Ourensano nacido en Vilagarcía (1978). Coordinador de Galiciapress desde 2018. Licenciado en Periodismo por la USC (2000) , Diploma de Estudios Avanzados en Comercio Electrónico por la UDC (2002) y Máster en Publicación Electrónica por la City University London (2004). Ex-miembro de las directivas del Colexio Profesional de Xornalistas de Galicia y del Sindicato de Xornalistas de Galicia.
Abandonar, o dejar marcharse, a las personas que en algún momento nos aportaron felicidad, pero cuya compañía hoy nos resulta insípida, pesada o perjudicial es una de las lecciones más difíciles de aprender en la vida.
Es difícil porque revisitar esas caras, que es lo que pasa a menudo en Navidades, es la forma más eficaz de revivir nuestro pasado. De este modo, nos sentimos menos vulnerables, menos a merced del destino. Además, volver al pasado, cumplir con las tradiciones, proporciona cierto andamiaje a nuestras vidas. En definitiva, volver al pasado por Navidad nos consuela.
Celebraciones como Nochevieja, Año Nuevo o Reyes son como las señales de la autopista; nos permiten orientarnos, nos confieren una ilusión de seguridad al poder determinar de donde venimos, donde estamos y, más o menos, a dónde nos dirigimos.
Espóiler: esa seguridad en realidad no existe; alcanzar o no la siguiente salida, depende tanto de nosotros mismos como de las copas que se haya tomado el conductor que ahora mismo, apurado, nos adelanta por la derecha.
En Occidente, la sociedad nos empuja en Navidad a reencontrarnos con personas de nuestro pasado. A algunas de ellas las elegimos hasta cierto punto: antiguos amigos, viejos compañeros de trabajo o estudios, etc. A otras no las elegimos en absoluto, nos las adjudican nuestros genes o los de nuestra pareja.
Podemos ignorarlos durante once meses, pero llega Navidad y parece que a todos debemos mandarle un mensaje de paz en Nochebuena, un meme gracioso en Año Nuevo. Sobrecomunicación puede ser un buen término; postureo, otro.
Luchar contra la caducidad de las relaciones humanas es condenarse a una derrota casi segura. Agarrarse a personas o sensaciones del pasado es exponerse, en el mejor de los casos, a la melancolía; en el peor, al dolor
Respecto a nuestras familias extensas -y en algún caso también a la nucleares-, si nos hicieran sentir tan bien, si cocinar durante horas para ellos fuera tan estupendo, si las sobremesas eternas en su compañía nos gustasen tanto; podríamos repetir esas reuniones muchas veces a lo largo del año. Alguna razón habrá para que no lo hagamos.
Respecto al otro grupo de personas, esas que, en menor o menor grado, elegimos en algún momento tener cerca pero que ahora no forman parte de nuestro horizonte diario, un poco lo mismo. A menudo no son parte de nuestro presente no por imposibilidad, sino porque nos dan pereza o porque dejaron heridas de tal calibre que el buenismo impostado propio de estas fechas no cura, solo abre.
Luchar contra la caducidad de las relaciones humanas es condenarse a una derrota casi segura. Agarrarse a personas o sensaciones del pasado es exponerse, en el mejor de los casos, a la melancolía; en el peor, al dolor que nos empujó en su día a separarnos de ellas, o a que nos abandonaran.
Para la mayoría de los mortales (un saludo a la comunidad educativa), las celebraciones navideñas terminan hoy por fin, tras 12 días. Pasemos página. Reconozcamos nuestra derrota. Lo hemos intentado, pero hemos sido incapaces otra vez de romper con los usos y costumbres de nuestra hipócrita tradición cristiana.
Cumplidas lo mejor que pudimos esas obligaciones sociales, disfrutemos ahora de las personas que hemos escogido libremente -y que nos han escogido a nosotros- para vivir el presente, o que ese presente ha colocado a nuestro lado.
Tómense un minuto en esta jornada de vuelta a la rutina, miren a su lado y disfruten de las personas que tienen cerca hoy. La próxima Navidad puede que no estén y si todavía están, habrán cambiado, ustedes y ellas. Lo cual, por cierto, no tiene porqué ser malo.
P.D. Sobre la 'ilusión' infantil en esas fiestas, sobre todo por los Reyes Magos, al corto de Alberto González me remito:
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