La decisión de Trump demuestra que quiere perpetuar la corrupción, la opresión y, por supuesto, acabar con la libertad y la democracia.
Donald Trump, el emperador del mundo, lo que mejor maneja es el espectáculo. La televisión, el medio que utiliza el presidente de EE. UU. para mostrar sus acciones, cuyo mensaje no es otro que el de amenazar al mundo de lo que es capaz de hacer a cualquier país si no se somete a sus caprichos, que no son otros que el poder y el dinero. Eso lo estamos viendo en este año que lleva gobernando (segundo mandato) y en el que se ha comprobado —no teníamos dudas— lo tirano, prepotente y chulo que es.
El golpe de Estado en Venezuela, el secuestro del presidente Maduro, la exhibición televisiva —como si de un espectáculo se tratara— del expresidente venezolano desde su secuestro hasta la llegada a la Corte Suprema para ser interrogado por un juez de 91 años, es el claro ejemplo de su política televisiva.
Maduro, sin lugar a dudas, es un dictador; casi nadie lo pone en duda (la gente de Podemos lo defiende). Ahora bien, Trump ha actuado unilateralmente, pasándose por la entrepierna los requisitos constitucionales del derecho estadounidense. No hubo consulta al Congreso.
Sencillamente decidió que tenía que atacar a un país soberano y lo hizo. El presidente Trump atacó a Venezuela sin causa justa reconocida por el derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas, de la que pasa olímpicamente.
Derrocar a un dictador puede ser un objetivo plausible ; lo que viene después, es decir, cómo se va a gobernar el país, es muy importante. Para ello es fundamental contar con la oposición elegida democráticamente. Darle la espalda es extremadamente preocupante, máxime si se tiene en cuenta que Maduro se mantuvo en el poder desafiando a la democracia.
En las elecciones de 2024, según los observadores electorales, Maduro perdió su candidatura a un tercer mandato por unos 30 puntos. Su oponente, Edmundo González, consiguió más del 65 % de los votos y Maduro apenas pasó del 30 %. Sin embargo, las trampas del régimen dieron la victoria a Maduro. Un pucherazo de los que ha hecho historia.
Pese a ello, al presidente Trump le viene bien no reconocer a Edmundo González, sino pactar con el resto de corruptos del Gobierno, encabezado por Delcy Rodríguez, quien se ha puesto a disposición del Gobierno estadounidense para negociar el petróleo para empresas norteamericanas. Esa decisión lo que demuestra es que erl presidente norteamericano quiere perpetuar la corrupción, la opresión y, por supuesto, acabar con la poca libertad y la democracia.
Si analizamos una buena parte de su discurso( en la rueda de prensa) la palabra democracia no fue utilizada por Trump. En cambio, petróleo sí que la empleó en más de 26 ocasiones. El historiador Niall Ferguson escribía un artículo en el que argumentaba que el ataque de Trump a Venezuela fue parte de un todo mucho mayor: la restauración de la política y la diplomacia de 1900, los años previos a la catástrofe de la Primera Guerra Mundial.
La acción de Trump en Venezuela significa que acaba de enviar un mensaje contundente. Él tiene claro que hay un resurgimiento de los imperios (Rusia, China). El inquilino de la Casa Blanca ha dado un primer gran golpe de Estado de su administración. Es el festín del imperio, donde EE. UU. aspira a llevarse la mayor parte. Ahora Trump lo que ha hecho es cambiar la “Pax Americana”, que significó la era de una potencia mundial que se consideraba el protector del mundo libre y de Occidente, así como el garante del orden mundial y del derecho internacional —que ahora pisotea—, por los cimientos de la “Pax Trumpicana”.
Trump quiere hacerse con el control de Latinoamérica, convertir esos países en colonias que dependan directamente de EE. UU., que la sumisión total sea una realidad. Tampoco hay que perder de vista lo que quiere hacer con Europa, a la que lleva tiempo descalificando.
En estos momentos, el golpe de Estado del gobierno de Trump a Venezuela ha sentado un mal precedente que naciones como Rusia, China e Irán estarán decididas a llevar a cabo en su propia esfera de influencia. ¿Quién les parará los pies si Trump ha hecho lo mismo? No hay que olvidar que la Rusia de Putin, la China de Jinping y el Irán de los ayatolás no tienen el más mínimo escrúpulo en iniciar una guerra. Es un mal ejemplo lo ocurrido.
Cuando los gobernantes no respetan ni sus leyes ni las generales, solo puede llevar a una situación nada deseable para la gente: el finiquito de la democracia. Cuidado, atentos
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