Galicia profunda; España superficial

Rodrigo Brión Insua

“Probe Galicia, non debes chamarte nunca española”. Más de un siglo y medio nos separan de esos versos de Rosalía de Castro, una de las plumas más brillantes del S.XIX en toda la literatura gallega y nacional. No hemos cambiado tanto. En pleno 2021, a muchos, a aquellos valientes que se atreven a cruzar Pedrafita, frontera natural entre España y el inframundo, parece causarles estupor saber que en Galicia utilizamos coches para desplazarnos y no carros tirados por bueyes, que vestimos Nike Air Force 1 último modelo en vez de ir descalzos y que vamos al supermercado a comprar leche y galletas en lugar de perseguir fieras a campo abierto como medio de vida y celebrar la caza con bailes rituales en la entrada de una caverna al calor de la lumbre. Porque a Galicia, incluso a la Galicia profunda, ha llegado el S.XXI, a diferencia de a la mente de algunas personalidades de la judicatura y la política nacional.


Porque sí, señoría, a Galicia ha llegado internet. Se lo confirmo desde un ordenador portatil y gracias al wifi que pago mes a mes religiosamente y a regañadientes. También llegaron, no hace mucho y porque lloramos, la luz y el agua -no así el AVE, por el que seguimos llorando, o el fin de los peajes, por los que lloramos en cada cabina-. Llegaron para suerte de todos, que de otra forma seguiríamos yendo a lavar al río. De hecho, seguimos yendo a lavar al río, como seguimos cultivando nuestro huerto para tener pimientos y tomates de casa, recogiendo leña para encender nuestras cocinas de hierro durante el invierno, trabajando nuestros viñedos para llenar los barriles o rastrillando la arena cuando hay bajamar. Y no se nos caen los anillos por ello, aunque esa forma de vida pueda sorprender en la Costa del Sol.


La Galicia profunda ya no aguanta más desprecios de la España superficial. Porque toda Galicia es la Galicia profunda para el de fuera, ese que cree que hay una vaca en cada esquina, que los niños y niñas están tan adoctrinados que no saben hablar castellano, que nos refugiamos en nuestras casas de barro y paja al caer la noche por miedo a las meigas y la Santa Compaña... La Galicia profunda solo existe en la cabeza de aquellos a los que Pombal tildaba de “iñorantes, e féridos e duros, imbéciles e escuros”, incapaces de ver que algunos de los artistas, deportistas, científicos, escritores y hasta políticos que tanto admiran todavía guardan un ligero deje cantarín al hablar.


A una Galicia a la que no hace tanto se la acusó de tener “madrileñofobia” ahora la acusan de no ser un entorno favorable para vivir. No dicen lo mismo nuestros datos de turismo, porque al parecer la imagen del gallego es la de un espécimen hospitalario, acogedor y que vive en un paraíso. La del veraneante, en cambio, responde a la de un ser egoísta, que se enfada al ver la carta de los restaurantes en gallego, que aparca donde le da la gana, que imita con muy poca gracia nuestro acento y que cree que la playa es suya. En realidad no. En realidad hay de todo y, como ocurre siempre en Galicia, pues depende. Hay turistas respetuosos y turistas que no saben comportarse, como también hay gallegos buenos y gallegos no tan buenos. Lo que no hay es que generalizar y hablar sin conocer.


Invito a la jueza María Belén Ureña Caraz, responsable de tan agria polémica, a colgar la toga una semana y venirse a Galicia a conocer a los dos tipos de gallegos y que compruebe que, si los desnudamos, pueden llegar a ser prácticamente indistinguibles del marbellí medio. Y ya de paso, que descubra nuestra gastronomía, nuestra literatura, nuestro arte, nuestra naturaleza, nuestras costumbres... Que vaya desde la bravura de la Praia das Catedrais a la desembocadura de la Fervenza do Ézaro, que deambule entre los hórreos de Combarro o por encima de la muralla de Lugo, que se asome a un acantilado en la Costa da Morte o se tumbe en la arena de las Illas Cíes, que levante la cabeza para ver la Torre de Hércules y la mantenga bien alta para ver la Catedral de Santiago, que salte en las hogueras de San Juan o corra con los peliqueiros. De lo alto del Monte do Gozo a las profundidades de la Ría de Arousa. De las Fragas do Eume a los balcones de la Ribeira Sacra. De Ribadeo a A Guarda. De arriba a abajo. De este a oeste. De Muros a Marbella. De la Tierra a la Luna, donde también hay gallegos. Porque ti vives no mundo, Galicia, terra miña, doce magoa das Españas. E non debes chamarte nunca española cando eres, ¡ay! tan hermosa.

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