​Bertolt Brecht y los horarios del fútbol

Rodrigo Brión Insua

Viví cinco años en Valladolid: uno más de los que me correspondían por la duración de mi carrera universitaria y cuatro más de los que me hubiera imaginado en un primer momento desde la primera vez que pisé Pucela. Pues el día que más frío pasé en la capital de Castilla y León fue una horripilante noche de diciembre en el estadio del Real Valladolid. Un 16 de diciembre cualquiera para un vallisoletano de pro, pero inolvidable para el puñado de simpatizantes del Celta de Vigo que nos reunimos ese día en la grada visitante del coliseo blanquivioleta para ver como el club gallego caía con estrépito ante los pupilos de Juan Ignacio Martínez. Un equipo el de JIM que, a la postre, terminaría bajando a Segunda División (un descenso que se consumó el día en el que descubrí lo que era ver el fútbol desde un palco, aunque eso lo dejo para otro día).


El partido en sí no tiene mucha historia, más allá de que aquellos que lo vieron por televisión no vieron absolutamente nada por la densa niebla que cubrió ese lado del Pisuerga en la segunda parte, por la injusta expulsión de Charles, por un espectacular partido de Mariño bajo palos y por un sensacional hat-trick de Javi Guerra. ¡Ah! Y de un peqeuño recogepelotas que quedó atrapado en el resbaladizo foso del estadio. Lo normal en un partido del Real Valladolid, porque lo verdaderamente anecdótico esa jornada se vivió en la grada, con más de diez mil gargantas soportando la llegada del invierno en los destartalados asientos del todavía mal llamado ‘Nuevo José Zorrilla’…un lunes.


El fútbol los lunes y viernes, que tantas veces ha acosado a los equipos considerados pequeños y que apenas ha tenido relevancia en los grandes estadios, salvo un memorable 5-0 registrado en el Camp Nou allá por 2010. Ese fútbol, el de los lunes, al que acudes casi a desgana, enfadado con tu equipo por permitir que se juegue en tan inusual día y contigo mismo por permitir que el amor a unos colores esté por encima del confort y el calor que solo un sofá y una manta pueden proporcionar.


Ahora parece que la justicia puede darle al aficionado al fútbol una singular alegría, después de que una jueza determinase que el fútbol debe jugarse los sábados y domingos, tal y como pedía la RFEF, organismo que impulsó la demanda. La jueza entiende que los partidos de lunes y viernes quedaron al margen del “acuerdo de mínimos” alcanzado por la Federación y La Liga. Una Liga que, a pesar de lo que dicta su señoría, parece decidida a saltarse a la torera la orden y no realizará cambios en los horarios, aunque en principio eso supondría ir contra la ley. Otro asalto más en la pelea a muerte que mantienen desde hace años Luís Rubiales y Javier Tebas en un combate donde los golpes de uno y otro siempre los recibe el hincha. El siguiente round será el 7 de agosto, donde por fin se dilucidará cuándo se acaba jugando las tres primeras jornadas de liga en este santo país.


Decía Bertolt  Brecht que “hay hombres que luchan un día y son buenos; otros que luchan un año y son mejores; hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”. Les aseguro que Bertolt Brecht nunca fue aficionado del Real Valladolid ni vio un partido de fútbol un lunes de diciembre en Zorrilla. Esos, amigo Bertolt, sí son los imprescindibles. Como curiosidad, y para cerrar el círculo, diré que la historia del Real Valladolid 3-0 Celta de Vigo ocurrió en mi primer año de carrera y que, cinco años después, la siguiente vez que vi en directo a esos dos equipos frente a frente - este pasado curso en Balaidos con un soberbio 3-3 final - la zamarra que vestía ya no era de color celeste, sino de un blanquivioleta que, como el frío y la niebla de esa noche de diciembre, acabó calándome hasta los huesos.

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