Trump, lo mismo que Putin; comparten una idéntica visión imperialista

Carmen P. Flores

Donald Trump y Vladimir Putin
Donald Trump y Vladimir Putin

Ya se sabe que casi nada es para siempre. Que la vida, los acuerdos, los pactos son cíclicos. Especialmente aquellos en los que los intereses de unos pocos (incluso de una persona) se interponen al bien común. Siempre hay ejemplos para demostrar la práctica (la teoría es otra cosa) y ahora, en un solo año, el presidente de los EEUU, Donald Trump, quiere poner al mundo en un callejón sin salida de difícil solución. Especialmente porque cuando su diálogo consiste en la imposición, el golpe en la mesa Oval y el imperialismo más casposo son las premisas del niño malcriado.

 

Con todo lo que está lloviendo en el panorama generado por Trump, con ese afán expansionista por la fuerza y contra la voluntad de los agredidos, en lo que respecta a Europa, la pregunta que se hacen los países de la Unión Europea es: ¿es EEUU adversario de Europa? Creo que el adversario no es el país, sino su presidente, Trump, que, aunque elegido en unas elecciones, se ha vuelto un autoritario.

 

Hace ya 80 años que la relación transatlántica ha reestructurado la política exterior y la mayoría de los países europeos han dejado que se establezca una relación de dependencia con respecto a EEUU para su seguridad. Ahora, pasadas esas ocho décadas, parece que tiene serias grietas que evidencian una ruptura si alguien no lo remedia antes. La relación transatlántica creó una arquitectura de colaboración entre los países europeos y los Estados Unidos para establecer un orden internacional liberal. El interés en defender y mantener este orden hasta ahora ha dado lugar a una estrecha alianza a nivel político, económico, militar y estratégico. Esta relación transatlántica es una arteria principal de la economía mundial. La UE y los EEUU representan en conjunto casi el 30% del comercio mundial de bienes y servicios y el 43% del producto interior bruto. Todo esto no le interesa al imperialista Trump. Es más, está ninguneando constantemente a la UE, como el que se siente el dueño absoluto.

 

Todo esto está ocurriendo porque Trump, lo mismo que Putin, comparten la misma visión imperialista: consideran que su seguridad debe basarse en relaciones de dominación y, para ello, la construcción europea es un obstáculo para esta ambición desmedida, ya que puede impedirles establecer su dominio, país por país. Lo que está meridianamente claro es que Europa ha de hacerse valer: ha de romper sus vínculos de dependencia con Estados Unidos, en particular en lo que hace referencia a su seguridad y sus infraestructuras esenciales. Europa debe prepararse desde ya para una agravación del conflicto con Estados Unidos, en particular en lo que respecta a la política de sanciones contra Rusia, donde corre el riesgo de una colisión frontal con Washington.

La muestra aparecía no hace tantas fechas, cuando la UE acordó conceder un préstamo de 105.000 millones, después de que los líderes del bloque no lograron el consenso sobre destinar los activos rusos congelados y dárselos a Ucrania para costear los gastos de la guerra. Trump se opuso a dar esos fondos a Ucrania. Defendía a su “amigo” Putin, que está en el juego sucio, aunque jueguen al despiste públicamente.

 

Trump es un problema para Europa (para el mundo, evidentemente, también), pero no Estados Unidos. Ha obtenido menos del 50% de los votos y el atlantismo sigue siendo fuerte entre muchos republicanos, así como entre los demócratas, que podrían recuperar la Cámara de Representantes este otoño, en las elecciones intermedias. Nadie duda de que estos años serán complicados, pero son muchos los votantes de Trump que están dispuestos a votar a los demócratas, que volverán, y no se puede olvidar que buena parte de la sociedad civil estadounidense es proeuropea.

Pensando en lo que pueda suceder con Trump, que está metido en 20 batallas “bélicas”, cuando en su campaña prometió todo lo contrario, Europa tendrá que garantizar su propia seguridad y defender sus valores e intereses. Se necesita ya una Europa más fuerte, independiente y cohesionada: la Europa como potencia, sin tutelaje.

 

Con la posible invasión del ejército de Trump a Groenlandia (con permiso de buena parte de los republicanos que no están de acuerdo, más los demócratas que tampoco), varios países ya han enviado soldados allí. Falta saber lo que hará la OTAN, especialmente su secretario general, Mark Rutte, una persona que no estará dispuesta a enfrentarse a Trump, al que le hace la rosca cada vez que está con él.

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