​Madrugar también es machista

Rodrigo Brión Insua

Odio madrugar. Como a la mayoría las sábanas se me pegan hasta el punto de que es imposible discernir dónde empieza el hombre y acaba la franela. Irónicamente, me encanta todo lo que rodea al concepto ‘madrugón’, salvo el momento de abandonar mi cama. Lo que más me gusta de los madrugones es poder pasear por las calles desiertas. Las ciudades antes del amanecer son muy distintas, sin el bullicio de los comercios, el ir y venir de trabajadores, paseantes y turistas ni el infernal pitido de los cláxones atrapados en algún que otro atasco. En Santiago, antes de que salga el sol, pasear por la Rúa do Franco resulta toda una experiencia. Mientras algunos propietarios suben perezosamente la verja de sus establecimientos, un puñado de personas deambulan entre las sombras de los faroles por la pedregosa arteria compostelana, cruzándose indiscriminadamente aquellos que han alargado la noche para comprar el pan y tomarse la penúltima con los que marchan a trabajar vestidos de punta en blanco. Yo lo hago alegre y seguro. Porque soy un hombre.


Y esto no lo digo para reafirmar mi masculinidad. Lo digo más bien como lamento. El lamento de pensar que mi hermana, mi mejor amiga, mi pareja, mi compañera de trabajo o cualquier desconocida que habite en Compostela no pueden disfrutar de ese gratuito placer con la seguridad con la que lo hago yo. Salir de casa se ha convertido – si es que antes no lo era – en un deporte de riesgo para las mujeres. Un deporte que muchas conocidas mías practican a regañadientes y con un ojo en la nuca, ya que sus horarios laborales les obligan a ir muy pronto al trabajo o salir muy tarde del mismo. Porque quién sabe qué se esconde entre las sombras en un mundo donde los casos de abusos sexuales y violaciones en manadas se ha vuelto el triste pan nuestro de cada día.


No puedo hacer más que entender y solidarizarme con todas mis compañeras y vecinas que se lo piensan dos veces antes de salir solas a la calle. También dudan a la hora salir a correr de noche, algo que también hago yo sin temor, un horario mucho más cómodo para hacer deporte en estos calurosos días de verano. Las noticias que nos bombardean día sí día también desde los medios no hacen más que acrecentar la desconfianza en los demás y encerrarnos un poquito más en nosotros mismos, engañándonos en la absurda idea de que vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer y que solo en nuestro hogar estamos a salvo. Es como pensar que si un monstruo entra de noche en nuestro cuarto la fina manta que nos cubre la cabeza nos protegerá de cualquier mal, aunque eso nos deje los pies al descubierto. A pesar de todo, contenemos el aliento y esperamos a que nuestros miedos abandonen el cuarto, sabedores de que cuando despertemos el dinosaurio seguirá ahí.


Tampoco puedo evitar pensar que, en un tema tan complejo como el de garantizar la seguridad a los ciudadanos, pequeñas acciones pueden hacer mucho bien a la mitad de la sociedad, tantas veces olvidada. Campañas como ‘Compostela en negro’ ponen el foco sobre la violencia machista y ayudan a dar voz a los movimientos feministas que tratan de convertir la ciudad en un lugar más seguro para todas y todos. Pero pequeñas medidas, como por ejemplo mejorar el alumbrado municipal para iluminar las calles de la ciudad, tal y como reclamaba en una conversación con este medio la concejala Goretti Sanmartín, pueden ayudar de forma decisiva a romper el “dominio del miedo” al que se refiere la edil nacionalista. Insisto, es mucho más complejo que eso, pero de noche puede marcar la diferencia entre volver a casa andando en vez de corriendo.


Hace unos días saltaba la alarma en la capital gallega por la denuncia de una joven al propietario de un conocido local compostelano, acusándolo de intentar abusar de ella, logrando zafarse de él cuando intentaba violarla según su testimonio. Un testimonio reafirmado más tarde por mujeres que dicen haber vivido experiencias parecidas con ese individuo. Como ven, Santiago de Compostela no es una excepción en un mundo tan caótico y extraño.


Un argentino ilustre de cuyo nombre soy incapaz de acordarme explicaba la sociedad como un partido de fútbol. Su resumen era que el choque entre gente mala y gente buena refleja actualmente un 2-1 en el luminoso para los primeros, pero que los buenos tienen la pelota y están atacando. Quiero pensar que esto es así. Y que noventa minuti en el feminismo son molto longos.

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