Cinco mujeres asesinadas, cuatro huérfanos y dos políticos

Rodrigo Brión Insua

Hemos perdido la cabeza. No puedo decir mucho más porque sin cabeza resulta muy difícil discurrir. Pero este mundo me resulta cada día un poco más incomprensible y extraño. Y digo el mundo porque no creo que España, con todas sus cosas, viva en una realidad muy distinta a la del resto de países. Porque la violencia de género no entiende de fronteras o banderas. No entiende de nada porque para que algo sea comprensible debe ser lógico, y la violencia de género no lo es. En siete días España ha perdido y llorado a cinco mujeres. Cinco vidas arrebatadas a manos de tres hombres. Y solo detrás de una de las víctimas había denuncias previas que, por desgracia, ya carecían de validez.


Hablando mal y claro: no hemos tenido ni 48 horas tranquilas para poder velar a las víctimas como se merecen antes de que un nuevo suceso nos volviese a erizar la piel. Algunos es posible que no tengan 48 horas tranquilas nunca más; otros tal vez tengan a partir de ahora toda la vida para llorarlas. Me refiero a los cuatro menores que esta semana tuvieron que ver con sus propios ojos cómo su padre quitaba la vida a su madre delante de ellos a tiros o a puñaladas. Cuatro personitas que desde esta semana tendrán para siempre una imborrable mancha en el alma. Los expertos dicen que ahora esos niños y niñas se enfrentan a un terrible trauma, ese que supone “una ruptura de todo su mundo, de sus esquemas mentales previos sobre sí mismos, sobre cómo es el mundo y cómo son los demás". Ninguno supera los 10 años.


Han llegado a un punto en el que los crímenes son tan habituales que incluso ha dejado de sorprendernos la frialdad con la que suceden. Disparos a quemarropa, múltiples puñaladas… Tal vez el más estremecedor sea el crimen ocurrido en Viladecans, que si bien tuvo lugar el pasado junio, se han abierto ahora las investigaciones que apuntan a un nuevo episodio de violencia de género. En este caso, una mujer sufrió una bajada de azúcar y su pareja, en vez de socorrerla, filmó con su teléfono la lenta agonía de la mujer hasta su última bocanada de aire. Ahora se investigan los presuntos malos tratos que la fallecida podría llevar años sufriendo a manos de tal vez no su asesino, pero sí su verdugo. Ni en Seven hay una escena tan macabra como la que se vivió en Viladecans.


Y mientras cavamos cinco nuevos hoyos para enterrar a las cinco madres, tías, abuelas, hermanas, amigas, compañeras, colegas y mujeres que perdieron la vida en solos siete días en este país a manos de hombres, nuestros líderes políticos no solo son incapaces de entenderse entre ellos en una cuestión tan básica como si queremos tener gobierno (que digo yo que ese era el fin por el que nos levantamos a votar aquel domingo) o regresar a las urnas por cuarta vez en cuatro años, sino que además se presentan en homenajes para honrar a las víctimas de la violencia de género para sabotear los minutos de silencio con turbias discusiones para dilucidar quién de todos es el eslabón más cercano al hombre de las cavernas, esas en las que algunos todavía siguen metidos y que abandonan de vez en cuando, pancarta en mano, para humillar a las más de 1.000 mujeres asesinadas a manos de sus parejas desde 2003, además de las miles y miles de mujeres asesinadas a manos de un hombre que no entran en las cifras oficiales porque su muerte “no encaja” con lo que dicta la ley, las miles y miles de mujeres que han logrado sobrevivir a esta lacra y a las millones de mujeres asesinadas antes de que nadie se molestase en llevar la cuenta.


Afortunadamente, la sociedad sí parece estar a la altura de la circunstancias, a pesar de la imagen dada por sus representantes electos. Las calles de distintos puntos de Galicia se han llenado esta semana para denunciar el estado de emergencia provocado por la violencia machista. En una de esas manifestaciones multitudinarias, en la de Santiago de Compostela concretamente, se pudo ver el monigote de un hombre colgado de un semáforo. El muñeco, pendido por un grupo de manifestantes con la pancarta ‘Terrorismo machista’ colgada del cuello, pretendía representar al conjunto de maltratadores y machistas. Sin embargo, aunque admito que es una performance impactante, creo que es peligroso regirse por la ley del Talión, incluso en esta clase de crímenes. No conozco ninguna sociedad que haya avanzado moviéndose al ritmo del ‘ojo por ojo’. Pido que, como sociedad, no nos pongamos a la misma altura de los maltratadores y asesinos. Que para eso ya están algunos políticos. 


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