​¡Es la Segunda B, estúpido!

Rodrigo Brión Insua

Esta temporada nos hemos visto acosados por la campaña electoral estadounidense que nos llegaba desde el otro lado del charco y nos hablaba en una lengua que no todos dominamos, aunque nos empeñemos en poner alguna que otra palabreja en medio de nuestras interminables subordinadas para hacer creer a todos que somos cool. Estados Unidos es el gran promotor de los eslóganes electorales. Del ‘Yes we can’ de Obama al ‘Make America great again’ de Trump. De todos ellos el que ha saltado de los carteles y forma parte del acervo popular es aquel “It's the economy, stupid!” (¡Es la economía, estúpido!”) que le espetó Clinton a Bush padre. Una frase que podría aplicarse no solo a la economía, sino a casi cualquier aspecto de nuestra vida y, como no, al fútbol.


Bien lo saben los aficionados del Deportivo de La Coruña, que viven en su particular día de la marmota. Como Bill Murray, el deportivismo está condenado a vivir el mismo día una vez, y otra vez, y otra vez… Y no un día bueno, como aquel 4-0 al Milan, sino días como el de ayer, de perder 2-0 en O Vao sin tener muy claro si el equipo de verde que les pasó por encima era el Coruxo o el Cosmos de Pelé. Y los incondicionales nada pueden hacer, por mucho que se esfuercen en pretender cambiar su sino, porque cuando suena el despertador vuelven a estar en Riazor, su Punxsutawney, a la espera de que los jugadores blanquiazules les anuncien seis semanas más de invierno al ver una nueva derrota en su casillero.


El Coruña, como lo llama mi buen amigo Manuel –alias ‘Dragón’, que es más celeste que una mañana de primavera–, es un equipo sin orden ni concierto, que ni juega ni sabe a lo qué no está jugando, porque la impresión que da es la de salir a la cancha sin un plan, algo que le ocurría con Fernando Vázquez y que no ha solucionado Rubén de la Barrera. Y digo Coruña porque me parece menos hiriente que llamarle Deportivo, un término que le queda muy grande a esta escuadra. En nada se parece al Dépor que nos hizo vibrar a los aficionados al fútbol durante años. Ya no digo el Superdépor, ya no me voy a Mauro Silva, Fran y José Ramón (quién por cierto era el bueno de los dos hermanos). Me conformo con el primer Dépor de Fernando Vázquez, un equipo que hace menos de una década consiguió un ascenso muy complicado a Primera División.


Aquel no era un gran equipo, pero sí era un equipo construido desde los cimientos del club, con gente de la casa. En ese Dépor destacaban Fabri, Pablo Insua, Seoane, Juan Carlos Real, Luis Fernández, Juan Domínguez… Chavales jóvenes, muchos de ellos gallegos, canteranos, gente que de verdad sabía lo que era defender la blanquiazul. Si a eso sumas la experiencia de gente como Bergantiños o Marchena y acertar a la hora de fichar a jugadores como Culio o Borja Bastón, es muy posible que de ahí pueda salir algo interesante, como así fue. Un proyecto que, por cierto, deshizo entonces Fernando Vidal junto a Richard Barral, que ahora “dirigen el club” y se cargaron al técnico de Castrofeito en el verano de 2014 a las puertas del estreno en Primera cuando el míster criticó su política de fichajes. La segunda muerte del adiestrador llegó el pasado enero, esta vez con la hoja de resultados como guillotina pero a manos de los mismos verdugos.



Por el contrario, si te empecinas en creer que en las catacumbas del fútbol nacional vas a ganar solo por el nombre y sin bajarte del autobús, como decía el maestro Helenio Herrera, las cosas salen como salen. Si un club cree que puede armar un equipo en Segunda B a base de talonario, con gente como Beauvue, Borges o Miku, jugadores que además de estar de vuelta y media no saben lo que es jugar en esa división, ocurren cosas como el penalti de Keko o el despeje de Abad. El resultado final es una plantilla descompensada, una hinchada desesperada y una nave a la deriva. Y si no, que se lo digan a Racing de Santander, Murcia, Hércules, Recreativo de Huelva… equipos que no recuerdan lo que es la vida fuera del pozo y que como los herculinos parecen perder el mismo tren del ascenso, lo que prácticamente los condena a perder otra categoría con la reestructuración de la Segunda B el año que viene. 


Desde luego esa no es la dirección, y Abanca, propietaria del club –un banco es dueño del Deportivo, ojo-, parece haber dicho basta ante tanto naufragio. Hasta ahora, Escotet y los demás tecnócratas han guardado una cierta distancia, pero como con el chicharo no se juega, y viendo que el rumbo del equipo tiene más pinta de desaparición que de promoción, el empresario ha dado un golpe de timón y planea arrojar por la borda a Vidal, Barral y todos los que componen el consejo de administración, que serán los siguientes en ser pasto de los tiburones.


Lo que tampoco creo que sepa Escotet, que de financias seguramente controle pero de balompié tengo mis reservas, es que la Segunda B no es una empresa, es otra cosa. Cada partido es una batalla donde no se negocia el esfuerzo por nada del mundo. En el barro no hay sitio para los finos estilistas ni para los superclase. Esta es la división de los Joselu, Pato Guillén o Borja Yebra, jugadores cuyo talento solo es superado por su trabajo diario. Bien harían los aficionados, aquellos que berrean cada fin de semana en Twitter recordando tiempos mejores, en recordarle estos nombres al consejo de administración entrante y en dejarles claro que esto no es la Champions, que se olviden de creer que el Deportivo de La Coruña es una compañía y que se centren en lo verdaderamente importante: ¡Que es la Segunda B, estúpidos!

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