Muere en Urgencias esperando tres horas que la vea un médico, el SERGAS de Ferrol pide disculpas
La saturación que sufren los hospitales de Galicia este invierno se acaba de cobrar su primera víctima mortal. El hijo de la fallecida denunció ayer que el SERGAS ni siquiera le ha dado las condolencias. Hoy el gerente del CHUF ha pedido desculpas, añadiendo que el desenalce probablemente era inevitable.
La grave crisis que atraviesa la sanidad pública gallega ha cobrado rostro humano en el Área Sanitaria de Ferrol. La muerte de una anciana de 87 años en los pasillos del Complexo Hospitalario Universitario de Ferrol (CHUF), tras más de tres horas de espera, sin cuidado médico alguno y sin la intimidad necesaria para una despedida digna, ha desatado una ola de indignación.
El relato de lo sucedido el pasado domingo pone de manifiesto las costuras abiertas de un servicio de Urgencias desbordado. La familia de la fallecida, vecina de una residencia de ancianos en Laraxe en Cabanas, ha decidido no callar ante lo que consideran una atención degradante. Según la denuncia interpuesta, la paciente, enferma de cáncer, pasó sus últimos momentos en una camilla ubicada en una zona de tránsito, rodeada de extraños y sin recibir ningún cuidado médico .
Alberto Miramontes, hijo de la mujer y quien ha elevado tres reclamaciones formales ante el Servizo Galego de Saúde (Sergas), describe en La Voz una secuencia de hechos desgarradora.
Su madre llegó derivada por el 061 poco después de las dos de la tarde, presentando un cuadro severo que incluía fuertes dolores abdominales y la ausencia de orina, conocida técnicamente como anuria. A pesar de la gravedad evidente y el sufrimiento visible de la paciente, la atención médica efectiva no llegó nunca . Alberto relata que los médicos de urgencias estaban tan saturados que en un momento salió un galeno a la sala de espera y dijo a los pacientes que esperaban que aquel que no estuviese enfermo "de verdad" se marchase.
Un sistema de prioridades que no funciona
Lo que agrava la sensación de desamparo en este caso es que la paciente contaba con la tarjeta sanitaria Doble A (AA). Este distintivo, diseñado específicamente por la administración sanitaria para proteger a los colectivos más vulnerables —como personas con demencia, gran discapacidad o autismo—, debería garantizar teóricamente una atención preferente y la minimización de los tiempos de espera en las áreas de urgencias. Sin embargo, en la práctica vivida ese domingo en Ferrol, el protocolo parece haber quedado en papel mojado.
Según el testimonio del hijo, tras un triaje inicial y una toma de constantes vitales, su madre fue devuelta a la sala de espera general y posteriormente colocada en un pasillo, sin que se le administrase ningún tipo de calmante, nebulización o terapia para mitigar el dolor. La espera se prolongó durante más de tres horas en las que el deterioro de la anciana fue progresivo y visible. La denuncia subraya la impotencia de ver cómo un ser querido se apaga sin asistencia, mientras los profesionales sanitarios, desbordados, priorizaban otras urgencias en un entorno de saturación absoluta.
La respuesta que recibió la familia en aquel momento por parte del personal médico ilustra la precariedad con la que se trabaja en la primera línea de la sanidad gallega. Un facultativo llegó a admitir, según relata el denunciante, que el servicio estaba colapsado, con apenas cuatro médicos para atender una avalancha de pacientes, sugiriendo incluso que aquellos que no estuviesen graves regresaran a sus casas. Esta confesión de parte constanta que el problema no es la falta de pericia de los trabajadores, sino la insuficiencia de recursos humanos y materiales para afrontar la demanda real de la población.
El SERGAS habla de "inevitable" desenlace
Desde la gerencia del Área Sanitaria de Ferrol, la respuesta institucional ha llegado tarde. Hoy, dos días después del fallecimienot. Ha seguido el guion habitual en estos casos: lamentos, disculpas y justificaciones técnicas.
Fernanda López Crecente, gerente del área, ha querido transmitir sus condolencias a la familia y ha pedido perdón públicamente, atribuyendo el incidente a una situación puntual de elevada sobrecarga asistencial.
No obstante, la versión oficial intenta matizar lo que aparenta ser una negligencia médica alegando que, en el momento del ingreso, los controles hemodinámicos de la paciente ofrecían valores dentro de la normalidad, una afirmación que contrasta con el estado agónico descrito por el hijo.
