Waterloo, Napoleón y la paella de Puigdemont

Carmen P. Flores

Dicen que el verano es una época propicia para hacer auténticas locuras --los hay que las hacen todo el año-- sin tener sentido del ridículo. Estas acciones se justifican como los efectos del sol, aunque cualquier forma de justificarse es buena. Tampoco sucede nada por desmadrarse una vez al año, ni la edad es un problema. Lo preocupante es que estas actitudes sean la tónica dominante.


Puigdemont abrigo ep 1


Carles Puigdemont, el huido a Waterloo, no se resigna a dos cosas: perder protagonismo, aunque sea haciendo el ridículo, y a sus encuentros veraniegos de paellas con sus amigachos a los que deleita con un concierto de guitarra y voz de cazalla... ¿o será ratafía?


Por la foto se deduce que muchos de los "amigos" habituales a la comida han hecho mutis por el foro: es el caso de Joan Laporta, aunque no es el único. El miedo a perder el trabajo es superior a los lazos de amistad, muy humano por una parte, aunque poco ético por otra. Pero allí está la reinona Rahola para dar el do de pecho, salir en la foto, comer la paella, cantar els Segadors y lo que haga falta. Hay que mantener la llama, pero se olvidaron--menos Puigdemont-- de ponerse el lazo amarillo... sería para no mancharlo.


Mientras comían el arroz felizmente -- ¿quién sería el cocinero?-- más de uno comentaba que ellos montaban el numerito mientras otros compañeros políticos y "activistas sociales" estaban en prisión a la sombra no precisamente de un olivo. Seguro que se estaban acordando del cantante de Girona de flequillo a lo Beatle y del coro celestial que le acompañaba en el duro trance de comer.


El gran ausente fue Torra, que parece haberse distanciado de su jefe. El que sí estaba allí para recibir su bendición fue el conseller Calvet, que se postula como candidato para sustituir al actual presidente, inmerso en la batalla de intentar convencer a la ANC de que vuelva al redil de los partidos, cosa que parece improbable en estos momentos.


Calvet, el hombre que tiene pasado en Vertix, está convencido de ser la persona idónea para dar el salto a la Plaza Sant Jaume. Cree que con el apoyo del huido tiene el terreno ganado, aunque no se lo van a poner fácil. Su perfil es de la escuela Puigdemont, pero se olvida de que el expresidente es de aquellos que "no pueden hacer dos cosas al mismo tiempo, como prometer y cumplir".


Waterloo supuso la derrota de Napoleón y el inicio de la leyenda de un hombre que se enfrentó a todos los países europeos pero finalmente fue vencido. Quizás Puigdemont quiere pasar a la historia como el "héroe" (¿o villano?) que fue capaz de desafiar a la UE, pero que huyó dejando a sus compañeros de viajes en manos de la justicia, mientras él celebraba su tradicional comida de hermandad con su guardia pretoriana.


Puigdemont no es Napoleón, ni se le parece. Solo tienen en común que Waterloo será su tumba política como lo fue para Napoleón. Intentar emular al pequeño gran hombre es como un chiste de Eugenio.


Alguien dijo que "cuando un hombre estúpido está haciendo algo de lo que está avergonzado, siempre declara que es su deber".

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