Coronavirus, mundialización, estado del bienestar y medioambiente

Manoel Barbeitos
Economista

En el anterior artículo en este mismo medio subrayaba que dadas las respuestas de los gobiernos y las grandes instituciones europeas a la epidemia provocada por el COVID19 irían a más. El tiempo parece darme la razón: no tiene ningún mérito porque estaba cantado.


Una evidencia que, a pesar de eso, levanta inquietantes interrogantes. Seguramente la más preocupante sea la que hace referencia a ¿Cómo es posible que un virus, un simple virus (COVID-19) sea quien de hacer tambalear las economías occidentales en pleno siglo  XXI? Muy probablemente habrá quien responda que una de las razones que justifican su impacto es su desconocimiento, que estamos delante de un virus que no era conocido. Respuesta que da paso inmediato a otro interrogante: ¿Cómo es posible que en la era del hiper-capitalismo digital no seamos quienes de prever su aparición?


Las respuestas tampoco “hay que buscarlas en el viento”, están delante de nosotros. La respuesta a la primera pregunta está en que la mundialización neoliberal trajo consigo el progresivo desmantelamiento del público y el auge del capitalismo financiero y multinacional. Un desmantelamiento del público que tiene en la atención sanitaria uno de sus epicentros (en Galicia, por caso y según datos de la AGDSP, se amortizaron más de 1.100 plazas de personal sanitario y de 450 camas hospitalarias además de destrozar la atención primaria), pero también la vejez y la investigación. Desmantelamiento que impide que este servicio público pueda dar respuesta a las necesidades médicas y sanitarias de la población y mucho más en situaciones excepcionales como la actual en que la demanda de atención se dispara y la sanidad  privada se desentiende porque “no hay negocio”.


En relación a segunda pregunta ahora sabemos que la aparición del coronavirus no fue una sorpresa. Que ya destacados científicos e investigadoras avisasen de que tal cosa iba a pasar. Una de las razones que fundamentan este aviso es la de que en las últimas décadas se están produciendo periódicamente una serie de pandemias (ebola, sida, cólera, SARS, gripe aviar, Covid-19) que ponen en evidencia como la humanidad está ahora en permanente riesgo de  contagios a gran escala. Pandemias provocadas por virus que en la práctica totalidad tienen un origen animal.


En las últimas décadas y bajo el paraguas de la mundialización se está produciendo una imparable destrucción de hábitats naturales. Las salvajes deforestaciones, las grandes urbanizaciones, la agroindustria a gran escala, la proliferación de industrias extractivas....provocan un mayor contacto, por diferentes medios, de los humanos con animales que transportan gran cantidad de virus con los que conviven pacíficamente. Virus, muchos de los cuáles son prácticamente desconocidos, que se trasladan a los humanos donde se convierten en agentes  patógenos y que están en el origen de las últimas pandemias.


El problema surge cuando se trata de virus supuestamente desconocidos como sucede en la actualidad con el coronavirus. Un desconocimiento derivado de tres factores. Que los recursos dedicados a la investigación pública, por mor de las políticas de austeridad, están bajo mínimos siendo España, y con lo es Galicia, un caso  paradigmático: he ahí, por caso, como tuvieron que emigrar nuestros/as mejores científicos/as. Que la industria farmacéutica privada, las grandes multinacionales, se mueven en función de criterios de máxima ganancia por lo que no invierten en actividades como, por caso sucede, en la detección de posibles virus que consideren no rentables: están mucho más interesadas en la venta de fármacos y vacunas. Finalmente porque, como señalan destacados medios científicos, se sabía que esta pandemia, por caso, iba a ocurrir y que existen los medios para responder a la misma pero por distintas razones, básicamente políticas, no se pusieron en marcha. 


Todas estas circunstancias configuran una realidad en la que los riesgos de pandemias por transmisión de virus de los animales las personas son cada vez mayores. Una realidad que debería llevar a los poder públicos (gobiernos nacionales, instituciones internacionales,...) a redoblar los esfuerzos en materia de investigación para la detección de nuevos virus. Algo que, como estamos viendo, choca con las políticas de austeridad.


De seguir por este camino asusta pensar lo que puede provocar la salvaje deforestación actual de la Amazonia. 

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