Cuando la denuncia es falsa pero el problema no

Rodrigo Brión Insua

Resulta que no hay un grupo de ocho encapuchados paseándose por Malasaña a la caza de homosexuales navaja en mano. O tal vez sí los haya, pero de haberlos no asaltaron y marcaron a un muchacho de 20 años con la palabra “maricón” en la nalga el pasado domingo. Después de todo el revuelo y conmoción que provocó este caso, llenando portadas, telediarios y tertulias, el denunciante reconoció este miércoles que no, que no fue agredido y que todo fue consentido. Afortunadamente, un suceso tan espeluznante solo había ocurrido en la mala cabeza de un chaval que ahora tendrá que dar muchas explicaciones y que ha metido de lleno al colectivo LGTBI en una guerra que no tendrían que estar librando.


Me cuesta sacar conclusiones de algo así, y más cuando hay tanta gente que puede sufrir los daños colaterales de este episodio. Con todo, recurro a una máxima que muchas veces me ayuda a explicar aquellas cosas que se escapan a mi comprensión: “No confundas mente oscura con mente con pocas luces”. No creo que el chico tuviese malas intenciones, como tampoco me atrevo a aventurar por qué pudo hacer algo así. Supongo que por miedo, como actuamos todos más veces de las que nos atrevemos a reconocer. Pero flaco, muy flaco favor hacen al colectivo y a todos los defensores del movimiento esta clase de noticias. Un colectivo que ahora queda muy tocado y en entredicho, porque basta con que alguien saque los pies fuera del tiesto para convertirlo todo en un lodazal.


De esta forma, lo que logra es dar alas a todos aquellos que se encontraban agazapados a la espera de un derrape, de una mala palabra, de un titubeo para echar por tierra todo el trabajo de un movimiento que tanto ha sufrido. El resultado es que aquellos que odian a los homosexuales, a las personas trans, a las personas queer, a todo aquel que no se ajusta al canon y, por ende, a Dios por haberlos creado, ahora tengan un argumento al que aferrarse para justificar tanto su odio como sus actos pasados, presentes y futuros.


Lo que consigue también esta clase de sucesos es que yo ya no me crea nada, y que por un momento desconfíe y hasta ponga en duda a las víctimas, aunque sea durante un solo milisegundo. El tiempo suficiente para que toda mi pirámide de valores se tambalee. Transcurrido ese tiempo, me reconstituyo y vertebro la moraleja que tiene que permear de todo esto: la denuncia es falsa; el problema es muy real. Porque esto no puede hacernos olvidar que esta misma semana un joven trans de Valencia denunció una agresión física, o la agresión homófoba en Melilla ocurrida en agosto pero denunciada esta semana, o los siete detenidos que arrojaron a una fuente a un hombre al grito de “no queremos maricones”, o el asesinato de Samuel Luiz...o podría seguir y citar las más de 600 denuncias de este tipo que han recopilado Guardia Civil y Policía Nacional en lo que va de año.


600 denunciadas. Y todas las que habrá que no se han puesto en negro sobre blanco. Es un aumento cercano al 10% en cuestión de dos años. Quizás es que ahora se denuncia más. O quizás los agresores se ven amparados en discursos de odio que los medios nos empeñamos en blanquear y en hacer accesibles para una población confundida y que no sabe muy bien hacia quién enfocar su enfado, y que la acaba tomando con los homosexuales, o con los inmigrantes, o con los MENA, o contra cualquiera que no piense como él.


Pero es más fácil lavarse las manos, no responsabilizarse de las peroratas racistas y homófobas con las que se inflama esta corriente violenta y echar la culpa a la izquierda incendiaria mientras pactas encuentros con Viktor Orbán. Porque los casos aislados son los inventados, mientras que los ciertos se viven día a día en la calle, en los colegios, en los centros de trabajo, en el Congreso de los Diputados... Porque el enemigo muchas veces está en casa, y no a la vuelta de la esquina con el cúter encartado. Por eso es tan importante que se sigan denunciando las agresiones, que se sigan llenando los balcones de banderas y pancartas y que sigan adelante las manifestaciones contra la LGTBIfobia. Pero sobre todo porque muchos llevarán por siempre la palabra maricón grabada en el corazón y en la cabeza a base de oírla todos los días. Son esas cicatrices las del colectivo, las que ni se ven, ni se borran, ni son inventadas.   

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