Galicia sin mascarillas: otra pandemia obligaría a importar material de China

El sector de los Equipos de Protección Individual (EPI) en Galicia vive una etapa de profunda reestructuración y repliegue tras el estallido de la COVID que transformó por completo su tejido productivo, tal y como señalan desde Galmask. La masiva desaparición de factorías nacidas durante la pandemia deja a la comunidad en una posición vulnerable con una capacidad drásticamente mermada ante un hipotético escenario pandémico global.


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Producción de mascarillas/shutterstock

La radiografía actual de la fabricación de mascarillas de seguridad en territorio gallego revela un panorama desértico en comparación con los años de la crisis sanitaria. Hoy en día, apenas sobreviven tres fábricas activas en toda la comunidad autónoma: la firma viguesa GALMASK (Firstprotec) y únicamente dos empresas más que se mantienen operativas en todo el territorio gallego. Este exiguo tejido industrial resulta absolutamente insuficiente para dar respuesta al volumen de consumo que desataría una nueva crisis vírica. De materializarse una emergencia similar, las plantas existentes no podrían cubrir la demanda de la población ni del sistema sanitario, lo que abocaría inevitablemente a Galicia y al resto de España a una situación de desabastecimiento inmediato si se pretendiera depender exclusivamente de la producción interna.

 

 

 

 


 

La cruda realidad sectorial confirma que los planes de contingencia basados en la soberanía industrial son un espejismo. La capacidad combinada de las escasísimas plantas gallegas apenas representaría una gota de agua en un océano de necesidades urgentes. El consumo diario de mascarillas por parte de la población gallega, sumado a consumo ininterrumpido de los complejos hospitalarios, centros asistenciales y el sector industrial, multiplicaría de forma astronómica las necesidades de suministro. Para aguantar un envite de tales proporciones y garantizar la autosuficiencia harían falta al menos unas 50 fábricas activas y distribuidas estratégicamente, una cifra que dista de la realidad actual del mercado gallego y del conjunto de España, donde la mayor parte de las empresas cerraron de forma definitiva una vez remitieron los peores compases del virus.

 

 

 

 

 

El nacimiento de la producción local: GALMASK

Tal como explica el gerente, Miguel Gómez, en pleno desierto de suministros, surgió el proyecto de GALMASK en Vigo, fruto de la fusión estratégica de las empresas Dismark e I-LEVER. Los planes iniciales pasaban por montar una fábrica destinada a producir mascarillas de alta seguridad FFP3. Sin embargo, al irrumpir la crisis sanitaria y quedar todo el mercado comercial completamente paralizado, los responsables de la entidad decidieron dar un vuelco absoluto a sus planes y apostar decididamente por fabricar Equipos de Protección Individual (EPI).

 

Los inicios de esta andadura industrial estuvieron marcados por una extrema complejidad. Poner en marcha una factoría desde cero en mitad del confinamiento global supuso una auténtica odisea: el acceso a la maquinaria industrial era dificilísimo, el suministro de materias primas básicas estaba colapsado a nivel internacional, y la obtención de homologaciones europeas oficiales y permisos administrativos se convirtió en un proceso lento y desesperante. Para desencallar la situación antes de que la fábrica propia estuviera totalmente ensamblada, la empresa comenzó comercializando y exportando otra marca propia que se fabricaba en el exterior. Al mismo tiempo, importaron maquinaria automatizada directamente desde China.

 

Galmask
Visita del anterior conselleiro de Industria, Francisco Conde, a Galmask/xunta

 

La consolidación industrial llegó con la implantación de líneas automáticas de alta tecnología para la confección de mascarillas FFP2, FFP3 y quirúrgicas en sus instalaciones viguesas, contando con Santiago de Compostela como eje de distribución. El gran hito tecnológico de GALMASK fue certificar sus mascarillas FFP3 bajo rigurosa homologación europea y el marcado CE a través de su asociación con el instituto tecnológico Aitex. Este producto se convirtió en uno de los más seguros y demandados del mercado sanitario, ya que sus mascarillas FFP3 elevan el porcentaje de filtración de aire, tanto de entrada como de salida, a más de un 99%, superando la efectividad del 95% característica de los modelos FFP2. Con esta tecnología puntera, la planta llegó a alcanzar picos de producción de un millón y medio de mascarillas FFP3 al mes, convirtiéndose en un proveedor estratégico nacional e internacional en el momento más crítico de la historia sanitaria reciente.

 

 

 

 

 

Proliferación, cierres masivos y la reconfiguración del empleo en la post-pandemia

Durante el período álgido de la crisis del coronavirus, el territorio gallego experimentó una notable proliferación de iniciativas empresariales que se reconvirtieron o nacieron expresamente para el sector higiénico-sanitario. La Xunta de Galicia llegó a inyectar 12 millones de euros para apoyar más de 60 proyectos de pequeñas y medianas empresas (pymes) orientados a la fabricación de EPIs y soluciones innovadoras, concentrándose la inmensa mayoría en la provincia de Pontevedra. Firmas como Sanamask en Lérez (Pontevedra), que superó los 30 millones de unidades vendidas de quirúrgicas IIR y FFP2; Vigomasks en Vigo, reconvirtiendo su actividad textil tradicional; VP Mascarillas en Lugo; o el fabricante de material escolar Grafoplás en A Coruña, que redirigió parte de su producción logrando fabricar más de 1,5 millones de unidades mensuales, formaron un cinturón industrial de emergencia. Incluso el clúster de la moda Cointega y firmas como Selmark se implicaron en confeccionar batas y mascarillas reutilizables ante el desabastecimiento generalizado.

