El fracaso permanente del soberanismo gallego

Manoel Barbeitos
Economista

Días atrás pudimos comprobar cómo, a pesar de las experiencias vividas y las evidencias positivas de otras comunidades autónomas, por caso País Vasco y Cataluña, el soberanismo gallego sigue sin ser quien de articular una oferta electoral única tal que acoja en su seno todas, o cuando menos la mayoría, las sensibilidades que, hoy por hoy, se reclaman del  soberanismo en Galicia.


Sí echamos la vista atrás comprobaremos como esta incapacidad política ha sido una constante en Galicia desde que vivimos en democracia. Una circunstancia que explica, en grande parte, el largo dominio conservador. Una incapacidad que contrasta con una realidad que pone en evidencia que en Galicia el soberanismo político tiene un espacio electoral y, por tanto, una base social relevante tal de poder llegar a ser hegemónico entre las clases populares. Desde que en los albores de la democracia se crease, en enero del 1976, el llamado  CFPG (Consejo de Fuerzas Políticas Gallegas), hasta la aparición de EN MAREA (noviembre del 2015) pasando por los períodos de liderazgo del BNG en el seno de la izquierda (1997-2001) y/o presencia de fuerzas políticas que se reclamaron del soberanismo como EG (1981-1993) o AGE (2012-2016) las evidencias de ese espacio político soberanista en Galicia son indiscutibles.


Cabe preguntarse, por tanto, que si hay espacio político para el soberanismo, ¿qué pasó para que este no haya logrado consolidarse como una alternativa de cambio como sí sucede, por caso, en el País Vasco y en Cataluña? La explicación es muy sencilla: los respectivos y alternativos cuadros y dirigentes de las distintas modalidades de soberanismo político no fueron quienes de gestionar debidamente ese espacio. No fueron quienes de gestionar el espacio por razones varias pero todas mayormente relacionadas con las características de tal espacio. Sectores relevantes del  soberanismo nunca aceptaron, y siguen sin aceptar, que este espacio es plural y diverso.


Porque el soberanismo gallego si quiere ser relevante debe tener conciencia de su pluralidad y diversidad. Resulta totalmente arbitrario pensar que existe una sola idea del soberanismo ya que en este espacio tienen cabida desde planteamientos claramente independentistas hasta los liviamente  federalistas. Una pluralidad que para ser eficaz demanda capacidad de diálogo,  respeto a las diferencias, consensos internos, lealtad mutua y un escrupuloso acatamiento de las formas democráticas tanto en los debates como en la toma de decisiones y en la representación en los órganos de dirección. No es necesario acudir a las hemerotecas para confirmar como el soberanismo gallego careció de estas premisas, lo que explica su permanente debilidad y su no menos permanente fracaso.


Fruto de estas debilidades podemos observar, en todo el tiempo que llevamos de democracia, como una de las patas del soberanismo –la más monolítica: BNG-  no es quien de salir de su laberinto.  Enquistada en una suerte de "prietalas filas" parece sentir  vértigo delante de cualquier proceso aperturista y plural. La última prueba la tuvimos en su despectiva respuesta a oferta de EN MAREA. Una respuesta que parece fruto más bien de un acervado patriotismo partidista, que tiene mucho de sectario, que de un planteamiento político sosegado y partidario de mayorías. Un comportamiento que, sin dudas, favorece y perpetúa la división en el seno del soberanismo gallego.


Pero no sería justo  culpabilizar, en exclusiva, del fracaso del soberanismo gallego a una de las partes. La responsabilidad es colectiva. Ahí están las evidencias de las múltiples experiencias políticas soberanistas que fueron brotando en todos estos años de democracia y que, en la mayoría de los casos tuvieron una vida más bien efímera. Los casos de EG y AGE antes y ahora EN MAREA así lo evidencian. Casos que ponen en evidencia una constante del soberanismo muy destacable. Sí en contadas ocasiones llegó a articular una fuerza política y social relevante, una vez situados en la ola ascendente se despertaron los demonios cainitas y se produjeron rupturas que no tienen otra explicación que  las razones anteriormente citadas: sectarismo, falta de perspectiva política, incumplimiento de unos mínimos principios democráticos, deslealtad,  personalismo…en definitiva: falta de la talla y la visión políticas que sí muestran organizaciones soberanistas en otras comunidades como País Vasco o Cataluña.


En este marco el 10N, con toda probabilidad, asistiremos a un nuevo capítulo en la historia de los permanentes fracasos del soberanismo gallego. Mientras el País Vasco y Cataluña han legitimarán en las urnas, una vez más, la relevancia del soberanismo en sus países, Galicia dejará en evidencia que los soberanistas gallegos no tenemos su confianza. Y los/las gallegos/as tendrán, por las razones apuntadas, toda la razón para esa desconfianza.

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