La 'vieja escuela' soy yo cuando gobierno, y tú cuando molestas

Carmen P. Flores

“Eres de la vieja escuela”. Con apenas cinco palabras, ciertos actores políticos han convertido una expresión coloquial en un arma de desprestigio. La frase, que en apariencia alude a prácticas anticuadas de amiguismo, tráfico de influencias y favores cruzados, se ha transformado en un sello de pureza moral… para quien la pronuncia. Pero detrás de este disfraz retórico se esconde una contradicción estructural: la misma “vieja escuela” que se denuncia en el adversario se reproduce, con mayor precisión, en los círculos íntimos del que habla.

Decir que alguien es “de la vieja escuela” ya no describe una metodología política; es un juicio de valor empaquetado como sentido común. Se usa para pintar al rival como una reliquia de un sistema viciado, mientras el emisor se coloca, tácitamente, en el bando de la modernidad ética. Sin embargo, la experiencia reciente demuestra que el cambio de discurso rara vez va acompañado de un cambio de prácticas. La “vieja escuela” no ha desaparecido; solo ha aprendido a cambiar de idioma, de vestimenta y de narrativa. Lo que antes se llamaba “compadreo”, hoy se disfraza de “gestión eficiente”; lo que era “favor político”, ahora se vende como “lealtad institucional” o “continuidad administrativa”.

El verdadero problema no es la existencia de redes de influencia, inevitables en cualquier sistema humano, sino la hipocresía selectiva. Cuando un político señala con el dedo a sus opositores u otras personas por “ser de la vieja escuela”, pero simultáneamente coloca a familiares en cargos de confianza, premia a militantes con contratos públicos o blinda a allegados con decisiones administrativas, no está combatiendo el problema: lo está privatizando. La honestidad deja de ser un estándar colectivo para convertirse en un recurso de marketing electoral. ¿De verdad que esas prácticas ya se abandonaron? Bastaría con revisar las actas de nombramientos directos, las licitaciones sin concurrencia pública, los departamentos creados ad hoc para absorber militantes o el uso de asesores externos con nómina municipal y vínculo partidista. Si hablamos del trato de favor a medios de comunicación, las preferencias de los que controlan el "poder" son vergonzosas. Lo hacen con el dinero de todos, aunque a todos no los trata con el mismo rasero. Ese que debería ser ejemplar. Los ejemplos sobran; lo que falta es voluntad para aplicar la regla al primero de la fila. La honestidad no se mide por la intensidad del grito, ni por sus palabras, sino por la coherencia de los actos.

Esta dinámica tiene un costo silencioso pero profundo: la erosión de la confianza ciudadana. Cuando la población percibe que la moralidad es un discurso estacional, adaptado a conveniencias y campañas, el cinismo se instala como defensa psicológica. Los ciudadanos dejan de creer en la política no porque sean apáticos, sino porque han aprendido a leer entre líneas. Y en ese vacío de credibilidad, gana el que mejor actúa, no el que mejor gobierna. La democracia no se debilita solo con la corrupción evidente; se desangra con la corrupción normalizada, con la que se esconde tras frases hechas y gestos de indignación performática.

La honestidad no se declara; se demuestra con hechos auditables, con transparencia estructural y con la renuncia al privilegio cuando este entra en conflicto con el interés público. Se practica publicando declaraciones de bienes verificables, convocando concursos abiertos con criterios técnicos, limitando mandatos para evitar la perpetuación y sometiendo a los propios aliados a la misma vara de medir que se exige al rival. Mientras sigamos usando “vieja escuela” como un espejo que solo refleja al otro, seguiremos atrapados en el mismo círculo vicioso. Quizá sea hora de dejar de etiquetar y empezar a exigir.

Porque la “vieja escuela” que algunos dicen ya no practicar tiene, a menudo, rostro propio: el de quienes llevan décadas anclados en el mismo sillón, acumulando treinta y nueve años de cargos municipales, veintidós de ellos como alcalde. ¿Se pretende alcanzar hitos de permanencia que solo recuerdan a épocas donde los puestos no tenían fecha de caducidad democrática? A eso, con nombre y apellidos, se le llama perpetuación. No renovación. Para dar lecciones de ética, lo primero es predicar con el acta de defunción de los privilegios. La teoría de la honestidad se escribe fácil en un mitin, pero se practica cerrando puertas a los cuñados, abriendo pliegos a la competencia y aceptando que el poder es un préstamo ciudadano, no un patrimonio familiar.

Como reza un viejo dicho del sindicalismo (auténtico) de raíz: “El ejemplo no es lo principal para influir en los demás, es lo único”. La política del futuro no cabrá en eslóganes trillados; exigirá, por fin, que la ética deje de ser un accesorio de campaña y se convierta en un hábito de Estado.

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