¿Las últimas granjas de Galicia? El sector lácteo languidece sin relevo: "Se robotiza porque no hay mano de obra"
Galicia cuenta por primera vez con menos de 5.000 granjas que realizan entregas de leche. El sector, envejecido, no encuentra relevo generacional, las explotaciones menguan y el mercado sigue demandando leche, en un momento en el que el precio se sostiene. El ganadero Carlos Dablanca, miembro de la Junta Directiva de Agromuralla, explica a Galiciapress las claves de este problema, donde falta una mano de obra que se suple en muchos casos con tecnología, no siempre asumible para los bolsillos del sector primario.
¿Qué ha sido de aquella Galicia que era un país de un millón de vacas? Los datos de Ministerio de Agricultura desdicen esta consideración que se ha ido transformando con el paso de los años. En octubre de 2025 son 4.987 las granjas que realizan entregas de leche en la comunidad, cayendo por primera vez de las 5.000. Una cifra que sumerja a Galicia en una realidad difícil de asumir para los productores de una industria que sigue representando el 1,7% del PIB gallego y que, todavía hoy, es un importante dinamizador del rural.
¿LOS ÚLTIMOS DE SU ESPECIE?
En la explotación de Carlos Dablanca no tienen mucho tiempo a pararse a pensar en los números, porque hay mucho que hacer: hay que ordeñar a los animales, alimentarlos, limpiar los establos… Dablanca, miembro de la Junta Directiva de Agromuralla, responde a las preguntas junto a sus vacas, reflexionando sobre la primera dificultad para mantener las miles de granjas que todavía quedan abiertas: el relevo generacional.
“No lo hay. Cada vez nos ponen más trabas y no hay quien tome el testigo. Te piden permisos por aquí y por allá, controles… No es atractivo para la gente”, explica, considerando que estamos ante el principio del problema, que estallará “dentro de 7, 8 o 10 años”. “Yo tengo 57 años. No tengo relevo. El problema va a ser este, porque es un sector muy envejecido, y no sé si será ocupado por gente joven”, lamenta Dablanca con un punto de frustración.
La nota positiva es el precio de la leche, porque “nos ayuda el precio, está un poquito estable y vamos tirando un poquito con algo de beneficio”. Pese a todo, y aunque el precio de la leche que se pagaba en octubre a 52,4 céntimos por litro a los productores, esa cantidad sigue lejos de la media nacional, establecida en 53,5 céntimos. Todo ello, en un contexto en el que el más del 40% de las entregas nacionales tienen su origen en Galicia, haciendo que el equilibrio sea todavía más difícil de sostener en un contexto de cierre de granjas.
“Hasta ahora, las granjas que quedamos fuimos capaces de asumir la producción. Hubo gente que dobló, que incluso triplicó la producción, pero claro, todo tiene un límite”, razona Dablanca, aventurando que el escenario más probable a corto plazo es que se experimente un descenso en la producción, pese a que el precio se mantenga sostenido o al alza. Hay que tener en cuenta que el precio de la leche sube a un ritmo más bajo del que lo hacen los combustibles o la energía.
Los costes se encarecen, pero las grandes firmas lecheras siguen reportando beneficios millonarios, con ejemplos como el de Leche Celta, que cerró 2024 con más de 300 millones en ventas, o Clun, con 250 millones, dos firmas que viene de unirse en una alianza histórica que supone un golpe sobre la mesa en el sector lácteo.
“Galicia venía de unos precios muy bajos. Ahora subieron algo y nos parece que estamos en la gloria, pero tampoco es así”, advierten desde Agromuralla. No obstante, no esconden su alivio al ver que, con las subidas de la leche, “ahora estamos mucho mejor”, pero recordando siempre que “a nivel nacional siempre estamos muy por debajo”.
“Creo que esto también es una manera de que la gente no se quede aquí. Cualquier empresa tienen que tener, mínimo, entre un 10 o un 20% de beneficio. Si no, no resulta rentable, porque hay que cambiar los tractores, las naves de ordeño… Por eso hay un precio, y tiene que ser razonable para asumir esas renovaciones”, detalla Dablanca, que insiste en que encontrar mano de obra en el rural sigue siendo el principal impedimento para crecer, ya no solo por una cuestión económica, sino por el hecho de que se conjugan otros problemas, como el de la vivienda, que también ha calado en el interior gallego.
