El despotismo político y sus consecuencias

Manoel Barbeitos
Economista

En estos días pasados volvemos a tener pruebas contundentes del concepto despótico que del poder tiene el Partido Popular de Galicia (PP). Si bien es cierto que la nueva mayoría absoluta que le concedieron las urnas les permite gobernar en solitario, también parece claro que si se quiere recuperar rápidamente y con el menor número de damnificados posibles la situación que había antes de la crisis será preciso un esfuerzo colectivo, dada la dimensión de esta nueva recesión económica.



Porque el impacto está siendo brutal en Galicia, como sucede en todo Occidente. Un impacto que se refleja tanto en la caída de la producción, la actividad y el empleo, como en el creciente número de familias que tienen enormes dificultades para llegar a fin de mes y en el crecimiento de la desigualdad y la pobreza que está alcanzando cifras jamás conocidas en la democracia.


En un marco social y económico tan difícil para muchas familias gallegas cabría esperar que las fuerzas políticas dejasen a un lado sus lógicas y legítimas diferencias para buscar los más amplios consensos y así acordar conjuntamente medidas que favorezcan el crecimiento económico y la creación de empleo. Un esfuerzo que, por la cubicación en el escenario político, debería liderar el Partido Popular (PP) a través de la Xunta de Galicia. Desgraciadamente, esto no está sucediendo así. Cabalgando en su amplia y cómoda mayoría parlamentaria, y a pesar de tener una presencia minoritaria en otras instituciones políticas relevantes (Diputaciones, Ayuntamientos), el Partido Popular (PP), fiel a su matriz franquista, ejerce un despotismo, nada ilustrado, que desprecia los consensos deseables en tiempos excepcionales como este de la pandemia.


Recientemente tuvimos pruebas de lo que señalamos. Por caso, este pasado martes en el Parlamento gallego cuando el Partido Popular (PP) dejó clara una vez su preferencia por el despotismo político. Asi pudimos ver repetido el tratamiento despectivo, impropio de un presidente, que el señor Feijóo adopta con la señora Pontón, que es la jefa de la oposición. 


También tuvimos una nueva muestra de su desprecio por lo que debería ser la estrategia parlamentaria de un gobierno democrático en estos tiempos fuertemente recesivos. Por caso, debatir con la oposición sobre cómo reactivar una economía gallega duramente castigada por la pandemia buscando llegar a algunos acuerdos y consensos con la misma. Nada de eso sucedió y el gobierno gallego optó por llevar adelante en solitario, sin por caso contar tampoco con el Consejo Económico y Social de Galicia ni con los sindicatos mayoritarios, su Ley de reactivación (Ley de simplificación administrativa y de apoyo a la reactivación económica de Galicia)


Este tipo de actitudes le hacen un gran daño a la democracia pues, entre otras cosas, desprestigia y quita importancia a una institución tan básica para el funcionamiento democrático como es el Parlamento. Una institución de la que, en el momento presente, debería salir un rayo de esperanza para las miles y miles de familias gallegas que lo están pasando muy mal por la pandemia.


Me atrevo a afirmar que Galicia, muy especialmente sus clases de rentas medias y bajas que son mayoría, van a salir muy castigadas de esta nueva crisis. No será menor la responsabilidad de quien con su actitud despótica impide que se sumen voluntades y esfuerzos a favor de salvar al país, para lo cual será preciso empezar ayudando a quién peor lo está pasando, que son los miles y miles de familias, autónomos, pequeñas y medianas empresas y comercios minoristas que ven como caen sus ingresos sin que disminuyan sus gastos.


Con frecuencia tener la mayoría política en un Parlamento no significa que no haia otras fuerzas políticas que también cuentan con un importante apoyo popular por lo que, muy especialmente en momentos de extrema gravedad como ahora, deben ser tenidas en consideración a hora de la búsqueda de soluciones.


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