Vivimos tiempos en los que los delirios, el frenesí y las incertidumbres invaden la política, la justicia, la economía, las finanzas y las comunicaciones, amenazando con derribarlo todo.
Delirios de un presidente del país militarmente más poderoso de la tierra que, en la búsqueda de recuperar un dominio imperial perdido y también de seguir acumulando riqueza personal y familiar, no tiene reparos en romper los marcos del orden internacional por el que se ha regido el mundo en las últimas siete décadas; en secuestrar presidentes legítimos de países independientes; en bombardear países soberanos provocando miles y miles de víctimas —entre las que abundan los niños y niñas—; en amenazar países con invadirlos; en insultar a gobernantes demócratas e, incluso, en poner en riesgo la democracia más vieja del mundo, como es la de su propio país.
Frenesí de unas finanzas que, a caballo de las posibilidades que le ofrecen las grandes tecnológicas y la inteligencia artificial, se lanzan a enormes operaciones especulativas —credit capital— con riesgos crecientes, ya que están hinchando grandes burbujas cuya inevitable explosión causará otra crisis financiera que nos conducirá a una nueva recesión económica que, ahora, será superior y con efectos más desastrosos que la de 2007-2008.
Delirios de unas redes y unas grandes tecnológicas de la información que, conscientes de su enorme poder de influencia en la política, en la economía, en la información y en la ciudadanía, amenazan los sistemas democráticos por considerar que estos frenan la expansión de sus negocios y ganancias. Unos negocios basados en la toma de decisiones múltiples y de gran alcance e impacto a un ritmo ultrarrápido —nanosegundo—. Un sistema de funcionamiento que choca con los sistemas democráticos, a los que acusan de ser muy lentos en la toma de decisiones. Una desincronía entre la política y la economía que consideran que perjudica sus intereses mercantiles y de negocio.
Frenesí del jefe de gobierno de un pequeño país, pero muy poderoso militar y financieramente, que, a caballo de una ideología totalitaria —el sionismo—, comete auténticos genocidios en su región —con miles de niños asesinados— con los que busca tanto terminar con la existencia de un pueblo milenario —una auténtica limpieza étnica— como ampliar los límites geográficos de su país. Una ofensiva militar que coloca una región estratégica pero frágil en una situación de enorme inestabilidad con posibles impactos a nivel mundial.
Delirios de unos jueces que, colocados en relevantes puestos del poder judicial nacional y creyéndose dioses intocables, ignoran la voluntad popular y, saltándose las reglas de la democracia, se embarcan en una amplia operación de acoso a dirigentes de las izquierdas y de acoso y derribo de un gobierno legítimo. Operaciones en las que obvian la presunción de inocencia, dictan sentencias injustas, utilizan bulos y mentiras, llegando incluso a no respetar ni las leyes ni la Constitución. Operaciones que, en múltiples casos, benefician a delincuentes y a políticos corruptos.
Frenesí del jefe de la oposición de un país europeo que se había presentado como liberal y moderado pero que, incapaz de actuar como un estadista por culpa de su enorme mediocridad política e intelectual, apoyado por sus auxiliares y asesores, decide embarcarse en una oposición destructiva e inmisericorde al gobierno de turno que, además de destruir su anterior imagen, está favoreciendo muy especialmente al rival en la derecha, que es quien logra recoger los frutos de esa estrategia. Estrategia que lo obliga a negociar con esa extrema derecha los repartos de poder derivados de los resultados de las elecciones, dando así una imagen de debilidad ideológica e inconsistencia política.
Delirios de unas izquierdas que se autodenominan nuevas, que ni son nuevas —son más viejas que la III Internacional— ni parecen ser muy de izquierdas, pero cuyo infantilismo y sectarismo las lleva de derrota en derrota, dejando por el camino multitud de cadáveres y auténticos desastres políticos. Desastres que pueden llegar a tumbar gobiernos progresistas y facilitar el ascenso de las derechas extremas.
Delirios y frenesíes varios que nos colocan en situaciones donde la incertidumbre sobre el futuro a corto y medio plazo es lo más destacable.
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