Defendamos la sanidad pública y el bocadillo de mi padre

Rodrigo Brión Insua

Rodrigo Brión Insua (A Pobra do Caramiñal, 1995). Grado de Periodismo en la Universidad de Valladolid (2013-17). Redactor en Galiciapress desde 2018. Autor de 'Nada Ocurrió Salvo Algunas Cosas' (Bohodón Ediciones, 2020). 

En Twitter: @Roisinho21

Estoy organizado la agenda del día siguiente mientras ceno con mis padres. Pienso en que mañana tengo una entrevista por teléfono muy temprano, que luego tengo que ir corriendo a la redacción y que, a eso de las 15:30 horas, tengo otra entrevista, esta vez presencial, en la otra punta de la ciudad, por lo que tendré que pasar el día con el café del desayuno y poco más. “No creo que mañana tenga tiempo a comer nada”, les comento mientras apuro un trozo de tortilla de mamá. Mi padre no lo tiene mucho mejor. “Yo, con suerte, mañana me como un bocata”. Eso solo puede significar que ha podido llevar su sesión de quimioterapia.

 

Si mis padres están un miércoles durmiendo en mi piso de Santiago de Compostela es solo para evitar el madrugón de tener que acudir al día siguiente a la consulta de oncología en el CHUS. Allí mi padre, como tantísimos gallegos, recibe el tratamiento indispensable para combatir el cáncer. Si todo sale bien, los análisis dirán que tiene las defensas lo bastante altas para ir a la silla, donde recibirá, además de una buena dosis de tratamiento capaz de tumbar a un miura, un bocadillo para reconstituir esas fuerzas que tanto necesita.

 

Mi padre ha tenido suerte. Relativa, si tenemos en cuenta que de lo que hablamos es de cáncer. Al menos, en su caso fue pillado con tiempo y las previsiones no son las peores, aunque tiene que estar conectado a esa máquina cada cierto tiempo, dejándole un sabor metálico que le dura en la garganta más de lo que le gustaría. Lo malo, es que la quimio no entiende de células buenas o malas y ataca también a su sistema inmune, dejándolo echo polvo y vulnerable. Los días en los que tiene las defensas con la guardia baja, esos días, no toca bocata, que queda guardado una semana en el cajón. Esos días sin bocadillo son los peores, aunque pueda apretarse un cocido a cambio.

 

En el CHUS rara vez encuentras una cara familiar, aunque a veces pasa. Siempre hay gente. Siempre. Mucha. Y eso que mi padre no tiene que ir todos los días. Se pregunta cuánta gente no habrá en su misma situación en Santiago, pero también en otros hospitales de A Coruña. O de Galicia. O de toda España. Cuántos bocadillos se repartirán a diario. Cuántos se quedarán sin comer.

 

Este domingo 1 de febrero hay convocada una gran manifestación en Santiago de Compostela para defender la sanidad pública, de la mano de la plataforma SOS Sanidade Pública. Es la sanidad que cuida de papá, que detectó que algo no iba bien en un cribado, que lo derivó inmediatamente a un especialista y de ahí al cirujano y al oncólogo, que le explicaron todo el proceso con empatía y atención. Todo eso en un tiempo relativamente corto y de valor incalculable. 

 

Otros no están teniendo tantísima suerte en sus tratamientos o en su diagnóstico, porque las listas de espera en Galicia son larguísimas, porque faltan profesionales y medios, porque no se está invirtiendo lo que se debería invertir en salvaguardar un tesoro como es la sanidad pública, porque las broncas políticas parecen dirigidas a otros asuntos que poco o nada importan cuando hay tantos y tantos bocadillos en juego. Porque, mientras se llenan las salas de espera, hay gente como el CEO del Hospital de Torrejón que pone por delante la rentabilidad del servicio sobre la atención a los usuarios. La salud se está mercantilizando en España, lo vemos y oímos, pero aquí no pasa nada. 

 

No podemos permitir que nos quiten y privaticen todavía más la sanidad pública. Nadie debería tener que pagar por tener cáncer ni arruinarse por una operación que puede salvarle la vida, pero es el camino que estamos tomando. Estamos dando pasos hacia atrás en cuestiones que creíamos básicas y consolidadas. No estamos tan lejos de que pedir una ambulancia dependa del dinero que lleves encima en ese momento. Es hora de poner pie en pared y no dejar que sigan desviando millones de euros y de pacientes a la sanidad privada, esa que te dice que tu seguro, ese que pagas religiosamente y que te cuesta un riñón, no cubre precisamente la enfermedad grave que te ha tocado vivir. La sanidad pública y sus profesionales son la diferencia, los que dan sentido a la idea de país, de unión y del concepto Estado de Bienestar. Sin ellos, todo pierde el sentido y volvemos a la ley de la selva, donde el chuletón se lo lleva el más fuerte. Y no estamos pidiendo chuletones, solo que nos sigan dando un bocadillo. 

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