​“Son las seis menos veinte: Maradona ha muerto”

Rodrigo Brión Insua

“Con el pasé que le di a Maradona, si no marcaba era para matarlo” ~ ‘El Negro’ Enrique, asistente de Maradona en el ‘Gol del siglo’


Entro en el taller de Paco a pagar una factura, pero cuando me dan la ostia admito que no me alcanza con lo que llevo en mi desvencijada cartera y prometo volver otro día. Mientras abandono el garaje, una radio, con el volumen a todo trapo, llora con la voz de Carles Francino: “Son las seis menos veinte: Maradona ha muerto”. Me detengo -como se detenía el Diego cuando encaraba a los zagueros del Milan de Sacchi y les hacía sus inalcanzables cambios de ritmo, escondiéndoles la pelota para que cuando lanzasen la entrada solo pudieran ver desde el suelo como un liliputiense con una camiseta azzurri los dejaba atrás-, me llevo la mano a mi boca de junior y pienso, de forma inevitable, en el 22 de junio del 86, nueve años antes de mi nacimiento.


Es imposible hablar del 10 de la albiceleste y del número retirado en San Paolo sin hacerlo del Argentina 2 - Inglaterra 1, un partido en el que el pibe de oro se tomó su propia revancha y la de todo el pueblo argentino contra el invasor inglés, aquel que los había humillado en la Guerra de las Malvinas. La pérfida Albión tuvo que hincar rodilla ante Diego, y el mundo escuchó el improvisado poema que Víctor Hugo Morales convirtió en la narración del siglo para el gol del siglo, ese “arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, y deja al tercero, y va a tocar para Burruchaga, ¡siempre Maradona! ¡Genio, genio, genio! ¡TATATATATA!”.


Ese gol -casi- inimitable del de Villa Fiorito puso a todo un país de nuevo en el mapa. Un país que es un inmenso potrero, donde el balompié está en cada esquina y en donde todas las pasiones son exacerbadas, por lo que el amor a unos colores o un futbolista es irremediablemente también desmedido, a pesar de que el ídolo puesto en un altar y convertido en religión tenga más de bandido que de Robin Hood.


Y tal vez puedo decir esto porque miro a Maradona con ojos frescos, y no con los ojos de aquellos que sí lo vieron arrancar innumerables veces por el carril del ocho y sorteando piernas que silbaban a su paso como balas de cañón, unos ojos que con 50 o 60 años al mirar al Diego solo podrían hacerlo detrás de un cristal que pervierte las imágenes y las devuelve a la infancia de un niño que creció soñando con convertirse en un barrilete cósmico. Por eso creo que tengo la capacidad de ver más allá del mito. Yo, que no disfruté al maestro en la cancha, sí lo lamenté en la tele con sus shows mediáticos, con su andar errático, con sus discursos vacíos arrastrando cada palabra y con silencios tan incómodos para el que lo escucha como para el que pregunta esperando una respuesta. Demasiado le reímos la gracia a un hombre a todas luces enfermo, que tal vez necesitó que le brindasen más ayuda y menos aplausos.


Porque Maradona era un extraordinario futbolista, sí, y quién sabe si el más grande que jamás pisó una cancha de fútbol, pero también un humano que nunca se supo rodear, al que se lo comió la fama y el personaje, ese que se plantaba ante las cámaras y los micrófonos, un desvergonzado que no respetaba a nada ni a nadie y ni falta que le hacía. Drogas, camorra, detenciones, registros, problemas fiscales…son parte del legado de D10S en la Tierra.


Porque reducir al Pelusa a una sola persona, ya sea al genio, al artista, al maltratador o al cocainómano, es un error. Maradona era, como escribió Herman Hesse, un lobo estepario. O tal vez, sencillamente, solo era argentino, y como todos los argentinos era un hombre de contradicciones y en el que convivían el poeta, el tramposo, el filósofo, el camorrista, el guerrillero bolivariano, el niño inocente, el juerguista insaciable, el cebollita, el dueño de Nápoles, el mito irrepetible dentro y fuera de la pista, el entrenador mediocre, el compañero, el amigo, el ángel y el ángel caído. Y todos ellos, buenos y malos, tenían rizos, una sonrisa de pibe, ojos brillantes, vestían la albiceleste y soñaban con ganar el Mundial con Argentina. Todos eran Maradona y lo fueron hasta su última consecuencia.


Por todo eso, y aunque los diarios se llenen de esquelas escritas con meses o quizá años de antelación, Maradona no puede morir. Porque para matarlo hay que exterminar a la ciudad de Nápoles, derrumbar la Bombonera, el Camp Nou y el Azteca, borrar a Messi de los libros de historia, soterrar Buenos Aires y enviar a otro planeta, ese del que vino para dejar en el camino a tanto inglés, a todos los niños que quieren levantar la Copa del Mundo como hizo Diego. ¡Ah! Y matar al fútbol, más muerto de lo que está desde ayer. Y por lo mismo, ahora que lo tienes a tu derecha, te digo gracias, Dios. Por el fútbol. Por Maradona. Por estas lágrimas. Y por ese Argentina 2-Inglaterra 0. 





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