Scripta manent, lo escrito queda

Luis Moreno

En contraste con muchos de los habitantes que hoy pueblan las colinas de la Ciudad Eterna, los antiguos romanos eran muy organizados y sabían del poder de la palabra escrita. En España el viejo derecho romano sigue conformando la vida pública y privada de las gentes. Scripta manent, verba volant es una expresión latina que remarca la conveniencia de que a las palabras no se las lleve el viento.


A lo largo y ancho de “la piel de toro” dar la palabra como plasmación de un acuerdo entre las partes de cualquier negocio, solía alcanzar el rango de compromiso inquebrantable que debía respetarse. Las palabras se cumplían como si hubieran sido contratos redactados en documentos de prolijas cláusulas. A menudo sucedía que lo acordado de palabra no sólo era inmutable, sino que constituía el preludio práctico de su formulación por escrito y conllevaba las implicaciones que correspondían para su puesta en vigor. El honor de la palabra dada era legado de una vieja tradición de hidalguía anidada en los albores de una cierta cultura hispánica.


Hoy en día lo antedicho suena a antigualla conductista para las generaciones del tuit o los ultimísimos chats telemáticos. En buena parte de estos foros de la red, las fake news son precisamente palabras que se utilizan con la intención de confundir y engañar. Rubricar en blanco y negro los compromisos suscritos para, por ejemplo, poder investir a un presidente de gobierno debería ser una práctica suficiente y necesaria para evitar el ulterior encanallamiento de la vida política en España. Pero ello parece causar desazón entre los potenciales firmantes de un acuerdo de investidura. De nuevo, se prefiere empezar la ‘casa por el tejado’. Primero las poltronas y luego el programa.


El desencuentro actual entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, líderes del PSOE y UP parece que tiene mucho que ver con la aversión a convenir por escrito un plan de gobierno para la legislatura, sin antes haber procedido al reparto de los sillones institucionales. Así, resulta prioritario visibilizar las caras de los responsables de los diferentes departamentos ministerios antes que explicitar las políticas públicas que se pretenden llevar a cabo. El poyoyismo de los políticos involucrados alcanza niveles de vergüenza ajena.


Pedro sanchez pablo iglesias


Mi colega Victor Lapuente explicaba en un reciente artículo de opinión cómo había sido posible el acuerdo alcanzado en Dinamarca por parte de Mette Frederiksen a fin de lograr una alianza de gobierno de centroizquierda. Todas las partes involucradas habían cedido en sus pretensiones partidarias antes de firmarse el documento de 18 páginas del nuevo gobierno. Como consecuencia de tal proceder, los daneses ya saben “…qué va a suceder en Dinamarca en los próximos cuatro años y quién lo va a hacer”.


Se argüirá que la cultura cívica de Dinamarca no es como la española, y que de poco sirve transpolar prácticas y trayectorias políticas dispares entre ambos países. Tal argumentación no deja de ser un ejemplo de rancio casticismo. Afortunadamente la Europeización hace que los problemas en el Viejo Continente sean cada vez más similares y transversales en su calibre y percepción popular. ¿Por qué no podrían emularse las “buenas prácticas” que han resultado en el desbloqueo de una investidura que se antojaba difícil por la fragmentación del espectro partidario danés, tanto o más que en España? Ciertamente los europeos harían bien en compararse y aprender entre ellos, y en no tratar de aplicar el papanatismo de situaciones inconmensurables como las que se producen de EEUU, tan del gusto de jóvenes consultores y analistas políticos en nuestros medios y redes sociales.


Legítimo es que Pablo Iglesias reclame protagonismo para su formación política en un gobierno de coalición o colaboración (de nuevo los galgos y los podencos nos acompañan), como también lo es la aspiración de protagonismo exclusivo por parte de un gobierno monocolor presidido por Pedro Sánchez. Pero ambos deberían ser conscientes que los cimientos de ese ejecutivo sólo pueden forjarse con un acuerdo programático negociado, redactado y firmado en comandita. Así los electores sabrán que es lo que se pretende cumplir, además de conocer la textura y el tapizado de los sillones a ocupar en las sedes ministeriales. Más allá del gracejo y ocurrencias de los representantes gubernamentales, lo deseable en esta Segunda Transición democrática es hacer primar el interés general y la claridad de las propuestas políticas a llevar a cabo por los partidos y actores sociales implicados en la gobernanza multinivel de España.


Por la comarca cervantina de mi pueblo de origen familiar se decía aquello de “el borrico en la linde”. En el caso que nos ocupa, quisiera significar con el dicho popular que las izquierdas pueden ser amigas (y también enemigas). Para evitar confusión y embrollos en la linde de lo indeseable, nada es mejor que dejar por escrito los compromisos de gobierno. Así, los votantes podrán juzgar sin mixtificaciones de trilero los méritos de la acción de gobierno. ¿O dejaremos que el asno se coma los hierbajos a ambos lados de la linde...? 



Artículo original publicado en catalunyapress.es

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