Un Día de la Constitución con demasiada tensión política

Carmen P. Flores

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Congreso de los Diputados en la jornada de puertas abiertas - ARCHIVO EP 

 

Cada 6 de diciembre se celebra en España el Día de la Constitución, una jornada que para muchos - quizás la mayoría-  es un día de ocio que, sumado al día de la Purísima, supone un puente largo, en este caso un acueducto, para aprovechar y darse algún capricho en formato de viaje.


Pero esto que parece un hecho festivo no ha caído del cielo, si no que ha sido fruto de la llegada del sistema democrático que fue ratificado en referéndum por más del 88% del electorado votando a favor de la Constitución, que significaba su compromiso con el cambio, la transición que dejó atrás  cuatro décadas de represión de la dictadura de Francisco Franco. La Constitución significó el consenso de todas las fuerzas políticas de la época. Se dio un paso muy importante a una nueva etapa donde la libertad, la pluralidad y la tolerancia fue posible gracias a la Carta Magna que se plasmó gracias a la generosidad y grandeza de las fuerzas políticas que todas cedieron en algunas de sus convicciones. La renuncia ideológica y la generosidad de todos hicieron  posible la libertad de las que todos disfrutamos, gracias a lo que algunos llaman el régimen del 1978, que unos cuantos quieren borrar. La Constitución española de 1978 ha servido de modelo a seguir para otras muchas democracias occidentales por su espíritu inclusivo y reconciliador.


Ya se sabe que nada es eterno, que las nuevas generaciones que no han vivido, por suerte, la guerra, la posguerra y la dictadura de Franco, les puede parecer que, como ellos no la han votado, hay que cambiarla, como si fuera una prenda de vestir que cuando se prueba y no quedan satisfechos, van y la cambian. 
Para esas personas jóvenes - y no tanto- que quieren cargarse la Constitución de un plumazo, por antigua, habría que recordarles que la Constitución de Estados Unidos fue aprobada en 1787, y hasta la fecha solo se han realizado 27 enmiendas. Las primeras diez de ellas fueron ratificadas simultáneamente y son conocidas como la Carta de Derechos.


Adaptar a los tiempos actuales la Carta Magna es evidente que hay que hacerlo. Ello debería ser con el consenso de todas las fuerzas políticas, aplicando la misma generosidad que los políticos del 78, cosa que no ocurrirá dado el clima político de enfrentamiento que se vive en el llamado “templo representativo del pueblo”, que es el Congreso de los Diputados. Sin el consenso de todos, se habría enterrado el espíritu democrático y tolerante del 78. Pero es que además para aprobar las modificaciones es necesario contar con la aprobación de la mayoría de tres quintos de cada una de las Cámaras. Si no hubiera acuerdo entre ambas Cámaras, sería necesario la creación de una Comisión paritaria de diputados y senadores, que serían los encargados de elaborar un texto que tendría que ser votado por el Congreso y el Senado. Si tampoco se aprobara - cosa que parecería previsible-, siempre que el texto hubiera obtenido el voto favorable de la mayoría absoluta- poco probable también- del Congreso, por mayoría de dos tercios, sería posible su aprobación. Si toda esa hipótesis fuera posible, la reforma tendría que someterse a un referéndum, dentro de los 15 días siguientes a su aprobación.


La Carta Magna debería haber puesto punto y final al debate de las dos Españas, pero no ha sido así, es más, me atrevería a decir que ha vuelto a resurgir con demasiada virulencia y palabras como rojos, fachas, comunistas o hijos de franquistas vuelven a las bocas de demasiados políticos de todas las ideológicas. Lo hacen en las tribunas, en los medios de comunicación y allí donde consideren que pueden sacar rédito, sin importarles las consecuencias. Los políticos de ahora deben hacer un esfuerzo para destensionar el momento actual. Qué mejor ocasión que este día 6 en el que se celebra la aprobación de la Constitución, para reflexionar y rectificar sobre todo lo mal que lo están haciendo y sobre el ejemplo que están dando. Decía Sócrates que “la Constitución es el alma de los Estados “, y el alma no se mata, se cuida.
 

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