Dicen que siempre hay una primera vez para todo. En algunos casos puede resultar bueno. En otros no tanto, porque anuncia un comienzo de algo doloroso. Este es el caso del primer accidente de trenes de alta velocidad sucedido este domingo en un municipio de Córdoba de nombre Adamuz, hasta ahora desconocido para la gran mayoría de la ciudadanía. A partir de este domingo nadie olvidará su nombre: la muerte de 40 personas y más de 125 heridos de diversa consideración. Aún queda conocer cuántas personas de los tres últimos vagones de uno de los trenes siniestrados, que cayó por un talud, y cuyos cuerpos aún no han podido ser rescatados. Tampoco se olvidarán del nombre del pueblo por la actitud de sus habitantes, que nada más conocer lo sucedido no se lo pensaron dos veces: cogieron mantas, comida, agua y otros enseres para ayudar a los afectados. Un trabajo que representa el sentido de solidaridad de las personas de este país, que cuando hace falta están ahí.
La sensibilidad política, traducida en colaboración cuando la necesidad está por encima de los intereses partidistas, ha estado presente en la gestión del accidente. Todas las instituciones, local, autonómica y estatal, han aunado fuerzas para realizar su trabajo, cuyo fin no es otro que atender a los heridos, a los fallecidos y a los familiares que están angustiados por ellos. Todos, de una manera coordinada, se han puesto de acuerdo y trabajan a marchas forzadas en esos tres vagones a los que hay que acceder para saber la situación de las personas que viajaban en los mismos, y se espera lo peor, aunque la esperanza es lo último que se pierde.
No hay cabida para sacar rédito político de esta desgracia
Ahora, tras atender a los que han sacado de los trenes, todo el esfuerzo debe estar dirigido a esos tres vagones, sin olvidarse de los heridos y a la espera del reconocimiento de algunos de los fallecidos. Después, los entierros, sin dejar de lado la investigación, sin especulaciones, sino con resultados documentados por parte de los expertos. Estos deben ser los objetivos, los esfuerzos de todos: instituciones, partidos políticos, compañías ferroviarias. No hay cabida para sacar rédito político de esta desgracia (aunque haya aves carroñeras en algún partido y medios de comunicación); hasta ahora se está cumpliendo. Lo que demuestra que cuando hay voluntad de ir unidos en la desgracia y todos lo aceptan, se puede conseguir. Es un ejemplo que antaño se producía con mucha facilidad y que la sociedad concienciada echaba mucho de menos. Después vendrá pedir las responsabilidades que toquen para conocer la verdad de lo sucedido y hacer justicia.
El momento en el que los trenes, no se sabe aún las causas, fueron los protagonistas de la gran tragedia vivida por las personas que viajaban tranquilamente sin imaginarse que, en un momento concreto, 19.37 horas, sus vidas iban a dar un vuelco sin tener nada que ver ni haber participado voluntariamente, sino que el destino les ha jugado una mala pasada. Muchas de esas personas, de momento 40, pero el número final será superior, habían pasado un fin de semana como ellas habían planificado; el choque, no.
A los afectados que han tenido la suerte de seguir viviendo, a las familias de los heridos que están viviendo la situación con angustia, solo les queda pensar que hay gente que, por desgracia, ha dejado su vida (niños, gente joven y menos joven) y que no podrán expresar el miedo, el sufrimiento que ha pasado, solo con la mala compañía de la muerte que les estaba acechando. A las personas que han perdido a sus seres queridos, solo les queda el recuerdo del tiempo que han compartido. El tiempo, la ayuda de profesionales mitigarán una parte de ese dolor intenso que les ha invadido desde las 19.37.
“La solidaridad es el sentimiento que mejor expresa el respeto a la dignidad humana”, decía Franz Kafka.
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