Ourensano nacido en Vilagarcía (1978). Coordinador de Galiciapress desde 2018. Licenciado en Periodismo por la USC (2000) , Diploma de Estudios Avanzados en Comercio Electrónico por la UDC (2002) y Máster en Publicación Electrónica por la City University London (2004). Ex-miembro de las directivas del Colexio Profesional de Xornalistas de Galicia y del Sindicato de Xornalistas de Galicia.
Toda saga tiene sus mitos fundacionales.
Este es uno de los de mi familia, con el que vengo cismando al hilo del 1 de mayo.
El cuento va de que mi abuelo Urbano tuvo que marchar servir la otra aldea cuando tenía siete años.
Poco después, su amo lo envió con el rebaño al monte. El niño cumplió sin dificultad; estaba acostumbrado. Todo fue bien hasta el atardecer.
Urbano conocía su pequeño universo que tenía por centro A Madanela, no la aldea vecina. Con el cambio, los puntos de referencia del único mundo que había visto - o Outeiro do Forte, a Serra de Larouco, etc. - desparecieron y de repente vio que no sabía volver a la casa del amo.
Así que hizo el que haría cualquier pastor: guiar las ovejas hasta el camino y confiar en que ellas encontrarían el camino de vuelta a la cuadra por instinto.
Las ovejas tiraron de instinto, sí, pero para sorpresa del pastor, arribaron ya de noche a una aldea desconocida. Por suerte, algún vecino reconoció los balidosde las ovejas —se habían criado hasta que las vendieran hace poco— y, después de interrogar al asustado zagal, lo acogieron aquella noche. Por la mañana lo devolvieron a su amo, que ya pensaba que le habían robado criado y rebaño.
Cuando me contaron por vez primera esta historia yo tendría la misma edad que mi abuelo cuando sucedió , unos siete años.
Que mi abuelo trabajara desde la infancia no me extrañó, sí lo hizo la palabra "amo"
Recuerdo que la idea de que mi abuelo trabajara desde la infancia no me llamó la atención. Lo que me extrañó fue la palabra "amo".
Servir, trabajar o ganarse la vida... yo ya sabía lo que significaba eso. Los adultos no viejo de mi familia fregaban escaleras, trabajaban en los altos hornos y allí, es cierto, decían que había jefes y patronos; pero no amos, o por lo menos yo nunca había escuchado tal cosa.
Me llevó años entender que los amos aún existen y no son ni una cábala internacional ni, lo más importante, tampoco es el fulano que escribe estas líneas.
Mi abuelo creció sabiendo exactamente qué esperar de la vida: trabajar en las fincas como una bestia -en las sierras de la Raia Seca o en la siega en Castilla- para tratar de crear una familia en la que no se le habían muerto de hambre todos los hijos. Lo logró y fue feliz haciéndolo.
De niño nadie le preguntó que quería ser de mayor. Y mucho menos nadie le contó la mentira que nos contaron a nosotros, y que no deberíamos repetirles a nuestros hijos: que con esfuerzo podemos convertirnos en lo que queramos.
En La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han revela como nos metieron tanto en la cabeza que, si nos esforzamos, podemos lograr todo lo que queramos que ya nadie nos coacciona para trabajar a destajo. El filósofo viene a decir que ya no hay amos que nos dejen sin desayuno si el lobo nos lleva una oveja, ya nosotros mismos nos imponemos nuestros propios deberes y castigos.
No hay límites para nuestro crecimiento, nos repiten los ultraliberales. Por lo tanto, cuando no estamos trabajando, deberíamos estar haciendo algo constructivo: formarnos, iniciar nuestro propio negocio, entrenar, tejer redes, etc.
Cada nuevo amigo ganado y cada kilo perdido debe publicar en nuestras redes
Además, cada compra, cada nuevo amigo ganado y cada kilo perdido debe publicarse en nuestras redes sociales para construir nuestra "marca personal".
¿Cuál es el resultado de este sistema? Cada uno cuenta la feria como le va en ella.
Para muchas personas es un fiasco. Nadie está preparado para soportar la presión del avance y exposición continúas. La pandemia de ansiedad, depresión y adicciones que devora nuestras comunidades se explica en gran medida por esta ‘autoexplotación’, denuncia Han.
No obstante, a nivel económico, es un éxito extraordinario (por lo menos si entendemos la economía en términos tradicionales).
De hecho, llevo un tiempo pensando; quizás esa sea la clave de todo.
El individuo autoexplotado descrito por Byung no trabaja 14 o 8 horas como el proletariado; produce o consume constantemente. Incluso cuando está ocioso, por ejemplo leyendo esta divagación, produce, porque el consumo genera datos para alimentar los nuevos medios de producción: la Inteligencia Artificial.
En definitiva, la idea de autoexplotación que elevó a Byung al estatus del gran filósofo de la modernidad digital bebe, y debe, mucho al materialismo histórico de Karl Marx y Friedrich Engels.
A saber, la esclavitud no fue sustituida por el feudalismo porque los emperadores descubriesen de pronto que una virgen había parido a dios. La esclavitud fue languidecendo porque económicamente es más ineficiente.
Mi abuelo sirviendo era más productivo que un esclavo castreño trabajando en las minas romanas. Mi tío era más productivo trabajando 10 horas en Ensidesa que mi abuelo en el monte. Yo soy más productivo que mi tío se estoy conectado todo el tiempo y, al llegar la casa, me siento a escribir este artículo fuera de mi horario laboral.
Así que va siendo hora de terminarlo, con una crítica al señor Han, los amos -o en general lo que usted llama coerción negativa- no desaparecieron, ni mucho menos; aunque tiene usted mucha razón en eso de que están mutando y nos autoexplotamos.
Aprovechemos pues este 1 de mayo para asumir nuestros límites y ser algo más indulgentes con la versión del amo que tenemos más cerca.
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