No somos antivacunas

Alicia Capilla
Alicia

Presidenta AAVP (Asociación de Afectadas por la Vacuna del Papiloma)


Tras el veto en Vigo a una charla organizada por la eurodiputada gallega Lidia Senra, en la que daba voz a la Asociación de Afectadas por la Vacuna del Papiloma (AAVP) y la desacreditación de nuestra asociación en algunos medios de comunicación, queremos manifestar que la Asociación de Afectadas por la Vacuna del Papiloma (AAVP), no es un movimiento “antivacunas”, si lo fueramos, no nos habríamos vacunado.


Cuando en el año 2007 se tomó la decisión de incluir la vacuna a cargo del sistema sanitario público, muchos profesionales de la salud decidieron expresar su oposición a través de un documento: “Razones para una moratoria en la aplicación de la vacuna del virus del papiloma humano en España ”. El documento, rápidamente apoyado por más de 10.000 profesionales, ponía de manifiesto el alto precio de la vacuna y las dudas más que razonables sobre su capacidad y eficacia en comparación con las prácticas preventivas ya existentes.

A pesar de las advertencias de dicho documento, la vacuna del Papiloma se incluyó en el calendario de vacunaciones de nuestro país en el 2008, por lo que las adolescentes de 14 años de edad comenzaron a vacunarse en otoño de ese mismo año.


Nuestro drama comenzó en febrero de 2009, cuando dos adolescentes valencianas tuvieron que ser hospitalizadas afectadas por los efectos adversos de la vacuna contra el Virus del Papiloma Humano. Desde entonces, otras muchas niñas y jóvenes los padecen -exigiendo que se les escuche- o permaneciendo en el anonimato.


Negar la obviedad de que todos los medicamentos pueden provocar efectos adversos es, cuanto menos, una necedad. Las autoridades sanitarias negaron entonces -y continúan negando- que la vacuna fuera la causa de los graves problemas de salud que padecían las niñas.


Este no reconocimiento, nunca se debió a la ignorancia de quienes lo sostuvieron, sino más bien a otro tipo de intereses poco altruistas, que la Justicia tendrá que investigar en algún momento.

Si la ignorancia no es admisible como pretexto, aún lo es menos el trato vejatorio y denigrante que, incomprensiblemente, recibieron las víctimas y sus familias en el hospital, por no hablar de la infamia, hábilmente difundida, de que las niñas estaban simulando.


Nunca antes nos hemos sentido tan discriminadas como mujeres. Que las mujeres, por el hecho de serlo tengamos que aguantar que nos tilden de histéricas es algo que en pleno siglo XXI no se puede consentir, pero que se utilice además este sambenito como argumento científico es algo realmente inaudito. Nunca antes nos hemos sentido tan desprotegidas y tan engañadas. Sin escrúpulo alguno elaboraron un documento lleno de contradicciones con el que zanjaban “el asunto” sin tener que verse en la tesitura de explicar a los ciudadanos que se habían equivocado y, al mismo tiempo, silenciaban las voces de muchos médicos que ya empezaban a manifestar sus reticencias respecto a la conveniencia de administrar esta vacuna a las niñas, reticencias con las que ponían en serio peligro la pervivencia de lo que se había previsto como un fructífero negocio. Era evidente que teorías como la de la “psicogenia masiva” o la de la “enfermedad latente”, que tan oportunamente se habían sacado de la manga, no terminaban de cuajar en un colectivo formado científicamente.


Durante estos diez años, las jóvenes y las familias hemos tenido que soportar un calvario. Al principio, los primeros casos (los de Valencia) parecían ser únicos en el mundo, pero no eran casos únicos y ellos lo sabían. No había más que consultar las notificaciones que se habían cursado tanto en nuestro país como en otros países (informes VAERS, Agencia Europea del Medicamento) antes de los casos de Valencia.


En el porqué de esta gran mentira, y en la constatación de que no tenían ninguna intención de reconocer algo tan simple como que un medicamento provoca efectos adversos, está el origen de nuestra asociación.


La Asociación de Afectadas por la Vacuna del VPH nace, por lo tanto, por la ineficacia de los responsables de la sanidad, que en ese momento tenían el deber de velar por la salud de nuestras hijas, y que optan por mirar hacia otro lado para zanjar un problema, que temen les estalle entre las manos.


Así pues, nos encontramos ante una situación incomprensible en un estado de derecho: elevar a razonamiento científico lo que no es más que un prejuicio reprobable e impropio de sociedades, que como la nuestra, aspiran a la verdadera igualdad.


