Las mujeres afganas no quieren seguir siendo muertas en vida

Carmen P. Flores

Ya se ha cumplido un año desde la llegada al gobierno de Afganistán de los Talibanes. Una etapa que, como se esperaba, ha sido de restricciones, barbaridades y despotismo de unos individuos que han restringido lo más importante de las personas: sus  libertades, especialmente a las mujeres, consideradas objetos cuyos propietarios son los hombres.


En la “nueva” Afganistán asfixiada por el régimen totalitario, las mujeres no son ciudadanas de plenos derechos, sino que estos se han visto reducidos en su totalidad. No se les deja ir a la escuela, no pueden salir solas a la calle, sino que un hombre -padre, hermano o marido- debe ser el responsable de su presencia en público, incluyendo su forma de vestir. Para viajar a más de 75 kilómetros necesitan un permiso “mahram”. Sin él, las mujeres pueden ser detenidas, golpeadas y torturadas. Todo un modelo  de  “democracia” que les lleva a tiempos que ya creían superados y que les han devuelto a la dura realidad que viven, inexplicable en el siglo XXI.


Hay que recordar que la situación de las mujeres en Afganistán no ha sido siempre así. Ya en el año 1919, durante el periodo del rey Amanullah, tras la independencia del imperio británico, la Constitución afgana otorgó el derecho del voto a las mujeres. Un año después EEUU hacía lo mismo. En España el derecho al voto de las mujeres no llegó hasta 1931. 


Las mujeres afganas siempre han tenido un papel de avanzadilla muy importante, al manifestar sus opiniones, trabajos, y oponiéndose a los talibanes en sus diferentes etapa en la que han tenido el poder. A nadie se le olvida la postura de la niña Malala, que fue objeto de la ira de los talibanes al ser tiroteada cuando volvía a su casa. Su delito fue su derecho a ir a la escuela que pedía no solo para ella, sino para todas las niñas. Su actitud, su valentía y su manera de pensar le llevaron a conseguir el Nobel de la Paz.


Las mujeres afganas siempre han estado en la primera línea de lucha para que su país salga de la Edad Media a la que los talibanes la han llevado. No tiene miedo, desafían al régimen en las calles con  pancartas y gritando que quieren la libertad y los derechos que les han quitado. En la clandestinidad, las maestras siguen dando clases a las niñas para que su educación le sirva como herramienta de conocimiento y de reivindicación de que otro país es posible, donde las mujeres gocen de los mismos derechos que los hombres. No es una batalla fácil, ni dulce, donde muchas mujeres serán detenidas, castigadas  y hasta perderán su vidas, pero no les importa porque ahora, con los talibanes, están muertas en vida. Occidente, las sociedades llamadas avanzadas, solidarias y democráticas no pueden seguir mirando para otro lado, necesitan que las ayuden o será demasiado tarde.


EEUU que en su día ayudo a los talibanes para echar a Rusia del País que había invadido por interés geoestratégico - quería que fuera la Vietnam de Rusia- y los ayudaron porque iban a ser los salvadores del país. Años después los talibanes enseñaron su verdadero rostro y los americanos han estado 20 años luchando contra ellos hasta que llegó Trump a la presidencia y decidió sacar a sus tropas del país dejando a la población civil en manos de estos terroristas. En esa situación de retorno a la Edad Media, las mujeres afganas, con el miedo a ser lapidadas o acusadas de desobedecer sus guardianes familiares, ellas no se rinden y en la menor ocasión, se manifiestan  proclamando la situación en la que viven. 


Un año de gobierno talibán, un aniversario para no celebrar, pero tampoco para olvidar porque las vidas de muchas mujeres siguen estando en peligro si no se restablecen los derechos de los que han sido privadas.

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