Estos días, la ciudad suiza de Davos está siendo el centro del poder económico, político y social del mundo. Toda la atención está puesta en el Foro Económico Mundial, en el que intervendrán líderes mundiales. Este encuentro llega en un momento realmente tenso, preocupante y de ruptura de las leyes internacionales, de los acuerdos entre países que siempre se han respetado, aunque no exentos de tensiones en algún momento, y ha desmantelado el orden internacional que ha estado en vigor desde la Segunda Guerra Mundial. Ha amenazado a la OTAN. Se ha retirado de organizaciones internacionales, incluido el tratado climático de la ONU, pasando por la Carta de la ONU al invadir Venezuela.
Todo ello ha sido obra de los caprichos del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, cuyos límites se los impone él mismo. Para él, los valores son los que le reportan sus empresas, que en tan solo un año de gobierno se han visto incrementadas, y de qué manera. Para el Consejo Editorial de The New York Times, Trump se ha beneficiado de su vuelta a la Casa Blanca con una cantidad de 3.000 millones de dólares, lo que significa una cantidad de dinero equivalente a 16.822 veces el ingreso familiar medio en su país. Estas cifras son las que se conocen, pero hay otras que se sospecha que están ocultas. La avaricia de Trump no tiene límites, es insaciable. Para que le cuiden sus finanzas cuenta con la inestimable ayuda de parte de su familia, a la que tiene como “empleados” en su gobierno y como recaudadores en sus viajes.
El eslogan que utiliza con tanta frecuencia, “Primero América”, lo que quiere decir es que lo primero es él, porque América es suya. El escándalo de sus ganancias le trae sin cuidado; intenta distraer al personal con sus batallas externas, de todos conocidas, y sus exabruptos, que sacan los colores a buena parte de los norteamericanos.
Su falta de respeto le lleva a publicar los correos que le envía cualquier presidente, como ha sucedido hace tan solo dos días, cuando publicó el que le había enviado el presidente Macron. O la carta que le envió el pasado domingo al primer ministro noruego, Jonas Gahr Støre, en la que le decía que las razones por las que presiona para adquirir Groenlandia es que no le fue otorgado el Premio Nobel de la Paz tras detener ocho guerras y más, y “ya no siento la obligación de pensar exclusivamente en la paz, aunque siempre será predominante, sino que ahora puedo pensar en lo que es bueno y apropiado para Estados Unidos de América”, es decir, no ha dejado nunca de pensar en sus negocios. ¿Es normal que todo un presidente de EE. UU. actúe de esta manera de niño rico malcriado? Cualquier presidente normal no, pero él no es normal.
El presidente Trump ha aprovechado su intervención en el Foro Económico Mundial, un día después del primer aniversario de su vuelta al gobierno, para presumir ante las élites de lo que ha calificado como “el milagro económico” y, de paso, ha mostrado su preocupación porque Europa “no va por buen camino”. Para señalar que otros países podrían mejorar mucho su situación si siguieran el ejemplo de Estados Unidos, ya que, según él, “ciertos países en Europa ya no son reconocibles”. Añadimos que porque no quieren dejarse humillar como lo están haciendo otros. Europa siempre ha sido un aliado importante de EE. UU., al que se le ha respetado.
Europa, desde hace unos años, afronta retos importantes: una migración significativa, sobrerregulación y el gran problema que supone el auge de los partidos de extrema derecha, a los que, por cierto, él apoya públicamente cada vez que tiene ocasión. Son muchos los estadistas y presidentes estadounidenses que han sabido la importancia del pacto entre Estados Unidos y Europa, y nunca hubieran pensado romperlo por el capricho de anexionarse Groenlandia.
Las intervenciones de algunos líderes políticos han marcado su postura frente al imperialismo. Es el caso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, quien, con la sala llena, ha pronunciado un duro discurso, lo que llevó a provocar que los líderes políticos y económicos presentes se levantaran de sus asientos para ofrecerle una ovación nunca antes vista en ninguna de las conferencias del Foro. Manifestó que se había llegado al fin de la etapa de la hegemonía estadounidense, calificando la situación actual de ruptura. Para Carney, “el orden basado en reglas se está desvaneciendo y cree que los fuertes pueden hacer lo que quieran y los débiles deben sufrir lo que ellos quieran”. Lanzó una advertencia nada descabellada: “Las potencias medias deben estar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú”.
El Foro de Davos va a servir para conocer lo que piensan los líderes políticos y económicos, a quienes les preocupa la situación de los cambios que se están viviendo. Esta edición no será una más, sino que marcará también una nueva época.
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