Brexit, Brin y la UE

Luis Moreno

¿Cuánto pueden cambiar las actitudes de los británicos de cara al voto en el próximo referéndum del día 23 sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea? Nadie lo sabe. Los cálculos son inciertos y hasta cabalísticos. Los márgenes de las encuestas entre quienes se inclinan por el abandono (Brexit) y por la permanencia (Brin) son tan pequeños que cabe aventurar escenarios dispares. Tanto por el ‘sí’ como por el ‘no’.


Dado el mayor peso demográfico de Inglaterra (84% del total de la población), el sentido del voto allí puede ser determinante del resultado final. En Escocia, los encuestados eurófilos alcanzan casi los dos tercios de los residentes en la antigua Caledonia. Aunque la población escocesa apenas sobrepasa el 8% del total británico, bien podría suceder que su reducido aporte hiciese inclinar la balanza hacia un resultado a favor del ‘in’ (dentro) o ‘remain’ (permanecer), frente a aquellos que prefieren el ‘exit’ (salida). En el conjunto del Reino Unido, más importante podría ser la incidencia de los votos de los jóvenes, mayoritariamente favorables al proyecto europeo común, y que suelen abstenerse en mayor medida en este tipo de consultas. En última instancia, el 10% de quienes aún no han decidido el sentido de su voto conforma el grupo más importante que condicionará el resultado final.


Para el redactor de estas líneas, doctorado en 1986 por la Universidad de Edimburgo (ciudad conocida como la ‘Atenas del Norte’), y que ha residido varios años de su vida en el país británico, la opción preferida es, sin duda, el ‘Brin’. El Reino Unido es un país europeo que debe seguir participando activamente en el proyecto de la Europa unida. No existe ninguna razón, cultural, económica, política y social que puede camuflar el carácter intrínsecamente europeo del Reino Unido. Desde que los antiguos romanos registraron en sus archivos administrativos la ocupación en el año 43 d.C. de Camulodunum (actual Colchester) como asentamiento principal romano en el sur de Inglaterra, la isla de Gran Bretaña -- pese a su Muralla de Adriano frente al septentrión escocés-- ha estado siempre ligada al devenir histórico del Viejo Continente.


Cierto es que el genio y empuje de los británicos en la historia moderna de la humanidad hicieron del Reino Unido un imperio mundial durante el reinado de Victoria (1837-1901). Ello les proveyó no sólo del estatus de primera potencia mundial, sino que alimentó la percepción de su autosuficiencia económica y la creencia en una supremacía política independiente del resto de Europa (o del Continente, como gusta denominar al remanente europeo del otro lado del Canal de la Mancha). Las cosas cambiaron sustancialmente con el relevo británico en el liderazgo mundial por parte de Estados Unidos, un país conformado en sus años de expansión por la mentalidad anglosajona WASP (‘White-Anglo-Saxon-Protestant’), y en donde también se habla inglés.


Tras la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido sufrió el declive de su poder imperial, y se avino a una descolonización comprehensiva de sus territorios repartidos por todo el globo terrestre. Pero aceptó a regañadientes el pase a una posición subordinada respecto al emergente poderío norteamericano, a menudo despreciado en los ateneos elitistas ingleses como el mero fulgor del ‘nuevo rico’. El propio Winston Churchill proclamó en su famosa conferencia de Zúrich en 1946, que el Reino Unido, con Inglaterra como punta de lanza, debía constituirse en el líder natural del grupo de países y ex colonias británicas (‘Commonwealth’) para así mantener su influencia y poder independiente en el concierto internacional. Para el ‘British Bulldog’´, como se le conocía al genial estadista, Europa debía unirse, pero el Reino Unido debería quedarse fuera y concurriría como potencia mundial independiente junto a la Europa federada, a los poderosos EEUU (‘mighty America’) y a la Rusia soviética. Hoy en día, los partidarios del Brexit siguen convencidos que el Reino Unido sigue siendo un ‘superpoder’ que no debe difuminarse como un miembro más dentro del club de la Unión Europea.


Quizá la antedicha percepción popular de ‘superpoder’ no sea desproporcionada o absurda. A pesar del declinar de su economía productiva, el Reino Unido ha sorteado sin grandes dificultades los efectos financieros de la ‘crisis interminable’ iniciada en 2007. Lejos quedan los tiempos, a mediados de los años 1960, en los que los responsables gubernamentales británicos acudieron solícitos al Fondo Monetario Internacional para pedir un préstamo de tres mil millones de libras esterlinas que sortease sus ineludibles dificultades presupuestarias. Ahora no existen mayores dificultades para financiar la deuda británica. En los últimos tiempos ha sido constante la afluencia a la City londinense de los capitales peregrinos y especuladores de sus antiguos territorios imperiales, los cuales proveen de recursos financieros sobrados para afrontar sus necesidades financieras.


Es proverbial la reputación británica por preservar sus propios intereses, así como su capacidad negociadora pragmática. Influyentes figuras públicas, como Nigel Lawson, ex ministro de economía (Chancellor of Exchequer) con Margaret Thatcher, argumentan que la City de Londres no necesita del resto de Europa y que el Reino Unido puede optimizar su posición financiera mundial sin ‘atarse’ a otros socios europeos. Cierto es que, al poseer una moneda como la libra esterlina que compite en los mercados cambiarios con el euro, el Reino Unido puede desarrollar políticas monetarias hasta cierto punto independientes del resto de sus socios europeos. Recuérdese que el gobierno Conservador-Liberal presidido por David Cameron --ahora devoto eurófilo-- se opuso en la cumbre europea de 9 de diciembre de 2011 a que se tomaran medidas comunes para superar la crisis del euro. El Premier británico manifestó entonces que estaba “… feliz de no pertenecer al euro”.


Empero, el autointerés británico puede ser contraproducente si finalmente los votantes deciden abandonar la UE. Como oportunamente ha recordado Wolfgang Schauble, ministro federal de finanzas alemán, los británicos tendrían que abandonar también el ‘mercado único’ continental. Si así fuese, ¿volverían de nuevo las barreras arancelarias y la preservación de los viejos proteccionismos estatales?; ¿no estaría ello reñido con las tradicionales proclamas liberales británicas en pos del irrestricto mercado de capitales y bienes de consumo? Corresponde a los flemáticos y pragmáticos ingleses ponderar sus intereses en juego.



Luis Moreno es Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC) y autor de “Trienio de mudanzas, 2013-15”

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