​El amaño se paga a 2 euros y un día

Rodrigo Brión Insua

Hay una anécdota sobre los amaños en el fútbol que es maravillosa y está impregnada de un realismo mágico que, como no podía ser de otra forma, ocurrió en Colombia. En el país cafetero, hasta no hace tanto gobernado por los carteles del narcotráfico (¿a quién pretendo engañar diciendo esto?), unos caciques locales trataron en una ocasión de sobornar a un delantero para que no hiciese gol en su siguiente partido. El atacante aceptó el pago y en dicho encuentro se encontró ante la tesitura de que debía asumir el lanzamiento de una pena máxima. Colocando el cuero en el punto fatídico junto al colegiado del choque, el cancerbero rival se acercó a nuestro protagonista y le dijo: “Lánzalo a la izquierda, que yo me tiraré al otro lado”. El delantero, contrariado, le respondió: “Tírate para donde quieras, que lo voy a patear fuera”. El árbitro tuvo que intervenir para zanjar la disputa. “Tíralo fuera si quieres…pero te lo voy a mandar repetir hasta que lo marques”. Mires a donde mires, todos en el ajo. Todos untados. Y la banca siempre gana.


Y digo yo, ¿cómo no se van a amañar partidos? Si un muchacho que ha hecho toda su carrera entre Tercera y Preferente, que lo más cerca que ha estado de firmar por el Real Madrid es jugado al FIFA, se encuentra que con 36, 37, 38 o 23 años le llega un tipo y le dice: “Haz que el árbitro te enseñe amarilla en el minuto 34 y te damos 30.000 euros”… ¿cómo no va a aceptar? El pobre chaval, que tal vez vaya con la ropa de entrenar y los botines hasta la obra todos los días, tiene el año más que resuelto. El problema no es el futbolista. No. El problema está en el, a veces mal llamado deporte, negocio del fútbol.


En cuestión de apenas 10 años, las casas de apuestas han poblado las calles de cada ciudad. Ya es difícil encontrar un bar de pueblo en España en donde uno no pueda meterle 20 euros al próximo gol de Messi, o a que el Getafe hace más de 6,5 faltas en la primera parte, o a la victoria de un galgo en una carrera que se celebrará dentro de 3 minutos en un remoto canódromo de Arizona. Ya no digo la televisión y la radio, donde nos bombardean constantemente con anuncios de casas de apuestas, salones de bingo o partidas de póker. “¡Mira mira mira! ¡Juega juega juega! ¡Apuesta apuesta apuesta!”...¡todo el santo día en la mente mente mente! Lo mismo ocurre con el patrocinio de la mayoría de equipos futbol, con camisetas que se parecen cada día más a las vallas publicitarias que hay en la banda, más allá de la línea de cal. De internet…ya ni me molesto.


Esta situación de “dinero fácil al alcance de la mano” y al alcance de todos se ha convertido en un problema de primer orden, con la ludopatía acechando a cada vez más familias y desde edades cada vez más tempranas. Cuantos menores de edad no se dejan la paga todos los fines de semana apostando a que Curry hace más de 30 puntos, o que Wilder tumba a Fury antes del 5º asalto, o que el portero de un desgraciado equipo de la sexta división inglesa se comerá un perrito caliente durante un partido a lo largo de la temporada (no se rían, porque esta clase de apuestas también existen). Y ese es el problema, que se puede apostar absolutamente a todo. A todo.


Y no hay ningún tipo de control sobre quién apuesta a qué y dónde. Porque ni el camarero de turno ni la ventanita de ‘¿Eres mayor de 18 años?’ impedirá que el pequeño Timmy endeude a sus padres. Y no exagero. Lo digo porque lo llevo viendo mucho tiempo. No son pocos los amigos que aún celebran haber ganado apuestas de 300 euros cuando su cuenta sigue en rojo. Bueno, la suya y la de sus padres o su pareja, porque rara vez el culpable paga el pato.


Por eso, tal y como funciona hoy el fútbol, no soy capaz de criticar al jugador de Tercera que siendo central provoca un penalti en la primera parte, al portero que manda el balón a córner sin necesidad o al delantero que falla a portería vacía si la recompensa por la acción supera con creces a su nómina anual. Ya me parece más censurable la existencia de jugadores de primer nivel que, teniendo su vida resuelta y un palmarés tan extenso como su recorrido, venden su reputación, la de sus equipos y la de sus compañeros por 30 monedas de plata. O el presidente de turno que con la temporada perdida o ganada pacta resultados como el que cierra fichajes.


La cuestión es que todo esto es legal. No solo en España, porque es un problema del fútbol mundial y moderno. Incluso de la sociedad moderna. Las reglas del juego han cambiado y ahora, aunque de vez en cuando se detectan estos amaños, son más comunes que nunca. O tal vez no. Tal vez todo sea como ha sido siempre y lo único que ha cambiado es que la cosa se ha vuelto más mediática. Al fin y al cabo, los maletines han existido toda la vida. Pero siempre nos quedará el 12-1 a Malta…¿o no?

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