El parto

Rodrigo Brión Insua

Rodrigo Brión Insua (A Pobra do Caramiñal, 1995). Grado de Periodismo en la Universidad de Valladolid (2013-17). Redactor en Galiciapress desde 2018. Autor de 'Nada Ocurrió Salvo Algunas Cosas' (Bohodón Ediciones, 2020). 

En Twitter: @Roisinho21

En la sala de espera, cuando ya todo está en manos de Dios y lo que vaya a suceder no depende de ti, el tiempo se congela y los minutos no pasan. El reloj parece ir hacia atrás y no hay consuelo en esa tortura que es aguardar a que, sencillamente, los granos del reloj de arena caigan uno a uno. En circunstancias así, uno trata desesperadamente de distraerse mirando el móvil, contando las baldosas del suelo, paseando nerviosamente de un lado a otro a la espera de que lleguen noticias procedentes del otro lado de la puerta. Los segundos caen lentos y a plomo, hasta que el cirujano, con silbato y ropa de árbitro, irrumpe en la estancia y confirma que todo ha salido bien, y que la criatura es de Primera. 


Hablo, claro está, del agónico ascenso del Real Valladolid. O de como lo recuerdo yo, al menos, porque después del 3-0 de Aguado fui incapaz de seguir mirando al televisor, consciente de que el trabajo estaba hecho y que el destino quedaba en manos de la divina providencia. Incapaz de cambiar a la multipantalla para saber qué ocurría en Butarque o en Santo Domingo, ya que del desenlace en esos campos dependía mi felicidad, solo podía refrescar una y otra vez la aplicación del teléfono que me informaba del minuto y resultado en cada estadio de Segunda. Ver de nuevo a mi Pucela en la élite, mi salvavidas en un año de muchos sinsabores. El gol de Zarfino en el 91 dejó al Eibar fuera de la ecuación y mandó a los blanquivioletas, solo un año después, de vuelta a Primera.


Cinco años en Valladolid pueden parecer pocos. Para cualquiera menos para el que los ha vivido en el frío castellano, claro. Porque la capital -"capital del Senegal" diría cualquier aficionado del Burgos o la Cultu- no es fácil para un gallego, que en Pucela llora dos veces: una al llegar; otra al irse. Yo llegué en 2013 y me hice abonado el primer día. Horas después me había colado en el campo con mi padre, para pisar ese césped que tantos disgustos me dio. Solo una temporada en Primera y el resto fue penar en Segunda, peleando por playoffs que eran para la gloria de otros y por salvarnos en años catastróficos en los que el que perdía era el balompié. 


Ya en 2018 cerré el círculo dejando al equipo de vuelta en Primera, ganando a Sporting y Numancia en la promoción de ascenso tras una recta final de campaña fulgurante. Con mi estancia lejos de casa el mundo ganó un periodista y el Real Valladolid un blanquivioleta de pro. Ninguno de los dos cargos es realmente necesario y el mundo viviría perfectamente -quien sabe si mejor- con un juntaletras y un pucelano de adopción menos. Pero las cosas salieron así, como tenían que salir, como tenían que tropezar Eibar y Almería para poner patas arriba el mundo a un lado y al otro del Pisuerga. 


A 500 kilómetros, dejándome la voz desde el sofá para disgusto de mi pobre madre, eché en falta no estar de nuevo en Zorrilla, de nuevo en casa con los míos: martirizando al linier a pesar de que lleva razón al levantar la bandera, fustigando al lateral derecho del equipo rival recordándole lo poco que lo quieren en su casa, discutiendo con mis compañeros de fatigas el número de apellidos que tiene la gente normal y corriente... Y luego, celebrar el ascenso en calles teñidas de blanco y violeta, en bares con canciones futboleras, arrancar cánticos en discotecas en las que ese día vale todo, abrazarte y botar con desconocidos convertidos en hermanos porque, al fin y al cabo, visten tus mismos colores.


El partido más importante este fin de semana no se jugó en Paris, sino en la Avenida Mundial 82 de Valladolid. Vivir un ascenso, un placer de modestos, del que entiende que los títulos son para otros, que el mundo de los millones y Mbappés no es el suyo, que él pertenece al de los equilibrios económicos para no desaparecer, del que regresa a la vida desenterrando el brazo de las profunidades de la tierra como Carrie, el de rastrear cada verano el nombre de ese delantero paraguayo que nos intentan colocar los periódicos, el de pensar que el próximo partido, el de Pamplona, Zaragoza, Ibiza o Tarrasa si fuese el caso, es toda una final, porque te puede sacar de la zona de peligro. Ese mundo es el de la Pacheneta, donde entramos todos pero a la que se subieron tres cuartas partes del pasaje ayer cuando el trencilla pitó el final. Da igual. Bienvenidos sean todos.


Es difícil que hoy haya una persona más feliz en Compostela, como es difícil explicar en el trabajo por qué estoy afónico, llevo la camiseta del Maccabi Haifa y me he apuntado a clases de hebreo. No importa. No lo van a comprender, pero ni falta que hace. Porque ayer hubo un alumbramiento en el José Zorrilla y todos respiramos aliviados. Pucela es de Primera. Nos van a ver volver...

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