Por qué considero justa y necesaria la solidaridad con el pueblo cubano

Manoel Barbeitos
Economista

"Creo que tendré el honor de tomar Cuba...
y hacer lo que quiera" (Donald Trump)

 

Cuba está siendo noticia tanto por los problemas estructurales que esconde —derivados de un modelo político y económico obsoleto— como por las amenazas imperialistas de Donald Trump. En relación con los primeros, poco hay que añadir a lo que ya se sabe: en Cuba la escasez es la norma y afecta a los alimentos, los medicamentos, la energía, los suministros básicos, los materiales de construcción... Escasez que, en gran parte, se debe al criminal bloqueo al que Estados Unidos está sometiendo a la isla caribeña y que ya dura seis décadas. Un bloqueo que va contra el derecho internacional y la soberanía de un país, sin que, por su parte, consiga el objetivo de derribar el régimen castrista.

 

Como argumentos justificativos de este acto criminal, la administración Trump utiliza, tal y como acostumbra, hipótesis falsas y multitud de mentiras, como por ejemplo que Cuba amenaza la seguridad de Estados Unidos y pone en serio peligro la democracia en Latinoamérica. En relación con esto último, basta con echar un vistazo a los regímenes que actualmente gobiernan en la práctica totalidad de los estados centroamericanos y en muchos de Sudamérica para darnos cuenta de que en ellos gobiernan dictaduras cuando no regímenes autoritarios, como sucede, por ejemplo, con El Salvador, Honduras, Guatemala, Nicaragua, Haití, Chile, Perú, Paraguay y Argentina. Gobiernos con claros déficits democráticos pero que, con la excepción de Nicaragua, cuentan con el apoyo legitimador de Estados Unidos.

 

El otro argumento es la seguridad en Estados Unidos, que el régimen cubano estaría poniendo en riesgo. ¿De verdad alguien cree que Cuba amenaza la seguridad de Estados Unidos? Más bien parecería, por lo que estamos sabiendo, que el mayor peligro para la democracia, la libertad, el progreso y la seguridad en Estados Unidos se encuentra en su interior: en una administración liderada por un neofascista que, contando con el apoyo de una oligarquía, está llevando adelante una serie de medidas que tanto atentan contra la libertad y los derechos humanos como tratan de frenar el ejercicio de la democracia —considérense, por ejemplo, los intentos de Donald Trump por impedir que la población inmigrante, pero residente en Estados Unidos desde hace años, pueda votar en las próximas elecciones al Congreso y al Senado para así impedir una posible victoria del Partido Demócrata—. El instituto V-Dem de Suecia —una de las fuentes más solventes a la hora de calificar el estado de los gobiernos del mundo— ya no considera a Estados Unidos una democracia liberal y lo sitúa al nivel de los de Hungría o Turquía, por obra y gracia de su presidente Donald Trump, que es quien realmente amenaza la democracia y la seguridad en Estados Unidos y en Latinoamérica.

 

En relación con la situación interior en la isla caribeña, no se puede negar que Cuba esconde grandes déficits democráticos desde hace ya varias décadas. Déficits democráticos que, a pesar de ello, no son equiparables a las terribles dictaduras que padeció Latinoamérica durante décadas y que amenazan de nuevo, si tenemos en cuenta el dudoso pedigrí democrático de los líderes políticos latinoamericanos que apoya Donald Trump —Javier Milei, Nayib Bukele, Nasry Asfura, Santiago Peña, Luis Abinader, José Antonio Kast, Jair Bolsonaro—. Déficits democráticos que durante décadas los dirigentes castristas lograron amortiguar sobre la base de un estado de bienestar pionero en Latinoamérica y muy superior, por ejemplo, al de Estados Unidos. Un estado de bienestar que ahora está en crisis, lo que hace que los déficits democráticos y la falta de libertades se vuelvan más evidentes.

 

En este marco de crisis sistémica, la agresión imperialista de Estados Unidos no es aceptable porque, como señalaba, no busca la democracia y la libertad en Cuba, atenta contra el derecho internacional y no respeta la soberanía de un país. Por otro lado, no resulta difícil hacerse una idea de lo que podría suponer para los ciudadanos cubanos que triunfen las intenciones expresas de la administración Trump: Cuba volvería a un sistema político parecido al que tenía cuando gobernaba Fulgencio Batista, cuando la isla era «Las Vegas de Latinoamérica» y los ricos —una minoría— y los pobres —la mayoría— «vivían en mundos separados».

 

He ahí por qué considero justa y necesaria la solidaridad con el pueblo cubano: para evitar que retroceda aún más y, también, para que no haya un posible baño de sangre si finalmente Estados Unidos intenta trasladar a Cuba la «experiencia venezolana». El pueblo cubano, como todos los pueblos del mundo, tiene derecho a ser el auténtico protagonista de su destino.

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