Ayer, en el Estadio de Gran Canaria, que acogió la final de la Copa de la Reina entre el FC Barcelona y el Atlético de Madrid, el trofeo lució su denominación oficial, pero la titular de ese nombre no estuvo. De nuevo. No es la primera vez, ni será la última si no se corrige un patrón que, más allá de las agendas reales, envía un mensaje incómodo: el fútbol femenino sigue siendo tratado como un evento secundario, incluso cuando lleva el nombre de la Reina.
La Copa de S. M. la Reina no es un trofeo cualquiera. Desde que la competición adoptó esta denominación, su nombre carga un peso institucional y simbólico innegable. En el deporte, los patrocinios y las denominaciones reales no son meros adornos; son compromisos públicos. Cuando una institución pone su nombre en una competición, asume implícitamente la responsabilidad de acompañarla, sobre todo en su cita más trascendente: la final. La ausencia reiterada de la reina Letizia rompe ese pacto simbólico y transforma el nombre en un gesto vacío, casi decorativo. Y eso, a pesar de que las jugadoras han demostrado sobradamente que su fútbol no desmerece en nada al de sus colegas masculinos. Lo acreditan las más de 26.000 personas que llenaron las gradas del estadio.
Los registros públicos y las crónicas deportivas muestran un historial intermitente desde 2014. En más de la mitad de las ediciones disputadas durante su reinado, la titular del nombre ha brillado por su ausencia, ya sea por compromisos de Estado, desplazamientos internacionales o decisiones de agenda. Si bien es comprensible que la Corona tenga múltiples obligaciones, la repetición del patrón plantea una pregunta incómoda: ¿es compatible mantener el nombre en una competición a la que no se asiste de forma sistemática? El fútbol femenino no pide favores; exige coherencia. Esa coherencia que sí muestra el rey Felipe VI, quien acude puntualmente a cada final de la Copa del Rey masculina. Nunca falta. Está ahí para apoyar a los equipos y para refrendar, con su presencia, el respaldo de la Corona al trofeo que lleva su nombre.
El impacto de esta ausencia va más allá de lo protocolario. En un momento histórico de profesionalización, visibilidad y crecimiento estructural del fútbol femenino en España, la presencia institucional actúa como termómetro de prioridad. Cuando otras reinas y jefas de Estado acuden a finales de competiciones femeninas en Europa, o cuando la propia Familia Real ha estado presente en hitos del deporte masculino, la ecuación se desbalancea. No se trata de comparar, sino de señalar que la visibilidad importa, y su ausencia, cuando el nombre está en juego, se lee como indiferencia. ¿No podían ir ni la princesa, ni la infanta?
Algunos argumentarán que la agenda real es compleja y que la presencia no debería ser obligatoria. De acuerdo. Pero entonces la solución es sencilla y coherente: si la asistencia no puede ser constante o prioritaria, la Copa debe cambiar de nombre. No hay deslealtad en ajustar la denominación a la realidad de la presencia institucional. Al contrario, sería un acto de honestidad que devolvería al trofeo su identidad propia, sin depender de un vínculo simbólico que, en la práctica, no se sostiene.
El fútbol femenino español no necesita condescendencia; necesita respeto institucional y hechos concretos. Un trofeo que lleva un nombre real debe ir acompañado de la presencia que ese nombre implica, o bien dejar de usarlo. Mientras tanto, cada final sin la titular del nombre refuerza la sensación de que lo femenino sigue siendo un apéndice, incluso cuando llena estadios, gana Champions y escribe historia.
La Corona tiene un poder simbólico. Úselo con coherencia, o devuelva el nombre a quien pueda llevarlo con presencia real. De lo contrario, la Copa de la Reina seguirá siendo, irónicamente, un trofeo sin reina.
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