Además, la dirección del hospital sostiene que el fallecimiento, ocurrido en el entorno de las cinco y media de la tarde, era probablemente inevitable dada la fragilidad de la paciente, su avanzada edad y las múltiples patologías previas que padecía. Se escudan en que se trataba de una situación clínica terminal muy evolucionada. Sin embargo, este argumento no logra aplacar la crítica principal de la familia: no se reclama la curación si era imposible, sino el derecho a una muerte con cuidados médicos, en un box privado y con el acompañamiento adecuado, no en un pasillo.
El cruce de horarios también es punto de fricción. Mientras el Sergas cifra la primera atención a las 14:39 horas, la familia asegura que la asistencia médica real no llegó hasta que la mujer dejó de responder, pasadas las cinco de la tarde, más de tres horas después de la llegada al hospital.
Fue entonces, y solo entonces, cuando se procedió al traslado a un reservado, pero ya únicamente con el fin de certificar la defunción. El hijo critica que no se activara antes un protocolo de cuidados paliativos que hubiera permitido a su madre irse con paz, cuestionando si la humanidad se ha perdido entre tanto protocolo y burocracia.
La frialdad burocrática tras la muerte
Más allá del trágico desenlace clínico, el tratamiento administrativo posterior ha añadido más dolor al duelo de la familia Miramontes. El denunciante critica la frialdad del sistema, señalando que, tras presentar las reclamaciones pertinentes a través de la plataforma digital de reclamaciones del SERGAS, en el que se pueden presentar reclamaciones si se tiene firma digital o Chave365, la única respuesta obtenida durante varios días fue el silencio o notificaciones de "en trámite".
No hubo una llamada , ni una explicación cercana, ni un gesto de empatía por parte de la administración hasta que el caso saltó a la luz pública a través de la prensa ferrolana.
El CHUF: un historial de alertas rojas que va más allá de los picos de la gripe
La tragedia vivida por la familia Miramontes esta semana no es un suceso aislado en la hemeroteca sanitaria de Ferrol, sino más bien el último capítulo de una crónica de tensión que los sindicatos y usuarios llevan años denunciando. El Complexo Hospitalario Universitario de Ferrol (CHUF), y concretamente su hospital de cabecera, el Arquitecto Marcide, se ha convertido en un punto caliente de la conflictividad laboral y asistencial en Galicia. Si echamos la vista atrás, la Junta de Personal del área sanitaria ha protagonizado numerosas concentraciones a las puertas del centro, alertando de que la falta de personal no es coyuntural, sino un mal endémico que pone en riesgo la seguridad de los pacientes.
En los últimos ejercicios, las denuncias públicas de los sidicatos han señalado reiteradamente la existencia de pacientes aparcados en los pasillos, una práctica que los profesionales denominan "pasillismo" y que vulnera el derecho a la intimidad, convirtiendo zonas de tránsito en improvisadas salas de hospitalización sin los recursos técnicos adecuados. En 2022 los trabajadores denunciaron que era habitual esperar 24 horas en un pasillo con el ingreso firmado antes de que subiesen a planta los pacientes.
La situación se agrava cíclicamente no solo con la llegada de la gripe estacional, sino también en periodos estivales o festivos donde el cierre de camas en planta provoca un cuello de botella en Urgencias. Los facultativos han explicado en múltiples ocasiones que el colapso de la puerta de entrada se debe, en gran medida, a la imposibilidad de drenar pacientes hacia las plantas superiores por falta de espacio físico habilitado y de enfermería.
Este bloqueo funcional ha llevado a situaciones límite donde las ambulancias han tenido que esperar en la rampa de acceso por falta de camillas disponibles en el interior, o a pacientes que han permanecido más de 24 horas en observación esperando un ingreso que no llega. Las reclamaciones por demoras excesivas en el triaje y la atención médica se han acumulado en los registros de atención al paciente.
Aunque el foco está ahora puesto en Ferrolterra, la fotografías de colapsos periódicos se repiten en el resto de grandes hospitales del Sergas. El Complexo Hospitalario Universitario de A Coruña (CHUAC) ha sido escenario habitual este invienro, con decenas de pacientes hacinados en las zonas de observación. En Santiago de Compostela, el CHUS también ha vivido episodios negros recientes, con más de 40 pacientes esperando una cama este lunes, por ejemplo.
En Vigo, el Álvaro Cunqueiro, la situación ha llegado a tal punto que el personal de urgencias realiza paros de cinco minutos cada tarde para protestar.
Este panorama generalizado sugiere que lo ocurrido en Ferrol responde a un modelo agotado a nivel autonómico, donde la Atención Primaria, primer dique de contención, ha dejado de filtrar eficazmente, provocando que las urgencias de los hospitales se conviertan en el único refugio, a veces trágico, para una población cada vez más envejecida y que requiere más cuidados de un sistema púlico de sanidad que hace aguas por todas partes.
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