Honor a los soplones digitales

Luis Moreno

Una joven utiliza un teléfono móvil.

@EP


Cunde el ejemplo. Y las teorías conspirativas se multiplican respecto al rumbo digital de nuestras sociedades. 


Sucede ello con la extensión del denominado capitalismo de vigilancia (surveillance capitalism), basado en el uso masivo y permanente de los móviles inteligentes. Se estima ahora en más de 3.000 millones el número de usuarios en todo el mundo. Es exponencial su aprovechamiento con fines lucrativos por parte de los Nuevos Señores Feudales Tecnológicos (NSFT): Amazon (Jeff Bezos), Apple (Tim Cook), Google (Larry Page) y Facebook (Mark Zuckerberg). Recuérdese que en el mismo 28 de Julio de 2020, día de su audiencia parlamentaria en el Capitolio de Washington, se generaron unas plusvalías latentes para sus empresas de más de 16.000 millones de euros. Equivalía dicha cantidad --en un solo día-- a la octava parte del coste total de las pensiones en España, el cual es el desembolso mayor de nuestro Estado del Bienestar (12% PIB).


Con la creciente robotización de nuestras democracias, la gestión de los grandes paquetes de big data es de hoy de los grandes monopolios y los NSFT. Mediante el uso de una información incesante y depredadora, los nuevos señores feudales corporativos no solo pueden hacer eficientes análisis de mercadotecnia y estrategias mercantiles. Sus sofisticados estudios de investigación social superan la capacidad en muchos casos de lo que pueden llevar a cabo los organismos públicos. Por eso las grandes corporaciones devienen cada vez más poderosas e intocables. Ante tal estado de cosas, poco pueden hacer individualmente los países, tal y como han sido gobernados hasta ahora. El Trumpismo y los últimos populismos que maximizan su presencia en la redes sociales son un intento desesperado para frenar las manecillas del reloj.


Tratan patéticamente de rescatar al Estado-nación westfaliano del desván de la historia. Vana tarea en un mundo globalizado donde lo transversal condiciona irremisiblemente las opciones ‘soberanas’ de los  países.


En la compleja disyuntiva entre seguridad y libertad (como no-dominación, aseveran los últimos teóricos de la idea republicana), la primera ha prevalecido. Han pasado ocho años desde que Edward Snowden expusiese al mundo la red de vigilancia masiva a escala global auspiciada por los servicios de inteligencia anglo-norteamericanos (muy recomendable es la lectura de su libro, Vigilancia permanente). Nos encontramos más vigilados que nunca. En realidad, no hay recoveco de información de nuestras existencias biográficas que sea opaco a los ojos de lo que George Orwell ficcionó como el Gran Hermano.


El ahora exiliado en Moscú, Edward Snowden, fue el gran inductor de la convulsión del espionaje informático, la ciberseguridad y la desnaturalización de la privacidad. Recuérdese que Snowden, un técnico de una empresa subcontratada por la Agencia de Seguridad estadounidense (NSA), y con vinculaciones a la CIA, denunció en 2013 los programas norteamericanos de vigilancia y rastreo informático a escala mundial con la activa cooperación de las grandes empresas privadas de telecomunicación. Se convirtió en el gran soplón o whistleblower que alertó a la opinión pública de unas prácticas opacas para el ojo humano.


Pocos ciudadanos donde hemos sufrido --y sufriremos-- las consecuencias del terrorismo internacional cuestionarían el desarrollo de sofisticadas actividades de ciberseguridad para evitar ataques terroristas. Nuestras sociedades están en la mira de grupos de destrucción masiva y selectiva. Algo que vuelve a manifestarse tras la conquista talibán de Afganistán. Se acepta --aun implícitamente-- que los servicios de información sensible necesitan de una amplia maniobrabilidad para detectar y neutralizar potenciales actos criminales del terrorismo internacional, el cual se beneficia de la democratización informática mundial. Pero como casi todo en la existencia social de los humanos, hay otra cara de la moneda interesada, tenebrosa y potencialmente disolvente. Y que ha tomado control de nuestras vidas.


¿Se imaginan Uds. vivir hoy sin el apéndice corporal del móvil o smartphone? ¿Cuántos de los que leen este artículo pueden afirmar que no poseen uno de ellos? Quizá para los usuarios ‘talluditos’ de estos dispositivos el porcentaje no sea tan elevado como el de los jóvenes millenials compulsivos tecleadores de guasaps. A través de esos dispositivos nuestras huellas digitales pasan cabalmente a ser la vida de los otros.


Es lo que hay, se dirá… El progreso de nuestras sociedades de consumo y el modelo triunfante del capitalismo anglo-norteamericano requieren de información sin restricciones para vender más y mercantilizar integralmente la vida de las personas. En la lucha de la sociodicea de terroristas y abogados del mal se tiene que pagar con dinero contante y sonante. Y se paga con la conformación de nuestros perfiles consumistas, crecientemente determinados por los intereses de los NSFT.


Hace unos días, Frances Haugen, una exempleada de Facebook ha tirado de la manta y ha expuesto ante el Congreso estadounidense y al público en general las ‘malas prácticas’ del gran señor feudal tecnológico, Mark Zuckerberg. Casi de manera sincrónica, el lunes cuatro de octubre se produjo el apagón de Facebook y sus subsidiarias, Whatsapp e Istagram. Desde su incorporación a Facebook en 2019, y ante lo que aparecía cotidianamente ante sus ojos, Haugen decidió compilar documentos hasta que abandonó la empresa el pasado mes de mayo, desilusionada por comprobar que los algoritmos utilizados por el NSFT de Zuckerberg son artimañas para, entre otras finalidades, crear dependencia y aumentar el consumo. La multiplicación de los casos de anorexia y los suicidios son, según Haugen, una deriva muy preocupante. Todo ello, según Haugen, por dinero.


Tras la evidencia presentada en la audiencia congresional, Mark Zuckerberg afirmó que las alegaciones de Haugen de que su compañía priorizaba los beneficios por encima de la seguridad de las personas “… no eran verdad”. ¿Pueden Udes creérselo?


Chivatos y soplones como Snowden y Haugen son acreedores del reconocimiento internacional por su coraje y bonhomía en avisarnos de la verdadera naturaleza criminal del capitalismo vigilante anglo-norteamericano y su insaciable codicia por mercantilizar la vida social.


Mucho honor a los soplones y a todos aquellos que siguen sus ejemplos de integridad moral.

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