José Carlos Gómez, el afilador que pudo ser maestro

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JosecarlosgomezafiladorhorizJosé Carlos Gómez, en la puerta de su negocio. //Foto: cedida


Inevitablemente, algunas tradiciones familiares nos marcan para siempre. De nuestros padres heredamos a menudo su experiencia en los devenires de la vida, que nos ayudan a encontrar nuestro propio camino.


José Carlos Gómez, afilador, sigue al frente del negocio que su padre puso en marcha en Pontevedra a principios de los 50. Pero no fue su primera opción. Aprovechó la oportunidad que tuvo para estudiar y se hizo maestro.


Trabajó de educador en el colegio de la ONCE un tiempo y, tras intentar ganarse la vida con otros oficios, decidió seguir los pasos de su progenitor y sacar adelante la Cuchillería Gómez, en la zona histórica de Pontevedra, desde donde nos atendió.


-¿Viene usted de una familia de afiladores, pero hasta cuando se remonta la profesión?


Mi abuelo por parte de padre era afilador, de toda la vida, y trabajó en Vilagarcía durante años. En aquel momento no tenía un local establecido, sino que estaba fuera, frente al mercado de abastos. Con él empezó.


-¿Y usted aprendió la profesión de su padre o su abuelo?


Yo aprendí la profesión de mi padre. Él trabajó de afilador muchos años, incluso se marchó a Portugal con la guerra y siguió con el oficio allí, pero luego volvió para España y se estableció aquí en Pontevedra, donde nací yo.


Así que desde muy pequeño he mamado la profesión, lo llevo en la sangre desde siempre. Aunque en principio mi orientación no era hacia esto, al final caemos en la tradición familiar.


-¿Prefiere los métodos tradicionales, como la rueda que todos tenemos en mente, o las herramientas de ahora?


Hoy por hoy no se podría hacer el trabajo con las ruedas de afilar que había antes. Para despachar la cantidad de cuchillería que llega hoy sería imposible, porque es una herramienta más rústica que tienes que mover de forma manual con un pedal.


Hoy existen otros métodos, que hay que saber utilizar, eso sí, porque la piedra va más revolucionada que la que movías con el pie. Así que, si no tienes la precaución suficiente, la práctica y la experiencia, terminas por destemplar el cuchillo o las tijeras y no se sujeta el corte.

"Desde muy pequeño he mamado la profesión, lo llevo en la sangre desde siempre."

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-¿Entonces a día de hoy se afila mejor, pero también más?


Se afila mejor porque no es igual mantener el pulso en condiciones cuando te estás moviendo dándole al pedal de una rueda, sin estar sujeto al suelo, que con una piedra que va en un eje fijo. Con esta estabilidad puedes hacer lo que llamamos nosotros la media caña, el desbaste, igualado de adelante a atrás sin hacerle raspas arriba y abajo, que es lo que le suele ocurrir a la gente que no sabe afilar.


Porque hay mucha gente que se dedica a esto que además de no saber hacerlo bien, cobran una barbaridad. Son personas que no aprendieron bien el oficio y no lo pueden hacer como un profesional.


-¿Hay relevo familiar o han surgido otros caminos?


No hay relevo en mi negocio, a menos que alguien quiera venir y tenga la paciencia de aprender, que lo veo difícil. Hoy por hoy la gente no está dispuesta a perder mucho tiempo en aprender la profesión, porque hoy se trata de ganar dinero por la vía rápida y esto es algo que requiere dedicarle esfuerzo y que alguien que sepa te diga cómo hacerlo.


-Usted iba encaminado hacia la Educación antes de seguir la tradición familiar. ¿Como recuerda su etapa como educador en el colegio de la ONCE?


Recordar aquella etapa es bonito. Pero yo era un tío joven de veintipocos años y teníamos un régimen de internado, viviendo dentro del colegio. Y en ese momento cuando eres joven y estás sujeto... fue una etapa de transición pero yo lo recuerdo como bueno haber vivido allí.

"Cosas tan básicas como atarse los zapatos parecen sencillas, pero es muy difícil para una persona que no es vidente." 

-¿Había muchos alumnos estudiando en ese colegio?


En aquel momento había sobre 180 niños internados, unos con un poco de visión y otros sin ninguna, distribuidos en varias aulas según la edad. Y nosotros, como educadores, desempeñábamos labores distintas de lo que eran los estudios, las clases. Entre ellas, cosas tan básicas como enseñarle a atarse los zapatos, que parece sencillo, pero es muy difícil para una persona que no es vidente.


-Supongo que aprendió usted a leer y escribir en braille...


En ese momento había que aprender a leer y escribir como ellos porque tenías que hacer la prolongación de lo que eran las clases, ayudarles a hacer los deberes. Así que los que estábamos en ese momento allí, que éramos 6 o 7 educadores, aprendimos a manejarnos para poder hacer nuestro trabajo.


Y eso nos lo enseñaron allí en la ONCE. Además, lógicamente, al estar conviviendo estás inmerso en ello. Es más, como había una biblioteca del colegio teníamos acceso a los libros. Y al hacer también labores de biblitecario, para localizar los volúmenes tenías que leerte las carátulas de los libros.


Ya, al final, de tanto practicar, casi aprendíamos también por el tacto, como lo hacen las personas con problemas de visión.


-¿Hoy en día aún se podría defender?


Creo que sí. Estamos hablando de que fue hace muchos años, más de 40, pero debe ser como andar en bicicleta, algo que aprendes cuando eres joven y no se te olvida más. Habría que practicar y ciertas cosas como letras acentuadas a lo mejor se te van un poco en el olvido, pero sí que me pondría a ello.


Dejamos la conversación para no hacer esperar a los clientes y me despido de él con la impresión de que sus palabras son tan firmes como su pulso. Él, por su parte, nos deja con una frase que nace de esa sabiduría que da la experiencia: "¡A luchar y a darle duro!".

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