapó la detención de Diego 'El Cigala' en un hotel de Madrid por una denuncia presentada por su pareja, que alega haber sufrido presuntamente malos tratos continuados durante los últimos dos años. Como tampoco fue especialmente sonada la muerte a golpes y en plena calle de una mujer en Roquetas de Mar. La víctima se encontraba en el sistema VioGén. Todavía no hay detenidos.


Sin embargo, en este país, que solo en 2020 enterró a 45 víctimas de violencia machista -a las que se podrían sumar las 22 mujeres asesinadas por sus hijos, según los datos de Ibasque-, los micrófonos sí parecen predispuestos a informar sobre los boicots de Vox a los minutos de silencio por las víctimas de la violencia en la Comisión de Igualdad del Congreso, o los continuos intentos de los dirigentes del partido ultraderechista, como el caso reiterado de Ortega Smith, de negar la violencia machista.


“La violencia machista es absurda por decir que un maltratador pega a su pareja por ser mujer, porque entonces saldría a la calle y pegaría a todas las mujeres”, justificó el hombre del partido al que votaron más de 330.000 madrileños el 4 de mayo. Una cifra casi tan dramática como las 18 mujeres víctimas este año de esa violencia machista que el partido fascista niega. Y mientras ellos niegan -y otros pactan-, y por mucho que me duela cada vez que martilleo las teclas, yo seguiré escribiendo las noticias que nunca querré dar. Solo para que nadie las olvide.    

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