Seis años tras el paciente 0, la ciencia avanza pero no desvela el origen del coronavirus
Se cumplen seis años desde que la realidad de la pandemia golpeó nuestra tierra. El primer caso confirmado de COVID-19 en Galicia se notificó el 4 de marzo de 2020 en A Coruña, detectado en un hombre que había viajado previamente a Madrid. Apenas unas semanas después, ese mismo mes de marzo, la comunidad registraría sus primeras víctimas mortales, marcando el inicio de una crisis sanitaria y social sin precedentes. Seis años después, la comunidad científica internacional sigue trabajando incansablemente para responder a la pregunta que paralizó el mundo: ¿de dónde salió exactamente este patógeno? Un nuevo informe apunta a que el origen más probable está en los murciélagos, pues se han hallado virus muy similares en ellos. De lo que hay muchas más dudas es como saltó al hombre.
Para dar una respuesta definitiva y ayudar a evitar futuras pandemias, el Grupo Asesor Científico sobre los Orígenes de Nuevos Patógenos (SAGO) de la Organización Mundial de la Salud (OMS) acaba de explicar en Nature los detalles una investigación independiente y exhaustiva de tres años y medio. La conclusión principal es que la inmensa mayoría de la evidencia científica respalda un origen zoonótico, es decir, que el virus saltó de un animal a los seres humanos. Este informe, entregado recientemente a la dirección de la OMS, supone el esfuerzo más completo hasta la fecha para separar los hechos comprobables de las numerosas especulaciones que han inundado los medios de comunicación desde 2020.
En el actual panorama mediático, el debate sobre el origen del coronavirus ha vuelto a ganar tracción debido a la desclasificación de informes de inteligencia en varios países, lo que ha reavivado en ciertos sectores las sospechas sobre posibles fugas de laboratorio. Sin embargo, los 27 expertos internacionales del SAGO priorizan los datos genómicos y epidemiológicos reales por encima de las conjeturas políticas. La ciencia insiste en que, aunque todavía faltan piezas en el complejo rompecabezas epidemiológico, la naturaleza sigue siendo la única sospechosa respaldada por pruebas tangibles.
El mercado de Huanan y la pista animal
Los investigadores han rastreado el árbol genealógico del virus hasta el sudeste asiático, donde se han encontrado cepas ancestrales estrechamente relacionadas con el brote original. Los murciélagos de herradura albergan coronavirus con una coincidencia genética superior al 96% con el SARS-CoV-2, tal y como demuestran las cepas descubiertas en China en 2013 y en Laos en 2020. Esto sugiere fuertemente que cepas casi idénticas circulaban en la naturaleza mucho antes de encontrar un huésped animal intermedio que facilitara el trágico salto definitivo hacia la especie humana.
El epicentro geográfico de este primer contagio masivo parece estar cada vez más claro gracias a los estudios ambientales y retrospectivos revisados por los científicos. Más del 60% de los primeros casos humanos conocidos en diciembre de 2019 estaban estrechamente vinculados al Mercado de Mariscos de Huanan, en la ciudad de Wuhan. Las pruebas genómicas de las muestras recogidas en los desagües y puestos comerciales antes de su desinfección revelaron la presencia de especies salvajes susceptibles al virus, como perros mapache y civetas, consolidando la hipótesis del contagio a través de la fauna salvaje comercializada sin control.
Durante los primeros compases de la pandemia, el gobierno chino intentó impulsar una teoría alternativa que alejaba el foco de sus mercados de animales vivos. La hipótesis de que el virus llegó a China a través de productos congelados importados ha sido totalmente descartada por los expertos del SAGO por su absoluta falta de base científica. Aunque se detectó el virus en embalajes de alimentos congelados meses después, esto ocurrió cuando el patógeno ya circulaba masivamente entre los humanos, quienes muy probablemente contaminaron esas superficies durante su manipulación en las fábricas.
