La Unión Europea y la guerra en Irán

Manoel Barbeitos
Economista

Donald Trump en la Casa Blanca durante los ataques a Irán
Donald Trump en la Casa Blanca durante los ataques a Irán

La guerra en Irán —en realidad un crimen de guerra por parte de los Estados Unidos (Donald Trump) e Israel (Benjamín Netanyahu) que una vez más se saltan el derecho internacional— está suponiendo un nuevo escalón en el creciente desprestigio político y moral de la Unión Europea. Su incapacidad para ofrecer a los pueblos de Europa y del mundo una alternativa diferente a la que propugnan los tres imperios (Estados Unidos, China, Rusia), que pretenden repartirse el mundo, alimenta ese desprestigio y esa pérdida de protagonismo en el escenario internacional. Una alternativa que, en línea con sus principios fundacionales, defienda la paz entre los pueblos, rechace las guerras imperialistas (como la de Irán y Ucrania, por ejemplo) y todas las guerras, y levante las banderas de la paz, la libertad, la igualdad, la solidaridad y el derecho internacional. Una alternativa que, por ejemplo, diga a los países del Sur Global que “otro mundo es posible”.

 

Un desprestigio y una pérdida de presencia en el escenario internacional que no es de ahora, sino que se viene arrastrando prácticamente desde la crisis financiera (2007-2008), cuando los intereses de los bancos y los fondos de inversión se antepusieron a los intereses ciudadanos. Cuando las autoridades comunitarias, siguiendo el guion marcado por los bancos alemanes y franceses, castigaron con enorme dureza y saña a Grecia y a los estados del Mediterráneo, despectivamente llamados PIGS. Unas autoridades que provocaron que, desde esos años, las economías europeas no fuesen capaces de levantar cabeza, entrasen en un ciclo largo de bajo crecimiento y se acentuasen las divergencias internas y también unas diferencias políticas que amenazan la unión.

 

Diferencias que ya se plasmaron en la guerra de Ucrania, donde las autoridades europeas, lejos de buscar un acuerdo de paz que frene el enorme sufrimiento que está padeciendo la población ucraniana —quien, según todas las evidencias, lo que más desea es que la guerra termine cuanto antes y como sea—, tienen ahora su plasmación en la invasión militar de Irán. Allí, la sumisión a los Estados Unidos de Donald Trump parece primar por encima tanto de los auténticos intereses europeos como de principios democráticos tales como la defensa del derecho internacional. Una sumisión tal que roza el esperpento, como pudimos ver en el lamentable encuentro ocurrido en la Casa Blanca entre el canciller alemán, Friedrich Merz, y el presidente estadounidense, Donald Trump, cuando aquel no fue capaz de defender a sus socios (España, Francia, Alemania) de los ataques tabernarios de este. Una penosa imagen que quedará para la historia.

 

Resulta evidente que muchas autoridades europeas, nacionales y comunitarias, no parecen capaces de extraer las pertinentes lecciones de la historia; por ejemplo, de lo sucedido en Europa en el siglo XX con las dos guerras mundiales, las más destructivas de la historia de la humanidad (100 millones de muertos entre ambas). Lo mismo ocurre con la brutal guerra civil en Yugoslavia (100.000 muertos), por no acudir a la historia más antigua para recordar las dos guerras europeas más largas: la de los Cien Años (siglos XIV-XV) y la de los Treinta Años (primera mitad del siglo XVII). Guerras que nos enseñaron la crueldad y la sinrazón de las mismas.

 

Unas autoridades europeas que tampoco parecen ser capaces de entender que el derecho internacional se tiene que aplicar a todos; por ejemplo, a Irán, pero también a los Estados Unidos y a Israel (que no deja de incumplirlo repetidamente, como estamos viendo con Palestina). Que su obligación es denunciar a todos aquellos países que lo violan. Por cierto, señor Feijóo, los derechos humanos no están por encima del derecho internacional por una razón muy simple: el derecho internacional es el derecho internacional público, el derecho internacional humanitario y el derecho internacional de los derechos humanos.

 

Que la mayoría de los gobernantes de la Unión Europea, con la loable excepción de Pedro Sánchez, no sean capaces de denunciar los bombardeos de Israel y los Estados Unidos sobre la población iraní hace que aquella pierda credibilidad y dignidad... si es que las tenía. Pierde también autoridad moral para denunciar cualquier otro ataque militar a un país soberano como, por ejemplo, el actual de Rusia a Ucrania o uno posible futuro de China a Taiwán.

 

¿Cómo se puede condenar, por ejemplo, el irrespeto a los derechos humanos por parte del gobierno de Irán —que debe ser condenado— si al mismo tiempo no se hace con los bombardeos que está sufriendo por parte de los ejércitos sionista y estadounidense? Cuando, además, se sabe a ciencia cierta que no es la defensa de los derechos humanos, sino otras razones las que mueven estos ataques (quedarse con el gas y el petróleo de Irán, quitarle un aliado a China y conseguir la hegemonía israelí en Oriente Medio). Por otra parte, ¿qué pasaría si todos aquellos países que no respetan los derechos humanos —150 según Amnistía Internacional— fuesen bombardeados? ¿Cómo estaría el mundo si cada país decidiera por su cuenta bombardear a otro cuando quisiera?

 

La verdad es que resulta difícil pedir a los dirigentes de la Unión Europea que respeten las reglas y defiendan el derecho internacional cuando llevan décadas sin hacerlo o haciéndolo de manera discriminatoria.

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