Alfonso Casal le ganó la batalla a Carles Ruiz

Carmen P. Flores

El día 2 de enero, inicio de año, amanece con la mala noticia del fallecimiento de Alfonso Fernández Casal, exjefe de la guardia urbana de Viladecans y amigo desde hace ya unos cuantos años. De esos tiempos en los que los dos trabajábamos en el ayuntamiento, en distintos puestos, con Jaume Monfort como alcalde. Allí fue donde le conocí y por el cargo que tenía cada uno, tuvimos que trabajar juntos, sin problemas, ni discusión alguna. Siempre estaba dispuesto a colaborar, con criterio y saber hacer. No recuerdo ninguna discusión. Cada uno sabía cuál era su trabajo, complementario, sin rivalidad, sino con complicidad de hacerlo bien y  que repercutiera en la ciudadanía y en la ciudad. Fue en esa época donde entablamos una buena relación con él y con su mujer, Lourdes. Ella era y es la discreción personificada. Hacían un buen tándem.



Casal




En el año 1993, el cáncer me visitó sin que lo invitara, porque quizás son esas cosas que se piensan que solo les pasa a los demás. Craso error, nadie se libra de él cuando aparece. Unos los superan, es mi caso, otros no tienen la misma suerte. Recuerdo mi estancia en el hospital y las visitas discretas que él y Lourdes me hicieron. Nunca se me han olvidado, tampoco otras que ahora no vienen al caso comentar.


Como gallego ejerciente, más de una vez me llamaba Carmiña cuando quería explicarme alguna cosa con ese entusiasmo que le ponía a las cosas. Era un apasionado de su trabajo. Muchas veces, nos reíamos de algunas circunstancias de nuestro trabajo y de algunos personajillos con aspiraciones desmesuradas, que tenían demasiada prisa por llegar, sin impórtales pisar a quien se pusiera por delante. Esos mismos que le pidieron unos cuantos favores a Casal. Esos cuya  ética no formaba, ni sigue formando parte de sus vidas políticas.


Cuando dejé el ayuntamiento, siempre en la distancia, hemos mantenido el contacto, menos asiduo de lo que hubiéramos querido, pero sabiendo que estábamos ahí para lo que necesitara cada uno. No hacía falta decirlo, lo sabíamos y lo habíamos demostrado.


En el año 2005, el alcalde Monfort “dejó” la alcaldía y le sustituyó el actual alcalde, Carles Ruiz. Es ahí cuando empieza el calvario de Casal -ahora que no está, lo puedo contar, es de justicia hacerlo-le llamó el nuevo el alcalde y le dijo tal cual que se fuera o lo cesaba. Le pidió que le explicara el por qué de esa actitud, que llevaba unos años, con el alcalde anterior y no se le había reprochado nada, todo lo contrario, y que, si había hecho algo mal, que se lo dijera ya que era el mismo partido el que gobernaba. La respuesta seca de Ruiz fue "es porque quiero", sin ofrecerle una salida profesional digna como había sucedido con el exjefe de la guardia urbana de Gavá, que le dieron una salida pactada y digna. Ruiz no le quiso dar ninguna explicación y Casal le dijo que "él no se iba". A partir de ahí empezó su viacrucis profesional y personal.


La persecución laboral de Alfonso Casal duró unos cuantos años. Hasta que, en el 2008, el ayuntamiento anuló su nombramiento como funcionario de carrera y nombró a su sustituto, sin terciar concurso alguno. Ante la persecución y vejaciones vividas, el interesado interpuso una demanda contra el ayuntamiento y según reconoce el juez del TSJC Casal “fue ninguneado por el consistorio y por su sustituto a dedo, Camaño". Toda esta situación le pasó factura a Alfonso, y la seguridad social le reconoció una incapacidad absoluta para el ejercicio de cualquier actividad laboral. Dejó de trabajar, con una situación personal durísima por su enfermedad y con la imposibilidad de volver a trabajar en aquello que le gustaba para lo que estaba ampliamente capacitado.


Después el cáncer ha ido haciendo mella en su salud. Nunca se rindió, seguía luchando acompañado de su gran apoyo, Lourdes que siempre ha estado ahí, como un bastón que aguanta la situación sin quejarse. Y con toda la esperanza del mundo.


Pero cuando la enfermedad tampoco se rinde, el resultado final lo hemos visto este día 2 de enero, cuando finalmente Alfonso ha emprendido ese viaje del que nunca se vuelve. Se ha ido demasiado pronto, pero con la sensación de no haber dejado nunca de pelear, en lo profesional ganandole la partida al alcalde Carles Ruiz y en lo personal. Nunca se ha rendido y no siempre se gana. Esa es la vida. A más de uno le debe remover la conciencia, si es que la tiene.


Pero quiero terminar este recuerdo a la figura de Alfonso con un refrán muy popular, que algunos no deben olvidar “quien a hierro mata, a hierro muere”.


¡Hasta siempre Alfonso!

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