La controversia de la fuga de laboratorio
La tercera gran hipótesis evaluada es la que más horas de televisión y titulares ha acaparado en la prensa internacional: un posible escape accidental de un laboratorio de alta seguridad en Wuhan. El gran obstáculo para descartar o confirmar definitivamente esta teoría es la persistente falta de transparencia de las autoridades chinas, que han denegado repetidamente a la OMS el acceso a los historiales médicos del personal investigador y a las auditorías internas del Instituto de Virología de Wuhan. Esta opacidad gubernamental ha sido el caldo de cultivo perfecto para la desconfianza global.
A pesar de esta evidente falta de colaboración institucional, los científicos son tajantes respecto a la calidad de las pruebas materiales disponibles en la actualidad. La mayoría de las revisiones científicas independientes no encuentran ninguna prueba concluyente de una fuga de laboratorio, señalando que los informes de las agencias de inteligencia que apoyan esta idea se basan en evaluaciones de baja confianza y sospechas sobre protocolos de seguridad, pero no en evidencias virológicas concretas. El comité científico insiste en que las sospechas geopolíticas no equivalen a pruebas de laboratorio.
Más allá de la posibilidad de un accidente humano, algunos sectores radicales han promovido la idea de que el virus fue diseñado intencionadamente como un arma biológica o un experimento de bioingeniería fallido. El análisis minucioso de la estructura del genoma del SARS-CoV-2 demuestra que no hay absolutamente ningún signo de manipulación genética deliberada, ya que las mutaciones clave del virus, como la estructura que le ayuda a infectar eficientemente las células humanas, se producen de forma natural y documentada por recombinación en otros virus de la misma familia en la naturaleza.
Desmintiendo teorías de conspiración
Gran parte de la desinformación reciente que ha circulado sin filtro por redes sociales y plataformas de vídeo se basa en una antigua propuesta de subvención estadounidense de 2018 conocida en el ámbito académico como DEFUSE. Este proyecto de investigación de la organización EcoHealth Alliance nunca llegó a ser financiado ni ejecutado, y proponía crear vacunas de proteínas recombinantes inofensivas para murciélagos, una tecnología que, según explican detalladamente los expertos del SAGO, es científicamente incapaz de generar un virus completo y con capacidad de transmisión como el SARS-CoV-2.
La intensa politización de esta crisis sanitaria ha sido una constante desde los primeros confinamientos, dificultando enormemente el trabajo vital de los investigadores de salud pública. La injerencia de intereses geopolíticos y discursos nacionalistas ha enturbiado un debate que debería ser estrictamente científico, enfrentando a grandes potencias mundiales en un cruce de acusaciones estériles que no aporta ningún dato útil para prevenir la próxima gran amenaza biológica internacional.
Para avanzar realmente en la prevención, el equipo de expertos subraya la necesidad urgente de rastrear las rutas comerciales, a menudo ilegales, de vida silvestre que abastecían a los mercados asiáticos a finales de 2019. Es vital mantener una vigilancia genómica constante y bien financiada en humanos y animales en Asia para detectar si las cepas originales siguen circulando en reservorios naturales, especialmente en comunidades vulnerables cercanas a cuevas de murciélagos, frenando así la aparición de nuevas variantes peligrosas.
La ciencia por encima de la política
El mensaje final de los investigadores que han dedicado los últimos años a desentrañar este complejo misterio es un ruego directo a la comunidad internacional y a sus líderes. Solo la investigación científica rigurosa y la cooperación transparente entre países podrán resolver el origen de un virus que costó más de 20 millones de vidas, destrozando el tejido social e impactando brutalmente en las economías más frágiles. Las respuestas reales que la sociedad demanda requieren datos verificables y apertura, no propaganda política ni especulaciones interesadas.
Al mirar atrás, a aquel sombrío marzo de 2020 en Galicia, cuando nuestras calles se vaciaron de golpe y los hospitales se llenaron de incertidumbre, la búsqueda incesante de la verdad adquiere un valor social incalculable. Entender con precisión cómo el COVID-19 llegó hasta nuestras vidas no es solo una cuestión de justicia histórica para las víctimas, sino nuestra principal herramienta para asegurar que las futuras generaciones no tengan que enfrentarse de nuevo al trágico abismo de una pandemia sin estar debidamente preparadas.
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