​El apocalipsis era esto

Rodrigo Brión Insua

El apocalipsis era esto. El apocalipsis es quedarse en casa con tus padres. El apocalipsis es mirar por la ventana. Es ir de la nevera al salón, del salón a la cama y de la cama a la nevera. Es dar toques con un rollo de papel de wc, y subirlo a internet, y pelearte con tu hermana por ser el próximo en sacar la basura o ir a por el pan. El Armagedón, el tan ansiado fin de los tiempos, no era como nos lo habían pintado. Muchos llevábamos años preparándonos para esto: jugando al ‘The Last of Us’, viendo todas las temporadas de ‘The Walking Dead’, pensando qué CDs salvaríamos en una catástrofe… pero resulta que el apocalipsis no lo ha escrito ni George R. R. Martín, ni Alan Moore, ni mucho menos George A. Romero. Esto tiene un rollo más a lo Mortadelo y Filemón. Y es que el guion de 2020 parece que lo ha escrito Ibáñez, con bares cerrados y tintorerías abiertas.


El apocalipsis es, desde luego, al revés de cómo nos lo esperábamos. Ni siquiera tiene el relato propio de los grandes cataclismos. ¿Dónde están los edificios en ruinas y las junglas de asfalto? Por no haber no hay ni hordas de zombies ni grupos de moteros renegados. Como mucho uno puede sentirse como Will Smith en ‘Soy Leyenda’ si encuentra un motivo justificado para ir en coche por las autopistas vacías. No, esto no es como en las películas. Esta hecatombe se parece más a un 1 de enero a las 10 de la mañana que al fin de los días: poca gente por la calle, sin querer volver a casa, sorteando algún que otro trabajador esforzado en mantener limpias las calles y aprovechando los últimos segundos antes de regresar al hogar, donde ya está guardado todo el mundo, la mayoría tumbado en cama comiendo techo y sin saber muy bien qué hacer.


Atrapados en nuestras jaulas de comodidad, el tedio se ha convertido en otro compañero de vida más. Ahora que las terrazas están cerradas, los parques vacíos y con cada hora convertida en la tarde de un domingo de invierno sin fútbol, recordamos con nostalgia el mero hecho de tomar un café por la tarde o regresar andando a casa del trabajo. Instantes fugaces que ahora nos hemos visto forzados a dejar de lado en un paréntesis que no sabemos cómo llenar. Pero no nos engañemos: ni antes éramos Indiana Jones, al que le cuesta una barbaridad parar por casa, ni ahora somos Robinson Crusoe, atrapados en una isla desierta sin más compañía que los cocoteros. Leer, ver películas o compartir un poco de nuestro tiempo con nuestras familias es algo que podemos hacer con y sin virus mortales. El problema es que ha tenido que llegar una pandemia para descubrirnos algo tan sencillo como la compañía (y la falta) que puede hacer un buen libro o que pasarse un viernes en casa no mata a nadie. ¡Que no digo todos, eh! Pero alguno…


Esta cuarentena ha servido para descubrir ciertas cosas que o no podíamos o no queríamos ver. En mi caso, por ejemplo, lo mucho que me gustaría pasar más tiempo con mi amiga Lya, confinada en su piso de Madrid y a la que con suerte puedo ver una vez al año y saber de ella cada tres meses, o la fortuna que tiene mi amigo Diego, con el que me metía por vivir en un pueblo de dos casas perdido en los montes asturianos, y que ahora puede pasar la cuarentena paseando libremente entre árboles y riachuelos, o lo mucho que se puede añorar poder salir a correr y llegar a casa arrastrando los pies, con la lengua de fuera, empapado en sudor y preguntándote quién coño te mandó a ti meterte en eso del deporte y la salud. Curioso cómo algo que antes te obligabas a cumplir ahora que no se puede hacer parece lo más apetecible del mundo.


Del mismo modo también nos ha ayudado a recordar lo importante que es tener una sanidad pública, de calidad, con medios y personal suficiente. Todos esos trabajadores de hospitales y centros de salud cada día al pie del cañón. Y no hablo solo de personal médico y de enfermería: hablo también de conductores de ambulancia, celadores, personal de atención telefónica, limpiadores…todos aquellos indispensables que trabajan en la sombra. Lo mismo para aquellos que día a día salen a atender en los supermercados, los miles y miles que se hacinan en las fábricas o los transportistas que se aseguran que no nos falte de nada, aunque muchos crean que los espaguetis están en peligro de extinción y se afanan en hacer acopio de paquetes de pasta llenando el carrito hasta límites absurdos y grotescos. Cada trabajo cuenta; cada empleo es valioso; nadie es menos que nadie.


Incluso los trabajadores de la ORA, que hasta a las puertas del juicio final se ven obligados a seguir multando a aquellos que tienen el ticket del aparcamiento caducado por cinco minutitos. Porque aun en un estado de alarma la constitución de los parquimetreros impera por encima de todo. Una de tantas incongruencias y disparates que nos deja nuestro primo el coronavirus. Qué pena que Cuerda ya no pueda ver esto. Te fuiste muy pronto maestro, porque te iban a salir unas pelis preciosas y fantásticas para ver en el próximo fin del mundo. 

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