LA TECNOLOGÍA, EL RECURSO ANTE LA ESCASEZ
“Si te fijas, en cuestión de cinco años, un montón de ganaderías, sobre todo pequeñas, se han robotizado. Incluso con obras grandes, metiendo sistemas de ordeño”, abunda Dablanca sobre las alternativas que están encontrando las explotaciones para hacer frente a la falta de mano de obra. Además, la poca mano de obra que hay no está cualificada, un problema que relaciona con otros oficios, como la carpintería, la fontanería o la construcción: “Tenemos aquí alguna obra y llevamos mes y medio esperando por los albañiles. Es que no hay. No hay nada”.
“La gente que viene hay que formarla. Hay que enseñarles todo, y a lo mejor una vez que las formas, son personal inestable, que vienen por aquí un año y al tercero o cuarto se va. Y vamos camino a que en diez años se jubilará un tercio del sector”, reitera. La esperanza, en muchas ocasiones, viene de fuera, ya sea con trabajadores inmigrantes o, incluso, con menores migrantes procedentes de algún centro, con los problemas que esto puede suponer porque “alguno no ha visto una vaca en su vida”.
“Cuesta formarlos. Y hay que formarlos muy bien porque están trabajando con animales vivos y hay muchas cosas en una granja que se te pueden escapar, con el riesgo de que ese trabajador se vaya pasado medio año y tengas que volver a empezar. Por eso muchos están apostando por robotizar sus explotaciones y recurrir en los trabajos de campo a empresas de servicios. Porque no queda otra”, resuelven desde Agromuralla.
La necesidad de contar con personal es urgente, porque, aunque en ocasiones lo olvidemos, las vacas comen todos los días, por lo que hace falta un mayor compromiso y un esfuerzo mayor. “Sin robótica hay que ordeñar mañana y tarde. A lo mejor tienes tres ordeños y ya te complica la vida. Eso es cada 12 horas. ¿Cómo haces para encajar un becario con estos horarios? No es atractivo el trabajo aquí. La gente prefiere trabajar sus 8 horas, marcharse y olvidarse de los problemas hasta el día siguiente”, subraya Dablanca.
La cuestión es que el salto tecnológico no es asumible para todas las explotaciones. “Con cinco robots te vas por encima de los 600.000 euros”, cifra Dablanca, una cantidad que en muchos casos solo es accesible con las ayudas públicas. El desembolso se hace, además, con la idea de que sea duradero, pero si no hay cantera, nadie quiere afrontar ese dispendio. “Si alguien se va a quedar, te animas y pides un préstamo. Pero si sabes que te quedan seis años no te complicas la vida”, agrega.
Otro elemento a tener en cuenta son las sentencias por el Cártel de la leche. “Si empiezan a llegar sentencias favorables, gente con 60 años se irá ya. Esto no es como criar conejos o cerdos, que puedes ir un par de horas al día. Aquí son los 365 días y casi las 24 horas, con granizo, con lluvia, levantándote de madrugada de la cama ante cualquier contratiempo…”, relata.
LA PRESIÓN DE LA PAC
El panorama que se presenta es cada vez más complicado, pese a que desde Agromuralla reivindican el peso de este sector en la economía gallega, a la altura de la planta de Stellantis en Vigo o Inditex. Los ganaderos parecen siempre en un discreto segundo plano, sin considerar que, además de ser un motor económico, “hacemos un bien al medioambiente, al paisaje, damos trabajo a mucha gente, con todos los veterinarios que hay, los ingenieros… hay mucha gente que depende de nosotros”.
“Si se cae la ganadería, muchos sectores mueren”, sostienen desde Agromuralla, que a la vista del contexto actual, tratan de remediar muchos de los problemas que afrontan en las granjas, muchos de ellos relacionados con la gran carga burocrática que tienen que realizar, enterrando a las explotaciones en papeleo. “Las ayudas tienen que ser más sencillas”, reivindica Dablanca, que reniega del sistema de la PAC, que entiende como una forma de presión para el colectivo.
“Es un antipacto. Preferiría que pagasen la leche a lo que corresponde realmente y que me dejasen en paz con la PAC. Lo que hacen es chantajearnos y amenazarnos con sanciones si no está todo a su gusto. No queremos eso. Queremos trabajar y producir leche de calidad sin que anden tocándonos las narices”, zanja.
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