Terrorismo en Europa: ¿todos a una?

Luis Moreno

Las matanzas de Bruselas han herido a la Unión Europea en su propia capital administrativa. No nos confundamos con los símbolos. El lugar físico donde se han producido los siniestros atentados es la ciudad belga, pero las condolencias deben ofrecerse a todos los europeos. O, cuando menos, a aquellos que nos damos por aludidos y pretendemos preservar nuestros valores civilizatorios. Desgraciadamente, y como ya sucedió con la “lectura” de los asesinatos indiscriminados ocurridos en París el pasado mes de noviembre, en Londres en julio de 2005 o en Madrid en la infausta fecha del 11 de marzo de 2004, se pretende de nuevo circunscribir las desgracias a los límites físicos de una ciudad o de un país miembro de la UE.


Los actos terroristas antes mencionados mostraron la impronta del terror yihadista de matriz salafista. Como se sabe, el salafismo es una interpretación musulmana de la vida política enfrentada a los valores de la democracia, tal y como los entendemos en Europa y el Occidente. Debe recordarse que, por encima de cualquier otra consideración, el salafismo fundamentalista propugna la vuelta a los orígenes de Islam. Sus seguidores se han mostrado en los últimos años en diversas guisas y han manifestado variados matices justificativos, pero rechazan tanto la democracia en el Viejo Continente como el laicismo occidental, acusándolos de ser los principales responsables de haber corrompido la fe musulmana. En última instancia, los grupos terroristas salafistas pretenden la conversión a la fuerza a la “auténtica” religión del Islam o, simplemente, la muerte de los infieles.


Se multiplican en las redes los actos de solidaridad mostrando fotografías retocadas con los colores de las banderas nacionales de los países golpeados por el terrorismo. Pero persiste la visión nacionalista de los hechos, aunque éstos afecten inequívocamente al conjunto de la Unión Europea. Los gobiernos estatales, por activa y muy frecuentemente por pasiva, se han convertido en la principal rémora para articular una respuesta conjunta y eficaz de combate al terrorismo. Temen perder su “independencia” nacional y, sobre todo, su poder para decidir en razón a una trasnochada y obsoleta soberanía. Ese curso de acción/inacción nos llevará, a buen seguro, a un escenario indeseado de actos terroristas por la incapacidad de optimizar los esfuerzos coordinados de los propios servicios de inteligencia. Estos servicios nacionales celebrarían la posibilidad real de actuar unidos contra el enemigo común.


Aquellos países con capacidad de disuasión nuclear, y a quienes voces intemperantes han pedido lanzar la “bomba” en el califato establecido en junio de 2014 (o Estado Islámico bajo control del ISIS), se empeñan en golpear con armas convencionales a aquella región fundamentalista del Medio Oriente. Pero rehúyen una puesta en común con aquellos otros países europeos también sacudidos por la misma clase de barbarie o terror. Tales armas convencionales son similares a las que venden a los saudíes que bombardean inmisericordemente clínicas, escuelas, mercados o viviendas en Yemen, según ha manifestado el comisionado de Derechos Humanos de la ONU.


Como muy acertadamente ha apuntado en un reciente artículo de opinión mi colega y amigo, Nacho Torreblanca, el reto más descarnado que se le presenta a Europa es el de reaccionar como tal, a diferencia de lo que pasó tras los atentados de París. Entonces el ejecutivo nacional francés rehuyó solicitar la activación de la cláusula de solidaridad prevista en el artículo 222 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea. De haberse actuado de esa manera, la respuesta a la barbarie terrorista habría sido colectiva y coordinada por parte de la Unión Europea, pero las autoridades nacionales galas prefirieron recurrir a un artículo, el 42, que situaba la respuesta en el plano intergubernamental entre los gobiernos nacionales europeos y al margen de las instituciones comunes de la UE. El gobierno francés pretendía una libertad de actuación ajena a la puesta en común europea en la lucha antiterrorista.


Y es que se evidencia, una vez más, la dificultad de hacer realidad la aspiración originaria de los padres fundadores de la CEE-UE por conseguir una unión cada vez más estrecha de los países europeos. Incluso en asuntos de gran preocupación y alarma social, como son los relativos al terrorismo, los gobiernos nacionales prefieren reservarse para sí toda actuación relativa a materias sensibles de seguridad. ¿Por cuánto tiempo seguirá siendo así? ¿Qué número de muertes indiscriminadas deberán producirse para europeizar cabalmente las políticas de seguridad en Europa?


Han sido muy encomiables las declaraciones del primer ministro italiano, Matteo Renzi, en pos de coordinar sin mayor dilación las acciones contraterroristas en la Unión Europea. Quizá teme, y no le falta razón, un posible atentado en Roma, emblemática ciudad de la civilización europea, y sede del Vaticano, centro institucional de la gran religión monoteísta alternativa al Islam. Tal posibilidad desataría toda clase de especulaciones y escenarios comprometidos para la paz mundial. Se ha aducido espuriamente que en Italia viven menos musulmanes que en Bélgica, Francia o Alemania (alrededor de un 2%, como en España) y, por tanto, las posibilidades de atentados terroristas son menores. Es un argumento falaz porque los terroristas “durmientes” han demostrado su capacidad para asesinar en cualquier país europeo. Los salafistas terroristas pretenden con sus acciones avivar las fracturas sociales en los países europeos, precisamente provocando una islamofobia de consecuencias devastadoras.


Es hora de que los gobiernos nacionales de los estados miembros consideren seriamente su limitación política en beneficio de una respuesta común europea. El asunto de los refugiados ya ha reclamado una inevitable y deseada actuación en comandita de todos los socios continentales. El terrorismo exige su puesta en común europea sin mayores dilaciones. Se cumpliría así la máxima latina de “unus pro omnibus, omnes pro uno”, algo que un país tan internamente diverso como Suiza ha adoptado como lema nacional. La misma idea transpiraba en el propio enunciado federalista de los Estados Unidos de Norteamérica, “e pluribus unum” (“de muchos uno”), o empeño por la unidad en la diversidad tan necesitado en el Viejo Continente. ¿No lo decían también los tres mosqueteros franceses de Dumas con “un pour tous, tous pour un”? En su cumplimiento nos va nuestra propia existencia como europeos.



Luis Moreno es Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC) y autor de 'Trienio de mudanzas, 2013-15'.

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