Ser mujer no puede ser en ningún caso justificación para estigmatizar a las enfermas. Merecemos y exigimos el mismo trato que se le daría a un hombre si estuviera en la misma situación, aunque mucho nos tememos que si esta vacuna se hubiera administrado a los niños, y les hubiera afectado en la misma medida, la consideración habría sido otra. A nadie se le hubiera ocurrido justificar los efectos adversos de un medicamento diciendo que los niños tenían psicogenia masiva.


Desde el año 2009 hemos solicitado a las Autoridades Sanitarias de nuestro país que se informe a los ciudadanos de los posibles riesgos de las vacunas del papiloma, que se realice una farmacovigilancia efectiva y se reconozcan los efectos adversos que nuestras hijas han padecido tras recibir estas vacunas. Desgraciadamente se nos ha ignorado como colectivo. Primero diciendo que esta vacuna no produce efectos adversos, después argumentando que somos las víctimas las causantes de nuestras enfermedades, y por último llamándonos antivacunas.

Nuestra experiencia no es un caso aislado, todas las víctimas de este país vivimos una situación de desamparo y abandono: se nos ningunea, se nos estigmatiza, se nos descalifica llamándonos antivacunas e histéricas. Todo ello porque nadie quiere asumir responsabilidades.

Los datos están ahí, accesibles en las bases de datos de diversos países para todos aquellos que tengan la curiosidad de saber si lo que nos cuentan es verdad.


En el último informe que la Agencia de Medicamentos y Productos Sanitarios nos ha remitido -adjuntamos informe-, aparecen datos que nadie debe desdeñar, ni pasar por alto. Desde la inclusión de las vacunas del Papiloma en nuestro país en el 2008, se han registrado hasta ahora un total de 1.283 notificaciones. Ya que las afectadas suelen sufrir más de un efecto adverso se eleva a 3.832 el número de reacciones hasta junio de 2018. Es importante mencionar que el 43% de las notificaciones registradas en el primer semestre de 2018 son casos graves.


En cuanto al criterio de gravedad, el Ministerio de Sanidad considera un caso notificado grave en aquellas situaciones que: ocasione la muerte, pueda poner en peligro la vida, exija hospitalización del paciente o la prolongación de la hospitalización ya existente, ocasione una discapacidad o invalidez significativa o persistente, o constituya una anomalía congénita o defecto de nacimiento.


Tampoco podemos obviar que en nuestro país hay 7 notificaciones con desenlace fatal.


En la base de datos de la Agencia Europea del Medicamento (EMA) http://www.adreports.eu/ figuran las notificaciones registradas hasta noviembre del 2018 con las tres vacunas del papiloma que existen en el mercado, Gardasil tiene un total de 16.720 notificaciones de reacciones adversas, Gardasil 9 1. 956, mientras que Cervarix tiene 6.983. Llama la atención las más de 300 notificaciones de reacciones adversas con desenlace fatal registradas en dicha base de datos.

Exigir que las Autoridades Sanitarias de nuestro país actúen con la debida diligencia apoyando a las víctimas, realizando una labor de farmocovigilancia efectiva e independiente e informando a los ciudadanos de los posibles riesgos que una práctica médica puede acarrear en personas sanas, no significa que seamos antivacunas.


Desde nuestra asociación no dudamos de que las vacunas constituyen una de las medidas sanitarias que mayor beneficio ha producido y sigue produciendo a la humanidad. Previenen enfermedades que antes causaban grandes epidemias, muertes y secuelas, por esa razón nos vacunamos. Pero tampoco podemos olvidar que las vacunas se aplican a personas sanas y no pueden acarrear mayores problemas de salud que el que intentan evitar y que cuando éstos se producen – como con cualquier otro medicamento- el Estado tiene la responsabilidad y la obligación de apoyar y de ayudar a las víctimas.


Muchas veces oímos que el beneficio de las vacunas del papiloma es mayor que el riesgo. Pero, ¿quién asume el riesgo? y ¿ quién se lleva el beneficio?. Estas preguntas tendrán que contestarlas ustedes mismos, lo que sí que les podemos garantizar tras nuestra experiencia, es que si su hija, hermana, sobrina, nieta, prima… tuviese la desgracia de sufrir efectos adversos, no tendría el apoyo de nadie. Además, si lo denunciaran serían acusados de “histéricos” o “antivacunas”.


Todos tenemos una parte de responsabilidad. Los padres debemos denunciar los abusos que se hacen a nuestros hijos, las autoridades sanitarias deben cumplir con sus obligaciones, porque están al servicio de los ciudadanos, y los medios de comunicación no pueden quedarse impasibles ante los atropellos que sufrimos los ciudadanos.



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