Feminicidios, ¿es España diferente?

Luis Moreno

La historia se repite. Hace unos días en Sevilla un hombre puso fin a la vida de su “querida” pareja tras lo que parece fue una discusión acalorada y banal por la pérdida de un avión. Después de haberla asesinado, el cadáver de la mujer fue encontrado en un coche aparcado en un garaje de alquiler en el aeropuerto San Pablo de la capital andaluza. La mujer, de nacionalidad rumana al igual que el hombre detenido, se disponía a regresar a Italia donde residía. La historia se repite por vigésima vez en lo que va de año.


Es la palabra feminicidio un neologismo que se utiliza para describir el asesinato de una mujer por razón de su sexo, como forma extrema de violencia machista. La propia presidenta de la Junta de Andalucía propuso en noviembre del año pasado un pacto de estado ante los que calificaba como la mayor vergüenza social de España. Al tiempo reclamaba una respuesta para combatir todos los niveles del “terrorismo machista”.


El feminicidio es una forma extrema de la violencia machista, la cual se manifiesta en variadas manifestaciones en un país como el nuestro, que ha internacionalizado las palabras “macho” o “machismo”, las cuales son asociadas a una valoración suprema de las características masculinas y a una denigración de las femeninas. ¿Debería pensarse que el país que ha prestado sus vocablos para describir la prepotencia de la masculinidad es también escaparate de sus efectos más patológicos? ¿Es España diferente en sus relaciones de género? Habría que cualificar semejante presunción.


Resulta que en los igualitarios países escandinavos se producen las cifras más altas de violencia machista en Europa. Téngase en cuenta que, de acuerdo al Índice de Techo de Cristal (Glass-ceiling Index) son precisamente Finlandia, Noruega y Suecia los países donde las mujeres tienen un trato laboral más igualitario. Los expertos matizan, por tanto, que no es que se produzcan más casos más de violencia machista en la Europa septentrional, sino que las condiciones culturales, políticas y sociales en estos países facilitan que las víctimas identifiquen las agresiones y las denuncien. De consecuencia, las estadísticas son más reales y ‘engordan’ unas cifras que en otros países no se hacen públicas por el descrédito de su publicación.


En Italia, país parejo en sus formas de vida y rasgos socioeconómicos a España, ha causado no poco estupor la difusión de los datos de feminicidios en los últimos tiempos. Según datos de EU.R.E.S, en el período desde el año 2000 al 2011, hubo en el país transalpino 2.061 feminicidios, la mitad de los cuales se habían producido en el más “moderno” norte italiano. En 2015, se contabilizaron 152 víctimas, un número que contrasta con los 112 feminicidios y otros asesinatos de mujeres cometidos en España en ése mismo año, según datos del portal Feminicidio.net.


Hace un par de años, el redactor de estas líneas fue interpelado durante un encuentro académico celebrado en Estambul para que explicase el motivo de que hubiese tantos asesinatos de mujeres en España. En línea con lo que entonces fue mi respuesta, quisiera remarcar el hecho de que España inició desde hace años una política de no ocultamiento en lo relativo a las noticias de tan odiosos sucesos criminales. Una navegación telemática por la red para intentar obtener datos sobre la violencia en género, no sólo en países con dudosos récords en el respeto y cumplimiento de los derechos humanos, sino en los más avanzados de nuestro entorno europeo occidental, es significativa. Se evidencia la nula o poca trasparencia informativa de un fenómeno social vergonzoso para los países de la OCDE que afirman ser avanzados en su respeto a la igualdad de hombres y mujeres.


Ya un estudio internacional realizado por el Centro Reina Sofía, y elaborado en el año 2006 con datos correspondientes al 2003, se exponía que España era uno de los pocos países del mundo con datos sobre la violencia sexista. Ello permitía no sólo conocer las proporciones de esta lacra social, sino que contribuía con su impacto público a educar a la ciudadanía para favorecer su eventual erradicación. 


Los carteles institucionales que aparecían en los aeropuertos españoles sobre la violencia de género han sido causa de críticas por la exposición pública de rostros de mujeres maltratadas a viajeros de todas las nacionalidades (recuérdese que el año pasado España fue el tercer país del mundo en número de turistas con casi 70 millones).


La excelente campaña de sensibilización aeroportuaria y mediática también habrá estimulado, a buen seguro, no sólo la concienciación de las mujeres maltratadas para que presenten denuncias (el año pasado alcanzaron las casi 130.000), sino la educación de nuestros niños que preguntan por qué se mata a las mujeres y a causa de qué. En tales iniciativas de visualización públicas debe reconocerse que España ha sido –y esperamos siga siendo-- pionera y “diferente”. Y es que la ausencia de medidas educativas adecuadas contribuye a que el machismo siga calando entre los más jóvenes, según un reciente estudio de la Federación de Mujeres Progresistas.


Para nuestro Modelo Social Europeo, encarnado institucionalmente en el Estado del Bienestar, una invención europea al fin y al cabo, la igualdad de género es un logro fundamental e irrenunciable. En realidad forma parte de la propia conceptualización de la Europa social. Sociedades como las nuestras continentales, dispuestas a destapar y combatir los diversos tipos de violencia sufrida por las mujeres, deben encarar sin complejos y con decisión su desaparición mediante la educación de nuestros niños y jóvenes para que sean iguales sin atender a sus aditamentos sexuales.


Luis Moreno es Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC) y autor de “Trienio de mudanzas, 2013-15”

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