 

No obstante, la vigencia de este tejido industrial fue efímera y ligada a una coyuntura económica muy específica. La mayor parte de estas fábricas cerraron sus puertas hace tiempo en Galicia como en el resto de España. El mercado se contrajo de forma tan severa que la idea de adquirir o absorber las plantas que iban quebrando resultó inviable para los supervivientes. Esas grandes maquinarias automáticas ocupaban un espacio físico descomunal que exigía costes logísticos inasumibles para un mercado que ya no demandaba tales volúmenes de compra, lo que obligaba a que muchas de estas instalaciones se vendieran finalmente de saldo.

 

 

 

 

Este repliegue sectorial ha tenido un impacto directo e inevitable en el volumen de empleo directo. En los compases más duros de la pandemia, GALMASK llegó a contar con una plantilla de aproximadamente 40 personas dedicadas en exclusiva a las tareas de confección y producción dentro de la fábrica, sin computar los empleos externos asociados. En la actualidad, la realidad es radicalmente distinta: la empresa ha reducido sustancialmente el personal vinculado de forma directa a la fabricación de mascarillas, situándose el equipo actual en unas 14 personas dedicadas esencialmente al área de distribución y gestión de un catálogo de productos diversificado para farmacias y empresas.

 

Para lograr mantener la persiana arriba, la empresa viguesa se vio obligada a trazar un proyecto global a su alrededor. Ante la imposibilidad de sostener la estructura económica fabricando únicamente mascarillas, expandieron su catálogo comercializando referencias demandadas por su canal de distribución, tales como material para análisis de orina, empapadores, jeringas y guantes. Es importante subrayar que este material de enfermería complementario no es importado, sino que se adquiere directamente a proveedores y empresas españolas, lo que les ha permitido consolidar un modelo de negocio estable, con excelentes valoraciones de los usuarios en internet que rozan las 5 estrellas, y conservar viva la infraestructura fabril original por si fuera necesaria una respuesta inmediata.

 

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Personal sanitario con EPI/Europa Press

 

Dependencia exterior

La distribución del material que confecciona GALMASK hoy en día sigue canales muy definidos, orientándose a farmacias de toda la geografía nacional —llegando a suministrar a una red de entre 5.000 y 6.000 oficinas de farmacia por toda España—, clínicas, geriátricos, clientes industriales que usan los EPIs para protegerse de entornos laborales nocivos o polvo, y hospitales. Actualmente, la firma gallega también es suministradora oficial del Servizo Galego de Saúde (Sergas) a través de la adjudicación de un concurso público, aunque precisan que dicho suministro sanitario autonómico no se cubre con la marca GALMASK de fabricación propia, sino a través de un modelo de mascarilla que importan del extranjero.

 

Este detalle abre el debate nuclear sobre el abastecimiento y la dependencia de los mercados asiáticos. El modelo FFP2 que comercializa la firma, por ejemplo, no se fabrica en su planta de Vigo, sino que es importado directamente desde el exterior. A pesar de los esfuerzos del sector gallego por potenciar el acceso de los ciudadanos a un producto de fabricación nacional, la realidad logística demuestra que la sombra de los proveedores orientales sigue siendo completamente alargada y decisiva en el sostenimiento del sistema de protección.

 

 

 

 

 

Con el mapa fabril actual de España, la conclusión de los expertos del sector es unánime y rotunda: en caso de declararse una nueva pandemia de forma súbita, sería absoluta e inevitablemente obligatorio volver a importar mascarillas de protección a España desde otros lugares del mundo, teniendo que recurrir de nuevo a China de forma masiva. Las plantas operativas del país se quedarían sin existencias disponibles y colapsarían en un plazo máximo de tres días ante la imposibilidad de escalar su producción a los millones de unidades diarios que requeriría la población de golpe.

 

Depender de la importación masiva implicaría revivir exactamente los mismos problemas logísticos que sucedieron en el año 2020. En los primeros meses de una crisis global, los países productores tienden a concentrar toda su capacidad manufacturera en abastecer sus propias necesidades internas, lo que paraliza las exportaciones hacia Occidente durante uno o dos meses. El mercado internacional se transformaría una vez más en un escenario caótico de desabastecimiento, desatando subastas salvajes de cargamentos en los propios aeropuertos internacionales, donde el material terminaría en manos del mejor postor. España, desprovista de una red de al menos medio centenar de fábricas nacionales estables, volvería a quedar desprotegida en la primera línea de la tormenta vírica.

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